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EDITORIAL
Cancillería: problemas de la concentración
del poder
Alejandro Deustua
2 de marzo de 2006
Entre los resultados perversos de la cooptación del Servicio
Diplomático por Fujimori destacaron, entre otros, el sobredimensionamiento
de la diplomacia presidencial y la concentración del proceso
decisorio en la Alta Dirección de la Cancillería.
Hoy la inevitable diplomacia presidencial ha menguado pero el
proceso decisorio se mantiene concentrado con un agravante: el supuesto
de que la política externa es una función de la interna
ha devenido en patológica norma de conducta.
En consecuencia se podría concluir que, desde el punto
de vista de la gestión institucional, no mucho ha cambiado
en Torre Tagle si se pudiera marginar el hecho de que la naturaleza
del régimen ha mutado sustantivamente.
En efecto, aunque con atenuada intensidad, la división
entre los miembros del Servicio Diplomático se mantiene como
resultado de la inercia de las fricciones de la década pasada
y de la indecisión de la autoridad para resolverlas. Y la
instancia de admisión al Servicio no ha adquirido aún
la autonomía necesaria (lo que implica la influencia latente
del Ministro); y la participación de las instancias intermedias
sigue pareciendo marginal (el desplazamiento de Planeamiento es
un buen ejemplo al respecto); y si bien éstas no están
políticamente amenazadas, registran problemas profesionales
(,p.e., en la regularidad de los ascensos); y las instancias de
coordinación (como la nueva Dirección de Política
Exterior) parecen más preocupadas por servir a la superioridad
que en lograr una adecuada distribución de funciones.
Como consecuencia, la acumulación de atribuciones en la Alta
Dirección se ha consolidado. Este problema se complica con
la proximidad de la misma a Palacio de Gobierno que, en muchos casos,
parece ir más allá de los requerimientos de lealtad
que debe la autoridad diplomática al Presidente .
Esta situación indica que la premisa que sostiene que la
política exterior es una función de la política
interna también sirve para justificar la incorporación
de los miembros de la Alta Dirección al círculo político
de Palacio de Gobierno. Ésta ya no es cooptada sino que participa
excesivamente de esa instancia de manera voluntaria
Esta filiación podría tener resultados positivos si
el Canciller fuera un “político”. Pero éste
no será necesariamente el caso si el Canciller es un funcionario
diplomático que no puede separar la función política
de la institucional.
En todo caso, el más visible resultado de esta situación
es el incremento del poder personal del Canciller o, lo que es peor,
de la ilusión de que efectivamente lo posee.
Esta condición puede resultar, sin embargo, en mayor eficiencia
siempre que el Canciller controle racionalmente el proceso decisorio.
Pero también puede generar serios problemas de gestión
si el Canciller es ganado por una excesiva discrecionalidad en el
uso del poder político (lo que, a su vez, afectará
la cohesión institucional).
Si el segundo caso prevalece, la tendencia a la ineficiencia en
la gestión será acompañada con manifiesta pérdida
de autoridad . Y si las características personales del Canciller
-y la de los miembros de la Alta Dirección- contribuyen a
ello a esa erosión se agregará una peligrosa pérdida
de legitimidad.
Una muestra de estos problemas se encuentran, p.e, en la constitución
de círculos cerrados de laxa disciplina en esa instancia
superior, la tendencia del Canciller a obtener resultados inmediatos
y/o en una alta propensión a la crisis.
El primer caso puede ilustrase en el libre juego político
de diplomáticos de alto rango en épocas electorales
(la Cancillería no se presenta a los candidatos como una
institución que ofrece, de manera colegiada, información
de política exterior sino que los diplomáticos establecen
lazos personales con los candidato de manera indiscriminada). El
segundo se muestra en la tendencia al lucimiento político
del Canciller que, en no pocos casos, concreta compromisos que no
tienen la sostenibilidad adecuada (p.e. la jerarquización
arbitaria de las relaciones bilaterales). Y el tercero, se evidencia
en la sobrexposición pública de algún Canciller
que no distingue bien entre la necesidad de lograr consenso interno
para políticas de Estado y el requerimiento personal de obtener
reconocimiento mediático.
Es en este caso cuando la emergencia de una crisis golpea más
fuertemente al gestor de la política exterior. Su imperfecta
evaluación del contexto, su deteriorada relación institucional
y sus defectos personales se tornan entonces más visibles.
A inhibir el control de daños requerido no concurre la inflexibilidad
de los procesos decisorios creados por la Alta Dirección
y la laxitud del entorno ministerial. Entonces el sobredimensionamiento
del poder del Canciller muestra toda su vulnerabilidad.
En Torre Tagle estos problemas se han incrementado desde hace unos
tres años. La situación debe ser corregida.
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