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EDITORIAL
La revolución cognitiva de un canciller
Alejandro Deustua
1 de marzo de 2006
Entre los supuestos básicos de las relaciones internacionales
está el comportamiento racional de los Estados. Amparada
en el realismo clásico y el liberalismo económico
esa premisa presupone una conducta estatal que pretende la realización
del interés nacional. En tanto ello ocurra pluralmente, el
comportamiento externo del Estado tenderá a ser predecible
y, por tanto, disminuirá el riesgo de materialización
del conflicto latente.
Al margen de los cuestionamientos teóricos a las escuelas
de pensamiento que plantean este supuesto, es evidente que su realización
es siempre permeada por la particular percepción del entorno
del agente estatal. Obviamente la ideología es uno de los
elementos subjetivos que modulan e influyen en esa percepción.
Si aquélla es conocida –o forma del “establishment”-,
el comportamiento inspirado por ella podrá ser mejor comprendido
y sus aristas serán mejor tratadas por el interlocutor.
Pero ¿qué ocurre cuando la percepción del
actor es informada por una forma de ver el mundo desconocida por
la mayoría, cuando sus elementos son inconsistentes o cuando
aquélla se pretende heredera de una evolución que
parte de una visión determinista reconocida –el marxismo-
para llegar a otra de carácter excéntrico como el
panteísmo y el “neoindigenismo”? Y ¿qué
sucede cuando este marco perceptivo pretende realizarse a través
de una nueva mitología que aduce la superioridad de una vieja
forma de civilización sobre una contemporánea? Y ¿qué
pasa cuando el interés de grupos específicos –aunque
amplios- envuelven su concreto interés con la apariencia
de “lo nacional” cuando “lo nacional” es
cuestionado por esos mismos grupos?
La respuesta es ciertamente compleja y obviamente no pudo ser absuelta
en un programa de TV (1) en el que el canciller de un país
vecino planteó, haciendo uso de un nuevo léxico, un
conjunto de nuevos postulados y preocupaciones.
Entre los primeros, el canciller trató de explicar, a veces
en aymara, la aspiración de su gobierno a que sus gobernados
“vivan bien” como diferente a la aspiración a
que “vivan mejor”; su convicción de que el individuo
forma parte de un universo en el que todos los seres vivos tienen
similar jerarquía trascendente; su certeza de que los ciudadanos-víctimas
debe redimirse “cosmosiendo” ante la imposibilidad de
“ser”; y que la “cultura de la vida”, producto
de la interacción entre el socialismo y el indigenismo, es
superior y está en conflicto con la “cultura de la
muerte” que Occidente practica.
En un intento esclarecedor se podría decir que estos planteamientos
sólo son nuevas propuestas sobre la significación
del bienestar, del ambientalismo multidimensional, de una más
sofisticada epistemología y de la versión confrontatoria
de los conceptos de nación y civilización.
Pero este intento de comprensión se derrumba frente a la
presentación urbi et orbi de una nueva mitología que
pretende ilustrar el nuevo conocimiento: la cultura precolombina
fue una paraíso armónico y ausente de conflictos hasta
que llegaron los blancos; las mujeres indígenas en Bolivia
viven más de 200 años alimentándose de vegetales
locales; los indígenas en esa nación son una categoría
étnica que ni siquiera reporta la dimensión estadística
del mestizo. Y aunque el canciller lo mencionó sólo
a medias, alguien recordó que éste prefería
leer las arrugas de la gente de su pueblo antes que contemporánea
bibliografía.
Luego de esta muestra de revolución cognitiva es probable
que el televidente común sólo haya reaccionado con
desconcierto. Y como el desconcierto alberga la incertidumbre, las
decisiones que adopte el canciller de ahora en adelante serán
evaluadas con un objetivo primordial: disminuir la sensación
de inseguridad que han generado sus categorías filosóficas.
En efecto, si el canciller en cuestión se aproxima a sus
colegas y les plantea su agenda de trabajo bajo los patrones cognitivos
anunciados, la interrogante en ellos emergerá sola: “¿estamos
hablando de lo mismo?” O : “¿tenemos la misma
racionalidad?”. La pregunta será aún más
difícil de contestar si la predisposición de los demás
cancilleres a no ofender los obliga a mantenerse dentro de lo “políticamente
correcto” y, por tanto, a no aclarar suficientemente lo que
el canciller innovador desea decir.
Para asegurarse de que así sea estamos seguros de que el
grupo de asesores del canciller en cuestión se ocupará
de descodificar su lenguaje levantando cualquier duda al respecto.
Pero, a la luz de la sofisticación cognitiva de esa autoridad,
la incertidumbre sobre lo que plantea y entiende siempre existirá.
Especialmente cuando se traten temas tan complejos como los problemas
de la mediterraneidad boliviana y sus implicancias, por ejemplo.
Y si esta inconveniencia es acompañada por la actitud fundamentalista
que asoma tras el lenguaje del canciller innovador, los requerimientos
de prudencia de sus colegas tendrán que extremarse.
Nuestros amigos bolivianos merecen bastante más que eso.
Es decir, una política exterior de sencilla y clara racionalidad.
(1) El programa televisivo de Oppenheimer
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