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EDITORIAL
Perú-Bolivia: reactivación de la agenda
bilateral
Alejandro Deustua
23 de febrero de 2006
Todo cambio de circunstancias tiende a suscitar una alteración
del comportamiento. Este lugar común es más visible
entre vecinos especialmente cuando, en uno de ellos, el cambio interno
domina su proyección externa. Si ello no ocurre se podría
concluir que la estabilidad de la relación bilateral es tan
intensa que la continuidad de trato equivale a solidez vinculante.
Y que ésta ha alcanzado una madurez impermeable al cambio
interno. No nos parece que este sea el caso de la relación
peruano-boliviana.
Como es notorio, Bolivia vive una etapa de cambios sustanciales
cuya referencia se puede ubicar entre la revolución del MNR
a principios de los 50 y la reforma liberal de mediados de los 80.
Por tanto, su comportamiento vecinal (en este caso, el que se refiere
al Perú) debiera haber cambiado en sustancia. Pero la reciente
visita del Canciller David Choquehuanca no ha evidenciado ninguna
innovación al respecto. Sin embargo de ese hecho no se puede
concluir que la relación peruano-boliviana sea tan estable
y sólida como lo que la ausencia de cambios quisiera indicar.
En efecto, la Declaración Conjunta suscrita por los cancilleres
Maurtua y Choquehuanca califica la relación bilateral como
“buena” en alusión que quisiera referir continuidad.
Pero si diplomáticamente ese indicador no es el mejor, la
evidencia muestra que la relación ha sufrido más bien
un cambio negativo: ésta no escapa aún a la retracción
que padece desde que, en el 2003, se desató la crisis interna
en Bolivia ( a pesar de los esfuerzo realizados en el 2004). Y también
indica que las expectativas de mejoría son modestas (todo
lo contrario se espera próximamente de la relación
boliviano-chilena).
Ello se deduce de un simple hecho: el contraste entre el simbolismo
que quiso atribuirse a la circunstancia de que el Perú fuera
el anfitrión de la primera visita oficial realizada por el
Canciller Choqueuanca a algún Estado y la infertilidad de
sus resultados. Antes que un gran acontecimiento diplomático
derivado de una nueva actitud de las partes o de un renovado diseño,
ésta pareció, más bien, una visita de trabajo
que intentó reanimar una agenda adormecida y que careció
de las formas y contenidos de un gran relanzamiento.
En efecto, la Declaración Conjunta así lo confirma:
si en algún momento el relanzamiento ocurrirá, éste
no será necesariamente innovador y, en todo caso, se dará
luego de que el Congreso peruano apruebe el Tratado General de Integración
y Cooperación Económica y Social para la Conformación
de un Mercado Común.
Aún así la “integración profunda”
peruano-boliviana no dependerá de un visto bueno parlamentario
(que el lado boliviano ya otorgó) sino de la real disposición
de las partes a promover el pleno y libre intercambio de bienes,
servicios, personas y capitales y a coordinar políticas económicas
que, a la luz de las orientaciones de los respectivos gobiernos
y de su situación de desarrollo, será difícil
lograr.
Si ese objetivo condicionante es elusivo, entonces el relanzamiento
será tan complejo como irreal. Especialmente si la relación
peruano-boliviana vuelve a ser, por enésima vez, una función
de la relación boliviano-chilena. La posibilidad de que ello
ocurra no sólo es ya evidente (el presidente Morales ya ha
establecido las prioridades al respecto al replantear el problema
de la mediterraneidad en la agenda con Chile y ha recibido, en principio,
una predisposición positiva) sino que tampoco será
lejana en el tiempo: lo podremos ver quizás en marzo próximo
cuando el presidente Morales concurra a la toma de posesión
de la presidente Bachelet.
De otro lado, mucho dependerá de la influencia que ejerza
en la relación vecinal la prioridad de trato otorgada por
el gobierno de Bolivia al gobierno de Venezuela (cuestión
que podrá medirse mejor después de las elecciones
generales de abril en el Perú).
A la luz de estos condicionamientos –y a la espera de su decantación-
quizás sea mejor para ambos países que la visita del
Canciller Choquehuanca sólo haya resultado en el replanteamiento
formal de una agenda de trabajo. Si ello es así lo importante
es que ésta se active lo mejor posible hasta que llegue el
momento de tratar su condicionante mayor: el mencionado problema
mediterráneo.
Esa dinamización, sin embargo, no debiera ser uniforme.
En efecto, mientras viejos proyectos, como el de atención
fronteriza conjunta –el CEBAF-, deben concluirse de inmediato
para no generar más descrédito derivado de una ridícula
y longeva dilación burocrática , otros, como la redefinición
de propósitos de la institución binacional que maneja
la cuenca del lago Titicaca (ALT), deben conducirse con el mayor
cuidado.
Teniendo en cuenta que el ALT es quizás el más exitoso
y moderno ejemplo de la integración fronteriza peruano-boliviana,
es necesario preservar su naturaleza: el manejo técnico de
un problema técnico. En tanto la incorporación de
un capítulo de desarrollo social es indispensable en la zona,
éste no debe incorporarse al ALT porque someterá a
esa institución a múltiples presiones. Para tratar
la problemática social del área con la eficiencia
y urgencia necesarias sin destruir lo logrado es necesario que ese
desarrollo se oriente por canales distintos.
De otro lado, el carácter estratégico de la relación
vinculado a las zonas francas bilateral deberá redefinirse.
Si las zonas francas industrial y de playa concedidas a Bolivia
conformaron, junto con la carretera Ilo-Desaguadero-La Paz, los
acuerdos de Ilo de 1992 que establecieron la “relación
especial” entre ambos países, el hecho de que la nueva
ruta no esté dando los resultados esperados y que las zonas
francas no hayan sido utilizadas por el interlocutor a lo largo
de 14 años, obliga a replantear el carácter concedido
a esa relación a menos de que Bolivia haga uso efectivo de
esas facilidades. Ello no puede ocurrir, sin embargo, en una simple
agenda de trabajo.
Y menos cuando la reactivación supone, en este caso, decisiones
bolivianas de fuste en circunstancias complejas derivadas de los
acuerdos del 2004. Al respecto es necesario que el gobierno del
señor Morales defina su política de exportación
gasífera con la mayor transparencia. Pero lo que no puede
hacer el Perú es convertirse en espectador de eventuales
negociaciones boliviano-chilenas que involucren ese recurso en función
de una eventual solución del problema de mediterraneidad
boliviano.
Sin embargo, como éste se planteará de todas maneras,
es necesario que el Perú tenga una respuesta en lo que le
toca. Si la posición es no obstaculizar la aspiración
boliviana, ésta deberá definirse también en
función de la solución prioritaria de la controversia
de límites marítimos peruano-chilena.
Siendo éste un tema estratégico, escapa a una simple
agenda de trabajo. Por tanto, la necesidad de que Bolivia decida
cómo piensa emplear las zonas francas debe enfocarse también
de una manera más operativa. Ello involucra el esfuerzo conjunto
de integración de redes eléctricas que, si bien no
resuelve el conjunto de la complementación energética,
sí satisface necesidades a ambos lados de la frontera añadiendo
valor, a poco costo, a la relación bilateral sin involucrarse
en el gran tema de la reivindicación marítima boliviana.
En esa misma perspectiva, deben buscarse mecanismos prácticos
para estimular el tráfico comercial a través de la
red vial existente y del programa IIRSA: si Perú y Bolivia
desean profundizar la integración, la mejor articulación
de los puertos del sur del Perú con Santa Cruz debe ser una
prioridad por lo menos equivalente al incremento del intercambio
entre el altiplano peruano-boliviano y el Pacífico. La potenciación
de Ilo y de Matarani (a la que no ayuda necesariamente el proyectado
megapuerto deTacna) y la realización de proyectos de desarrollo
a lo largo de la ruta son fundamentales al respecto. Los proyectos
de integración fronteriza, a los que debe otorgarse un fuerte
contenido social, deben incorporar este ingrediente esencial.
Finalmente, si la agenda peruano-boliviana se plantea en serio
la lucha contra el contrabando, es necesario mostrar resultados
a la brevedad posible (los US$ 600 millones que se trafican entre
Iquique y Puno no están tan lejanos del alcance de las autoridades).
Pero éstos deben ser complementados con la lucha conjunta
contra el narcotráfico en la zona. Si Bolivia adopta una
determinada política que inhibe la erradicación, deberá
intensificar su labor de interdicción con la cooperación
peruana.
En una frontera porosa como la peruano-boliviana éste acápite,
que no figura en la Declaración Conjunta, es fundamental
para sanear una agenda que puede ser erosionada por el crimen organizado.
He aquí un requerimiento inmediato para que la continuidad
de la relación peruano-boliviana recupere la solidez real
que la Declaración Conjunta diplomáticamente asume.
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