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EDITORIAL
Bolivia:¿ más cultivo legal o narcotráfico?
Alejandro Deustua
22 de febrero de 2006
Mientras el narcotráfico se incrementa en Bolivia (el decomiso
de drogas en el último mes y medio es 4 veces mayor al realizado
a principios del 2005) y se amplían los cocales ilegales
en Perú (las 50 mil has. sembradas se incrementan con nuevos
cultivos y mayor productividad), la nueva realidad política
boliviana induce aproximaciones más benignas al problema
de la coca en ese país.
Así mientras Estados Unidos se esfuerza por no confrontar
al gobierno de Evo Morales, la Unión Europea financia nuevos
estudios de la demanda legal de la hoja, la Secretaría General
de la CAN ofrece su pleno apoyo a la aún inasible política
de “coca sí, narcotráfico no” del presidente
Evo Morales.
Es evidente que los inmensos cambios de la realidad política
boliviana y la necesidad de que éstos progresen hacia la
estabilidad y cohesión internas y amortiguen su incidencia
externa requieren de comprensión y de colaboración
que atenúe su vulnerabilidad.
Pero esa actitud de cautela y buena voluntad no puede evolucionar
hacia el aval de una política de drogas que, dentro de su
ambigüedad actual (la reticiencia a la erradicación,
el relajamiento del control estatal, el incremento del “control
social” por los gremios cocaleros de los que el señor
Morales insiste en ser dirigente) no parece bien orientada (intenta
una “depenalización” que apunta a legalizar mayores
áreas ilegales que hoy tienen en el “cato” -1600
m2- por familia el germen de la siembra indiscriminada).
Y menos cuando la inmensa mayoría de las 29 mil has. de sembríos
bolivianos se orientan hacia el narcotráfico cuyo mercado
es hoy crecientemente vecinal (el caso brasileño) incrementando
la inseguridad andina y amazónica.
Lamentablemente, la Secretaría General de la CAN ha ofrecido
apoyo inmatizado al gobierno del señor Morales para obtener
el retiro de la coca de la lista 1 de la Convención Única
sobre Estupefaciente de 1961, que reclama -salvaguardando los usos
medicinales-, la fiscalización estatal y erradicación
de la coca ilegal. A ello ha añadido apoyo para la exploración
de usos alternativos y de mercados para ese producto.
Lamentablemente lo ha hecho sin tener en cuenta que la Convención
contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes de 1988
permite el cultivo de la coca que esté ligada a los usos
tradicionales y sin percatarse que su acción se orienta a
la cancelación de la erradicación como instrumento
de control estatal y al debilitamiento consecuente de la interdicción.
Es posible que la Secretaría General de la CAN interprete
que esta acción está en línea con las decisiones
que tratan la materia desde la perspectiva “suave” del
desarrollo alternativo y el control de insumos. Pero ciertamente
se ha olvidado de que esos instrumentos son incapaces de lidiar
con la amenaza del narcotráfico sin los componentes “duros”
de la erradicación y de la interdicción.
Al hacerlo ha cometido un error que debe ser corregido. Especialmente
si la opinión conjunta de los miembros de la CAN no ha sido
expresada al respecto públicamente.
El apoyo a Bolivia no puede confundirse con el aval andino a políticas
sobre drogas que están fuertemente influidas por los gremios
cocaleros que brindan sustento político al gobierno del señor
Morales. Y menos cuando ese aval puede trasladarse al resto de la
subregión. A menos que se haya decidido dar por perdida la
lucha contra el narcotráfico.
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