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EDITORIAL
Perú-Brasil: más logros y menos exuberancia
diplomática
Alejandro Deustua
20 de febrero de 2006
La precisión en el uso de los términos propios de
la interacción interestatal política y de seguridad
solía tener para diplomáticos y militares una importancia
fundamental. Sin embargo, desde que el Perú y Bolivia reconocieron,
en 1992, la “vinculación especial” que los une,
los encargados de nuestra política exterior han tendido a
calificar, de manera singular y diferenciada, la relación
con los vecinos sin definir los contenidos de esas jerarquías.
Esto ha ocurrido especialmente a partir del 2001 generando distorsiones
en el trato bilateral y se ha agudizado a partir del 2003 cuando
se otorgó a la relación peruano-brasileña la
calidad de “alianza estratégica”.
Como es evidente, éste término deriva más
bien del ámbito de la seguridad y, aunque se ha generalizado
incorporándose al ámbito privado para describir, equívocamente,
una particular asociación de negocios, su uso diplomático
nunca fue empleado sin definir, previamente, intereses generales
idénticos –generalmente defensivos- objetivos claros
y específicos y una correspondiente asignación de
recursos.
Como es conocido, esta “alianza” con el Brasil –que,
en términos prácticos, quizás se apenas una
asociación-, se definió a partir del requerimiento
de un interlocutor regional poderoso y afín para perfeccionar
nuestra inserción suramericana. Pero si esta racionalidad
diplomática redefinía el interés nacional en
el trato con los vecinos y otorgaba un mérito distintivo
al vínculo con una potencia regional, no consideraba necesariamente
la asimetría de trato del interlocutor: si éste tiene
10 fronteras, se proyecta sobre tres cuencas continentales y si
responde por casi el 50% de la economía suramericana probablemente
el interlocutior entendería la “alianza estratégica”
con el Perú bajo otros términos y prioridades.
Y si los problemas que presenta la asimetría son complementados
con los que derivan de una insuficiente precisión de intereses
comprometidos (que no son equivalentes a los denominados “pilares”
de la relación) y de un magro aporte de recursos, la perfomance
de la “alianza” no podría ser todo lo eficaz
que requiere la importancia implícita en el empleo de esa
categoría.
En efecto esto es lo que ha venido ocurriendo y así se desprende
de la Declaración Conjunta que han emitido los cancilleres
de Perú y Brasil que, el 17 de febrero, se reunieron apenas
por segunda vez para revisar el Mecanismo Bilateral de Coordinación
y Seguimiento correspondiente en clara señal de la escasa
intensidad de la “alianza”. El mensaje implícito:
Suramérica es todavía un proyecto de largo plazo (lo
que confirma que la Comunidad Suramericana de Naciones no tuvo materia
crítica para sostener eficazmente su fundación en
el 2004), la agenda de seguridad es fundamentalmente progresiva
(lo que implica que los intereses en juego no están firmemente
establecidos), y el impulso que se otorga al comercio bilateral
(exportaciones más importaciones) llega apenas a US$ 1392
millones (que, aunque triplique el flujo del 2000, sigue siendo
escaso para el potencial de relación de la economía
brasileña con exportaciones de US$ 117,700 millones el año
pasado y hasta para el Perú con un flujo comercial total
de alrededor de US$ 30 mil millones el 2005 –CEPAL-).
Por lo demás, aunque la relación bilateral mejora,
no dejó de llamar la atención que los cancilleres
de Perú y Brasil no pudieran reconocer un solo gran logro
concreto y que, en el agregado, se declaran satisfechos con el progreso
bilateral antes que con resultados específicos.
En efecto, si descontamos la indefinición de una masa crítica
intereses coincidentes, primarios y tangibles, tampoco se puede
decir mucho de los “pilares” de una relación
que está en construcción y que dista de ser una alianza
en sentido estricto.
Así, el acuerdo de complementación económica
que define la relación bilateral en el sector (ACE 58) es
en realidad un acuerdo marco para formalizar un espacio económico
entre el Perú y el conjunto de los socios del MERCOSUR. Aunque
los fines de integración que le conciernen sólo pueden
ser elogiados, éstos difícilmente pueden sustentar
la especificidad de una “alianza estratégica”
exclusiva. Y menos cuando la vigencia del ACE 58 data recién
de diciembre del año pasado (habiéndose suscrito en
el 2003) exhibiendo morosidad de las partes en el trato de la relación
económica.
Una muestra adicional de ello la brinda el hecho de que recién
con la visita del canciller Amorim se ha suscrito un Memorando de
Entendimiento (que, normalmente, es un acuerdo marco) para promover
el comercio y la inversión mutuos al tiempo que, dos años
después de haber procedido a establecer la “alianza”,
se suscribe un convenio para evitar la doble tributación
(que suele ser el punto de partida de la profundización económica
entre las partes).
Por lo demás, la “alianza” no ha resuelto inconvenientes
fundamentales de la relación comercial bilateral: quizás
menos el déficit estructural del Perú que la naturaleza
del comercio tipo Norte/Sur en el que Perú exporta materias
primas y Brasil bienes terminados. Si esta situación se asume
como un costo necesario para la generación de interdependencia
(que, en efecto, se ha incrementado) debe decirse que ésta
no ha impulsado suficientemente la recuperación del comercio
intraregional (que efectivamente está repuntando, pero que
aún no llega a los niveles de 1997 –CEPAL-).
Y en el campo de las inversiones, Brasil (el gran receptor suramericano
de inversión extranjera directa con 25% del total latinoamericano
–US$ 14 mil millones de US$ 47 mil millones el 2005) ha derivado
al Perú (que recibió US$ 2 mil millones el año
pasado) 0% de ese flujo. Si la ausencia de sinergias entre la inversión
extranjera que concurre al Brasil (que con México, Argentina
y Chile sigue concentrando la llegada de capital de riesgo a la
región) y la que viene al Perú es evidente, la inversión
brasileña en el Perú (Ambev, Vale do Rio Doce, Odebrecht)
no tiene aún la dimensión de un gran emprendimiento
digno de una “alianza” (Petrobrás, en cambio
invertirá US$ 5 mil millones en Bolivia). Es más,
Proinversión no tiene siquiera registro de inversión
brasileña en el 2004 a pesar de que sí esta listada
la de Chile, Colombia, Uruguay y Argentina.
De otro lado, aunque la relación de seguridad peruano-brasileña
se sustenta en la cooperación de inteligencia y protección
de la cuenca amazónica (el sistema SIVAM-SIPAM) y en acuerdos
sobre control fronterizo y lucha contra el narcotráfico,
éstos tampoco tienen aún la solidez estratégica
de una alianza. Así, la carencia en la asignación
de recursos impide que el Perú pueda contar con la infraestructura
suficiente para compartir activamente la información del
sistema de radares brasileño de vigilancia y protección
amazónica. Hasta donde se sabe, el Perú sólo
recibe información del sistema brasileño que cubre
50 kms del territorio nacional a partir de la frontera mutua.
Ese rol pasivo y limitado no se condice con una alianza de responsabilidad
compartida. Y menos cuando los intereses y objetivos estratégicos
de ambos países no sólo no parecen plenamente definidos
aún sino que, donde sí lo están (la lucha contra
el narcotráfico), la acción conjunta es limitada.
De allí que la intención de pasar a un “nuevo
nivel” en la relación no implique necesariamente la
superación de una etapa previa de realizaciones compartidas
sino la posibilidad futura de lograr resultados primarios no realizados.
Es más, si la organización de una “oficina
SIVAM-SIPAM” en Cancillería o si las maniobras conjuntas
apuntan en esa dirección no estamos seguros de que las percepciones
comunes sobre cuestiones fundamentales de una “alianza”
amplia, como los ámbitos de la seguridad colectiva hemisférica
y global, correspondan a intereses idénticos. A la luz de
la condición de Brasil como potencia emergente es probable
que, aún en el marco de la cooperación, ello no sea
efectivo.
Lo mismo ocurre con la cooperación política en el
ámbito multilateral. Si Perú y Brasil comparten, por
ejemplo, el requerimiento de una reforma integral del Consejo de
Seguridad de la ONU, la urgencia, la perspectiva y el ámbito
de aquélla probablemente no sea del todo coincidente. Así,
si el Perú apoyó a Brasil en la década pasada
en su interés de convertirse en un miembro permanente del
Consejo de Seguridad, no es del todo seguro que esa decisión
sea plena hoy. Lo mismo ocurre con la promoción del multilateralismo:
ambos Estados lo desean pero no tienen necesariamente los mismos
intereses (p.e en el ámbito de la OMC en el que el Perú
se retiró del Grupo de los 21).
De otro lado, si el quid pro quo de la constitución de la
“alianza estratégica” fue consolidar un mejor
inserción regional, debe reiterarse que ambos países
ven en la Comunidad Suramericana de Naciones un objetivo de largo
plazo (lo que confirma, como dijimos, la opinión de que la
CSN se fundó sin contar con los elementos de cohesión
y convergencia necesarios).
Por lo demás, la relación hemisférica parece
comprometer para el Perú un interés de realización
más urgente aunque quizás no menos vital que para
Brasil. En efecto, Perú sostiene una relación con
Estados Unidos que reclama realizaciones inmediatas en ciertos temas
(p.e., el TLC entre otros puntos) que el Brasil desea seguir postergando
(p.e. la dilación en la consideración del ALCA). Si
la relación con la primera potencia tiene estos elementos
no coincidentes, la “alianza estratégica” tampoco
parece acá suficientemente consistente.
Esa inconsistencia debería ser compensada por el esfuerzo
conjunto en el esquema IIRSA que es la columna vertebral de proyecto
suramericano. Pero este extraordinario programa conjunto no avanza
con la velocidad ni la intensidad que su naturaleza reclama. Si
hay algún escenario donde las diferencias de puntos de vista
y de voluntad de realización debiera ser inexistente –o
tenue- éste es el IIRSA en la dimensión desarrollista
de sus tres ejes: la integración vial, energética
y de comunicaciones. Sin embargo, el avance es aquí tan lento
como la activación del puente Iñapai-Assis (que se
ha demorado extraordinariamente) y el inicio de las obras del eje
del Amazonas (Paita, Iquitos, Manaos, Belem) en el norte y el eje
Perú-Brasil-Bolivia (Ilo, Acre y Rondonia) en el sur. Es
más, el importantísimo eje Ilo, Desaguadero, La Paz,
Santa Cruz, Santos ya está listo en la parte peruana, pero
aún no tiene impacto sustantivo en la relación peruano-brasileña.
En este punto debe entenderse que los niveles de inversión
y las complicaciones de los proyectos son altos. Pero ese atenuante
no explica suficientemente la morosidad ejecutiva cuando los promotores
del financiamiento (como la CAF) son poderosos y tiene interés
en llevar a cabo los proyectos. La limitación en este punto
ha vuelto a llamar la atención sobre los hasta ahora ineficaces
“mecanismos innovadores” (subir el techo del gasto para
comprometer más inversión pública derivada
de facilidades de trato en la negociación de la deuda)
Si la relación peruano-brasileña progresa (un elemento
llamativo adicional es la liberalidad del tránsito de personas)
y es fundamental para el Perú y para la articulación
suramericana, parece claro, sin embargo, que ésta no constituye
aún una “alianza estratégica” operativa.
Para intensificar la relación bilateral y proceder al logro
de objetivos comunitarios con la primera potencia suramericana,
quizás sea necesario redefinir el marco diplomático
en que se ha inscrito y prosperar hacia el objetivo de la “alianza”
sobre bases más concretas de interdependencia creciente y
de construcción real de intereses realizables en plazos que
no compliquen la relación bilateral con frustraciones anticipadas
ni con un mal uso de los términos que califican la vinculación.
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