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EDITORIAL
Sorpresas andinas en la lucha contra el narcotráfico
Alejandro Deustua
13 de febrero de 2006
Desde que, a partir del 2003, los movimientos cocaleros contribuyeron
a inducir la renuncia de dos presidentes bolivianos, no pocos adelantamos
el advenimiento de cambios estructurales y geopolíticos en
Bolivia. Si, en ese marco, previmos el debilitamiento de la lucha
contra el narcotráfico en ese país (y su proyección
subregional), no advertimos que éste pudiera empezar a alcanzarse
tan fácilmente.
En efecto desde que el presidente Morales asumió el poder
en el vecino altiplánico algo más que la paralización
de las tareas de erradicación de parte de las aproximadamente
29 mil has. de cultivo ha ocurrido. El replanteamiento de la política
general contra las drogas (denominada “coca sí, narcotráfico
no”) se ha producido abruptamente antes que de manera adecuadamente
programada; el cultivo de un “cato” de coca por familia
(1600 m2) sin exclusiones se ha confirmado como “políticamente
lícito” (salvo para las áreas ecológicas,
de acuerdo a un entendimiento consagrado por el ex -presidente Carlos
Mesa); se ha propuesto una “alianza contra el narcotráfico”
a los Estados Unidos (que los norteamericanos no saben cómo
calificar si ésta implica interdicción sin erradicación);
se está a la espera de un estudio de la “nueva demanda
legal” (hoy estimada en 12 mil has. pero que los cocaleros,
a priori, consideran súbitamente incrementada) financiado
por la Unión Europea; se prepara el reconocimiento constitucional
de la hoja como patrimonio cultural (en el marco de la “refundación”
del Estado por la próxima Asamblea Constituyente); y se ha
planteado su “despenalización” internacional
apelando a la “comprensión internacional”.
A pesar de que a todo esto se ha procedido de manera unilateral,
la comunidad internacional (definida como la que se rige por las
convenciones contra los estupefacientes y el tráfico de drogas
de 1961 y 1988, entre otros regímenes), no ha reaccionado
contra un quebrantamiento de los principios y normas que regulan
el combate del narcotráfico. En otras circunstancias ello
hubiera implicado el aislamiento del Estado transgresor.
En lugar de ello y como se ha dicho, la Unión Europea coopera
activamente con Bolivia (en el financiamiento del estudio que dará
fundamento a la nueva política); Estados Unidos ha adoptado
una política de “esperar y ver” en clara muestra
de que la primera potencia no desea confrontar al nuevo gobierno
(a pesar de que la asistencia antinarcóticos viene decayendo,
el 2007 se destinarán US$ 67 millones para el sector) y la
Secretaría General de la Comunidad Andina ofrece apoyo integral
a la nueva política boliviana.
Que Bolivia requiera y reciba cooperación internacional
a la luz del fuerte incremento de la vulnerabilidad de ese Estado
y del cambio estructural que lo define, está fuera de cuestión.
Pero lo que sorprende es que parte de esa cooperación se
ofrezca en actividades que se yuxtaponen con el delito transnacional
(el narcotráfico) y que los Estados que la brindan estén
dispuestos a cambiar no sólo los parámetros básicos
de la lucha contra ese flagelo sino su naturaleza misma.
En efecto, de lo poco que se conoce de la política de “coca
sí, narcotráfico no” es notorio que la resistencia
significativa a la erradicación forzosa y al control estatal
de la misma serán legitimadas. Ello se llevará a cabo
mediante la “autolimitación” del cultivo (el
“cato”) y su “control social” (es decir,
el que “ejercerán” los propios cocaleros). En
un país en que el Estado se ha debilitado al punto de la
eventual fragmentación y en el que la conducción de
sus instituciones ha sido alterada por la presión de las
masas, no se comprende cómo es que esta propuesta incrementará
la capacidad interdictora del gobierno. Y menos que, de producirse,
ésta sea eficiente sin contar con el indispensable componente
de la erradicación.
Todos reconocemos la nueva realidad política de Bolivia y
la necesidad de cooperar para consolidar un Estado fundamental para
nuestra buena inserción vecinal. Pero hacerlo al costo de
la quiebra del consenso de seguridad local, subregional, hemisférico
y global sobre la lucha contra el narcotráfico es un precio
sistémico que no se puede sufragar sin correr el peligro,
nacional y comunitario, de sufrir daños mayores
De allí que el apoyo multidimensional recientemente brindado
por la Secretaría General de la CAN a la embrionaria política
de drogas boliviana parezca tan cuestionable. En efecto, esa Secretaría
no sólo ha avalado la política de “coca sí,
narcotráfico no” del presidente Morales sino que ha
comprometido su apoyo a tres “frentes” cuestionables
porque éstos asumen una premisa; la “despenalización”
local e internacional del cultivo de la hoja.
Según representantes de la Secretaría General de
la CAN, esa entidad coadyuvaría al empeño “político-diplomático”
de lograr, hacia el 2008, la extracción de la coca de la
lista 1 de la Convención Única sobre Estupefacientes
de la ONU de 1961 que considera la hoja como sujeta a obligatoria
fiscalización estatal y a la erradicación del cultivo
ilícito.
Aunque, en apariencia, dicha remoción implicaría
el traslado de la coca a otra lista de más flexible fiscalización
(artículo 3 del mismo Convenio), eso no queda claro aún.
Y tampoco toma en cuenta que el artículo 14.2 de la Convención
de Viena contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes
de 1988 establece la cautela del cultivo legal en tanto esté
ligado al consumo tradicional (garantía que, adecuadamente
ejercida, debería satisfacer al gobierno boliviano).
Esa decisión es aún más preocupante si considera
que la remoción de la hoja de la lista 1 de la Convención
de 1961 acabaría con el imperativo de la erradicación
que ese tratado ordena (para la coca ilegal) y, por tanto, privaría
a cualquier política andina contranarcóticos de un
instrumento coercitivo fundamental para establecer el orden y interno
y el estado de derecho en los países cultivadores.
Y si esto es grave, es aún más alarmante que la disposición
de la Secretaría General se haya expresado, en apariencia,
sin el consenso oficial, explícito, colectivo y previo de
los demás países miembros de la CAN. Si esto fuera
cierto, estaríamos frente a un exceso de una entidad que
no es supranacional en la toma de decisiones, de cara a una distorsión
de las políticas de seguridad nacionales de los países
miembros y frente a la paradoja estratégica de que el intento
de solución de los problemas de un país chico termine
incrementando la vulnerabilidad de sus socios (y complicando, eventualmente,
la relación con las potencias involucradas -los Estados Unidos
y la Unión Europea-).
Si esta situación debe ser inmediatamente esclarecida también
lo debe ser el compromiso de la Secretaría General con el
gobierno boliviano sobre evaluación de mercados y usos alternativos
para la hoja de coca (disposición que asume y convalida,
por anticipado, la relajación de la voluntad boliviana, complicando
a los demás). Si esos compromisos evaluatorios (que constituye
los otros dos “frentes” ofrecido por la Secretaría
General) son técnicamente legítimos, son jurídicamente
cuestionables y estratégicamente inadecuados si se tiene
en cuenta al conjunto andino. Especialmente a aquellos países,
como el Perú, en los que, a la luz de la experiencia boliviana,
una buena parte de la ciudadanía no desea incrementar el
poder político de los gremios cocaleros ni ser conducidos
a la legalización de la hoja.
Por lo demás, si Bolivia y el Perú intentaron durante
la década pasada un trato más flexible de la comunidad
internacional para el cultivo y uso legal de la coca, ello no avala
hoy medidas extremas al respecto. Salvo que se desee declarar perdida
la lucha contra el narcotráfico, que éste deje de
ser un problema de seguridad trasnacional por decreto (o acción
diplomática) y que los Estados andinos hayan elegido incrementar
su vulnerabilidad frente al crimen organizado que tiene hoy una
dimensión vecinal superior a la de hace algunos años.
La lucha contra el narcotráfico debe racionalizarse, fortalecerse
y volverse más cooperativa antes que debilitarse por la posición
de un gobierno parte de cuyo sustento político proviene de
los gremios cocaleros.
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