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EDITORIAL
El enésimo caso Fujimori
Alejandro Deustua
10 de febrero de 2006
Como nunca en el pasado cercano el país asiste a una contienda
pública entre el Canciller y un embajador que acaba de cesar
funciones a propósito de un asunto mayor de seguridad nacional
como es el caso Fujimori.
Ello muestra que el efecto corrosivo que tuvo la cooptación
política del Servicio Diplomático a principios de
la década pasada sigue presente. Aquél, reflejado
en menores niveles de lealtad y cohesión institucional, en
deterioro de la capacidad representativa, en alteración sustancial
de la cultura burocrática y en procesos de toma decisiones
que parecen cuestionables, se manifiesta ahora en otra lamentable
realidad: la relación de confianza entre la Cancillería
y los representantes de la opinión pública no ha recuperado
los niveles preexistentes a 1990 al tiempo que su grado de exposición
es mayor.
Pero estas son consideraciones que merecen una evaluación
especial. En lo que toca a la confrontación entre la Cancillería
y el ex-embajador en Tokio, debe recordarse que cuando, en noviembre
pasado, Torre Tagle comunicó el retiro de nuestro embajador
en Japón en el contexto de un fuerte malestar del gobierno
peruano con el trato dilatorio que el gobierno japonés otorgaba
a las gestiones de extradición de Alberto Fujimori, todos
asumimos que estábamos frente a una medida de enérgica
protesta.
La medida diplomática pareció atenuarse, sin embargo,
en tanto coincidió con el término de funciones del
embajador ante ese país anunciándose que éste
sencillamente no sería reemplazado. Luego, cuando el embajador
no retornó al Perú de inmediato como correspondía,
la medida devino en contradictoria. Y la contradicción devino
en asombro cuando los peruanos nos enteramos de que el embajador
anunciaba fricciones con sus antiguos subordinados, informaba a
medios peruanos sobre las inconveniencias de su situación
y criticaba, más tarde, la gestión del Estado en el
trato del caso Fujimori, nada menos.
De otro lado, en relación al asunto del levantamiento del
secreto bancario de una cuenta de Fujimori por el gobierno japonés
conocido en el Perú en parte por entrevistas concedidas por
el embajador, el Canciller ha debido reiterar ante la Comisión
de Relaciones del Congreso que su Despacho nunca ocultó información
sobre el caso y que más bien lo comunicó oportunamente
al Congreso, a la Procuraduría y al Poder Judicial.
El ex-embajador, por su parte, declaró ante la misma Comisión
que, a pesar de que el hecho había sido informado por él,
no hubo reacción de Torre Tagle como tampoco existieron instrucciones
en relación al trámite de documentos nacionales (DNI
y pasaporte) por Fujimori en Tokio. Es más, el ex-embajador
expresó que las gestiones de extradición del gobierno
peruano (especialmente la remisión de cuadernillos) habían
sido deficientes y que él no recibió el apoyo adecuado
para conseguir mejores resultados.
Dada la dimensión de estas contradicciones, es evidente
que la situación debe ser adecuadamente esclarecida y sus
responsables (de haberlos) identificados. Pero al respecto debe
recordarse que el caso Fujimori, por tratarse de un ex -Jefe de
Estado, compromete un interés primario de seguridad nacional
y que su ventilación pública insinuando una conflicto
de poderes (entre el Ejecutivo y el Congreso) y una contienda entre
un Canciller en funciones y un embajador retirado abre un frente
de vulnerabilidad del Estado que ni el prófugo ex -presidente
había logrado.
La situación es aún más grave porque el prófugo
está sometido ahora a la jurisdicción de un país
vecino (lo que añade desprestigio del Estado y afecta el
honor nacional) y porque, en nuestra perspectiva, ese caso incurre
en el ámbito de la traición a la patria en tanto Fujimori,
mientras ejercía la jefatura del Estado y la representación
nacional, se sometió a soberanía extranjera. Éste
es el marco en que se plantea el entredicho entre la Cancillería,
un embajador en retiro y algunos medios de comunicación.
Si bien es cierto que el gobierno no ha realizado todos los esfuerzos
necesarios para extraditar a Fujimori (tramitó un par de
cuadernillos, no tomó acción cuando el prófugo
acudió provocadoramente al consulado peruano en Tokio –que
es territorio nacional- y no ha investigado o pedido explicaciones,
como correspondía, la particular relación entre Japón
y Fujimori), el ex –embajador ha preferido expresar su malestar,
violentando los requerimientos de la reserva, cuando desmejoró
su relación con la Cancillería (que se sepa, no se
presentó en Lima a plantear sus reparos, ni los fundamentó
adecuadamente en documentación oficial, ni muchos menos renunció).
Si no se desea debilitar más al Estado, ésta confrontación
debe terminar, el Congreso debe guardar reserva absoluta de sus
investigaciones y los medios de comunicación deben aproximarse
al tema prestando mayor atención a la gravedad de los hechos.
El caso Fujimori no es sólo un asunto penal: es un asunto
de Estado. Como tal debe ser tratado en la búsqueda de un
objetivo común: que el responsable resarza al país
por el daño causado purgando la máxima pena posible.
Sin alterar el logro de ese propósito se deberá tomará
cuentas a los que inhiban esa meta elemental
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