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EDITORIAL
El señor Chávez: de injerente a proliferador
Alejandro Deustua
8 de febrero de 2006
Que Venezuela reitere su condición de potencia revisionista
no es novedad. Y mucho menos que el gobierno del señor Chávez
desempeñe ese rol regional en el campo estratégico
(mediante el alineamiento con Cuba), en el político (a través
de mecanismos de injerencia en los vecinos) o en el económico
(ejerciendo una diplomacia petrodolarizada). Lo que es nuevo es
que ahora intente activamente un rol militar en la región
y en el ámbito global.
En efecto, hasta ahora las compras de armas venezolanas (salvo por
los fusiles Kalashnikov) no parecían orientadas a alterar
orden alguno. Las adquisiciones a España (barcos ligeros
y aviones de transporte) objetadas por Estados Unidos por contener
tecnología norteamericana, no presentaban, en apariencia,
amenaza alguna. Lo mismo ocurrió con el intento de adquisición
de aviones Super Tucano brasileños. Y si, luego de la indisposición
estadounidense a facilitar la reparación de aviones F-16,
el impacto de la búsqueda de alternativas en Rusia u otras
fuentes sólo puede ser materia de evaluación.
Sin embargo, cuando el gobierno del señor Chávez
adquirió 100 mil Kalshnikovs rusos las dudas sobre su uso
potencial (el Ejército venezolano no tiene 100 mil hombres)
emergieron en la región (especialmente en vecinos que son
seriamente amenazados por organizaciones narcoterroristas).
Y si la respuesta venezolana de que esas armas estaban destinadas
a la formación de una milicia no conformó a nadie,
el anuncio chavista de una adquisición futura de un millón
de esos fusiles tras declarar a Estados Unidos como enemigo y acusarlo
de intentar invadir el país ciertamente ha generado preocupación
colectiva. Especialmente cuando las armas estarían supuestamente
destinadas a armar a la población que, bajo un pretexto defensivo,
devendría en un ejército popular mayor difícilmente
controlable si Venezuela no deviene en una dictadura.
Teniendo en cuenta la vocación intervencionista venezolana,
no es en absoluto un disparate adelantarse a la posibilidad de que
esas armas efectivamente terminen en manos de organizaciones criminales
y paramilitares del vecindario. Si las FARC puede ser el primer
destinatario potencial otro no lejano podría aparecer en
ciertos gobiernos afines cuyos mandatarios han denunciado públicamente
el tráfico de armas por empresas multinacionales que desean
desestabilizarlos.
Si éste es un escenario potencialmente subversivo cuyo contexto
es la antihemisférica declaración de Estados Unidos
como enemigo, entonces la región tiene un problema de seguridad
colectiva del que no puede escabullirse.
Y mucho menos ahora que a la adquisición desestabilizadora
de armas convencionales (que tiene dimensión regional), Venezuela
acaba de agregar desestabilización global al alinearse con
Irán en un caso de proliferación nuclear con eventuales
fines bélicos. En efecto, Venezuela y Cuba fueron los únicos
Estados latinoamericanos que votaron en contra de la resolución
de la Organización Internacional de Energía Atómica
que derivó el desafío iraní al Consejo de Seguridad
de la ONU con el voto aprobatorio de la totalidad de los miembros
permanentes del Consejo.
La posición venezolana es aún más peligrosa
si se tiene en cuenta que ese Estado ha expresado interés
en adquirir tecnología nuclear. Ello no sería mayor
problema si su ambición se enmarcara en el Tratado de No
proliferación que permite el empleo de la energía
nuclear sólo para fines pacíficos. Pero al haberse
alineado con Irán, el señor Chávez pone seriamente
en duda ese propósito.
Si la vocación revisionista del gobierno venezolano va ahora
más allá de la injerencia planteando abiertamente
la fragmentación hemisférica y comprometiendo la seguridad
colectiva en los ámbitos regional y global, el sistema interamericano
no puede hacerse de la vista gorda como viene ocurriendo con la
inaplicación de la Carta Democrática al régimen
autoritario de Caracas.
Si el señor Chávez desea reproducir al señor
Castro (y renovar a Cuba en Venezuela) exportando la revolución
y generando eventualmente una crisis nuclear que remede peculiarmente
la de 1962 sin tener en cuenta la seguridad de sus vecinos, sus
vecinos deben entonces pedirle explicaciones y rectificaciones en
el marco correspondiente: la OEA.
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