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EDITORIAL
Otra crisis entre (no todo) Medio Oriente y Occidente
Alejandro Deustua
6 de febrero de 2006
Un ciclo desestabilizador del Medio Oriente y de la vinculación
de esa región con Occidente se ha consolidado. Una combinación
de elementos electorales, ideológicos o “culturales”
y de seguridad ha ayudado a establecerlo.
Como es evidente, estos elementos son la elección del Hamas
en Palestina, la violenta reacción musulmana a la publicación
en Europa de caricaturas culturalmente ofensivas y la renovada disposición
iraní a generar proliferación nuclear. En tanto estos
elementos se retroalimentan entre sí, deben ser considerados
como interrelacionados. Por tanto lo pertinente es neutralizar los
vínculos que intensifican su gravedad y atacar cada problema
en su especificidad.
Para ello es necesario evitar tanto el sobredimensionamiento diplomático
de los graves acontecimientos (por ejemplo, el anuncio de los jefes
de gobierno de España y Turquía en torno a la pérdida
de control sobre los hechos no ayuda) como la infravaloración
de la relación entre éstos. Y si en su interrelación
ha habido algún tipo articulación predeterminada,
éste es asunto que deberá resolverse luego para dar
prioridad a las medidas de urgencia que deben adoptarse (por ejemplo,
una eventual declaración conjunta de la Unión Europea
y la Liga Árabe como la que ya se anuncia).
En relación al primer punto debe tenerse claro que, si bien
la reacción en cadena que ha generado en el mundo musulmán
las irresponsables caricaturas de Mahoma agudiza la tensión
con los miembros de Occidente, no puede colegirse de ello que hayamos
ingresado a una nueva fase del “choque de civilizaciones”
o que, en menor escala, se haya agudizado irremediablemente el conflicto
intercultural existente. Llegar a esa conclusión implicaría
asumir de que el escenario de conflicto civilizatorio ha adquirido
una dimensión material en torno a principios y valores de
carácter ilimitado.
Si ese fuera el caso, estaríamos al borde de la confrontación
total y esto no es así. Si bien las protestas se han esparcido
por el mundo musulmán cubriendo desde Siria y Líbano
hasta Indonesia, éstas no han adquirido una dimensión
masiva y parecen en su mayoría siempre lideradas por núcleos
o grupos de identificación aún desconocida. De otro
lado, los hechos ofensivos no han sido generados ni apoyados por
las sociedades occidentales ni por sus gobiernos sino por medios
periodísticos particulares cuyos insensibles directores han
hecho uso de las tecnologías de información globales
pero han preferido no medir las consecuencias de sus actos.
De allí que todos los gobiernos occidentales involucrados
hayan reconocido, con diferentes matices, que las pésimas
caricaturas son, en efecto, ofensivas e irresponsables por la referencia
teocrática pero que no ameritan una disculpa estatal porque
estos gobiernos no coactan la libertad de prensa ni de expresión
(lo que no es lo mismo que éstos deban establecer un frente
común de choque en defensa de estos principios como pretenden
algunos). Y menos lo harán cuando, como en el caso de Dinamarca
y Noruega, las embajadas de estos países han sido violentadas
sin que los gobiernos donde están establecidas hayan tomado
las medidas preventivas adecuadas.
El argumento diplomático de estos Estados puede elaborarse
más, pero no admite retroceso. Sin embargo, una vez establecido
el punto, los gobiernos occidentales no pueden argüir que no
tienen responsabilidad por el abuso de los derechos estatalmente
tutelados por los ciudadanos que lo ejercen.
Si la definición de un Estado de Derecho se estructura
en función de los derechos y obligaciones correspondientes
de sus titulares, los Estados tiene la obligación de identificar
esas obligaciones e identificar las responsabilidades por su incumplimiento.
Si en Dinamarca, Noruega o Francia no hay normas, estatales o gremiales,
que las señalen, entonces esos gobiernos no ejercen bien
sus funciones liberales. Y menos cuando el ejercicio desmedido de
esos derechos por unos cuantos generan riesgo e inseguridad al conjunto
de la sociedad.
Así el canciller de Dinamarca tiene razón cuando afirma
que no puede disculparse por el ejercicio derechos básicos
de sus ciudadanos. Pero hierra cuando no dice mucho sobre las limitaciones
de esos derechos especialmente cuando la inobservancia de las mismas
generan inseguridad nacional e internacional. Para proceder a controlar
la crisis y evitar que se vuelva a producir, este vacío debe
ser superado. Y para que la cooperación que puede suscitarse
al respecto entre parte de Occidente (la Unión Europea) y
parte del mundo musulmán (la Liga Árabe) este asunto
debe ser tratado.
De otro lado, la crisis producida en enero por la decisión
iraní de suspender el trato con la Agencia Internacional
de Energía Atómica y de reanudar investigaciones que
podrían orientarse al enriquecimiento de uranio (material
que puede ser empleado bélicamente) se ha complicado con
la decisión de la AIEA de llevar el caso al Consejo de Seguridad
de la ONU.
La resolución de la AIEA es tan apropiada como necesaria.
Es apropiada porque ese organismo internacional ha llevado un caso
que afecta la seguridad internacional (la proliferación nuclear
en un contexto de violación de acuerdos entre Irán
y la AIEA y de vulneración de entendimientos y negociaciones
con los representantes de la Unión Europea -Francia, Alemania
y el Reino Unido-) al organismo competente para ver estos casos
(el Consejo de Seguridad).
Y lo ha hecho sobre la base de una mayoría abrumadora de
sus miembros (29 a favor, 5 abstenciones y 3 oposiciones) incluyendo
a la totalidad de los miembros permanentes del Consejo. La legitimidad
de esa decisión deriva además del incremento de la
disposición cooperativa entre los miembros del Consejo de
Seguridad que se había rehabilitado sólo parcialmente
a propósito de la reconstrucción de Irak.
Aquélla queda aún más fortalecida en tanto
que una solución patrocinada por Rusia (enriquecer en ese
país el material nuclear requerido por Irán sólo
para fines pacíficos con el patrocinio de la AEIA) ha sido
apoyada por Estados Unidos dejando la puerta abierta para la cooperación
con otras potencias (aunque no está claro si la intención
norteamericana es producir el material nuclear a través de
un consorcio interestatal o hacerlo bajo las órdenes o supervigilancia
de la AEIA).
Es cierto que esta alternativa genera inconvenientes que deberán
evaluarse más adelante (por ejemplo, la formalización
de una clase de Estados que, siendo nucleares, deciden a quién
prestan colaboración y a quién no lo que inducirá,
eventualmente, una mayor jeraquización del poder). Pero,
de momento, es una solución sensata para tratar una crisis
que, por la influencia y el status iraní, es mayor que la
que produjo Libia (ésta fue resuelta cuando ese país
decidió, en el 2003, abandonar, de manera transparente, toda
aspiración de enriquecer uranio por su cuenta).
La utilidad de esa alternativa cobrará aún más
importancia negociadora mientras el Consejo evalúa la materia
bajo el capítulo VII de la Carta que procura medidas coercitivas
contra Estados que persistan en generar amenaza o inestabilidad
internacional.
Irán, según la AEIA, es ahora uno de esos Estados
en tanto su programa nuclear no es transparente, genera incertidumbre
y es doloso (hecho sustentado por la AEIA en un documento indicativo
de que Irán está dispuesto a enriquecer uranio que
puede tener destino militar).
Por ello la decisión de la AEIA de llevar el caso al Consejo
de Seguridad ha sido necesaria. Los fundamentos de esa necesidad
se incluyen en el reporte de la AEIA cuya credibilidad internacional
está fuera de discusión (la votación mayoritaria
así lo indica y el premio Nobel ganado el año pasado
por su Director General, Mohamed El Baradei, la avala).
A pesar de ello, hoy nadie desea establecer medidas coercitivas
contra Irán a raíz de la experiencia iraquí
y de las consecuencias aún más conflictivas que éstas
podrían acarrear. Por lo tanto, se ha abierto hasta marzo
un tácito plazo de negociación que Irán debe
aprovechar.
De no hacerlo el Perú, como miembro no permanente del Consejo
de Seguridad deberá estar listo para cumplir con sus responsabilidades
de acuerdo a su interés nacional y al de la comunidad internacional.
La tarea no será fácil porque de los tres miembros
que votaron contra la resolución de la AIEA dos son latinoamericanos:
Cuba y Venezuela.
En tanto estos dos Estados desean traer a la región la problemática
del Medio Oriente (en este caso, el conflicto ideológico
y estratégico musulmán con “Occidente”),
la responsabilidad del Perú será todavía mayor.
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