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EDITORIAL
FED: el gran señalizador
Alejandro Deustua
30 de enero de 2006
Si un eficiente sistema de señales es esencial para todo
orden dinámico, éste es vital para un sistema de interacciones
complejo como el que define hoy a la sociedad internacional. Si
Estados Unidos es en ella el actor prevaleciente, tiene también
la responsabilidad de ser uno de sus más importantes “señalizadores”.
De su eficiencia en esta materia depende su adecuada sobrevivencia
y prosperidad y, en tanto aquélla sea creíble, también
la de los demás.
Sin embargo, el sistema de señales de la primera potencia
no se ha repuesto suficientemente luego de la falla de los mecanismos
de información que precedieron a la última guerra
de Irak. De haber contado con un sistema más eficiente al
respecto (responsabilidad que, en este caso, también cupo
a la comunidad internacional), las decisiones correspondientes pudieron
ser mejores aunque la opción bélica no variara en
esencia. La credibilidad del sistema de señales de la superpotencia
debe aún reponerse en esta materia.
Todo lo contrario ocurre con los mecanismos señalizadores
norteamericanos en materia económica. Entre ellos, el FED
es el más reputado, verosímil, sensato y eficiente
en la percepción de una buena mayoría de operadores
de mercados.
En efecto, bajo la dirección del señor Alan Greenspan
el banco central norteamericano no sólo ha logrado mantener
a raya la inflación en la mayor economía nacional,
sino que ha restado volatilidad a un mercado impactado por los más
graves shocks internos (el desplome del mercado bursátil
en 1987 y el 2000-2001) y externos (la sucesión de crisis
financieras de la década de los 90 -como la mexicana, la
asiática y la rusa- y el incremento sustancial de los precios
del petróleo –que han triplicado su valor desde 1999-).
Como resultado de ese buen manejo, la economía norteamericana
ha crecido extraordinariamente. Bajo la vigilancia del FED dirigido
por el señor Greenspan los norteamericanos han logrado los
ciclos expansivos más extensos desde los años 60.
En un país cuyos ciudadanos saben reconocer las virtudes
individuales en un marco de muy sofisticadas instituciones, el señor
Greenspan –como antes ocurrió con el señor Volcker-
ha adquirido, además de una categoría de estadista,
la reputación de un mito capitalista y, por tanto, utilitario.
En efecto, la leyenda del señor Greenspan sostiene que
éste ha permitido el progreso del ciudadano medio estadounidense
(que, disminuyó fuertemente su percepción de riesgo
e incrementó correspondientemente su consumo) y el de los
operadores de los sistemas bursátil y financiero (que han
seguido “invirtiendo exuberantemente” percibiendo ganancias
extraordinarias a pesar del histórico crash de principios
del milenio y de los peligrosos desbalances de la economía
norteamericana). Ello se ha traducido en una reducción sustancial
de la volatilidad económica y en el aumento del crecimiento
potencial norteamericano reflejado en los términos de la
“nueva economía” (aquella que crece según
el incremento de la productividad por innovación tecnológica
sin generar inflación).
De allí que, tras 19 años al mando del FED, los mercados
premien la labor realizada con un voto de continuidad que, en apariencia,
es lo que el nuevo director, el señor Ben Bernancke, se propone
realizar. En este contexto la continuidad implica algo más
que inercia administrativa. Aquélla demanda fidelidad al
mercado aún frente a los riesgos mayores que presentan la
burbuja inmobiliaria (como ocurrió antes con la bursátil),
los problemas estructurales de los défiicts gemelos (el fiscal
y el de cuenta corriente que siguen creciendo), el renovado incremento
de los precios del petróleo (que podrían superar la
barrera de los US$ 100 según algunos participantes en Davos)
y la desaceleración de la economía (Estados Unidos
crecerá este año alrededor del 3% en línea
con la economía mundial según la ONU).
De todos estos riesgos, The Economist considera que la pasividad
frente a la burbuja inmobiliaria representa la mayor equivocación
sistémica del FED. La disposición a no reducir la
burbuja en tanto que se considera que es mejor actuar luego de que
ésta reviente (bajando las tasas de interés, si revienta)
es percibida no sólo como “asimétrica”
(los intereses no suben antes del “estallido” de manera
correspondiente al nivel del descenso posterior) sino como perniciosa
para la estabilidad global.
En efecto, si los precios de los activos inmobiliarios caen bruscamente,
el pago de los créditos hipotecarios se encarecerá,
el consumo se reducirá fuertemente (sin la existencia de
ahorros suficientes que amortigüen el descenso), los inversionistas
extranjeros reducirán la adquisición de deuda norteamericana
y la consecuente diversificación de colocaciones erosionará
los fundamentos monetarios e intensificará el déficit.
Si The Economist, entre otros, advierten sobre este peligro mientras
el ciclo expansivo de la economía global se amplía,
será necesario que la transferencia de mando en el FED se
lleve a cabo con la mayor transparencia posible y que, dada su implicancia
global, el lenguaje que emplee el mensaje correspondiente sea el
menos diplomático posible al respecto. La ambigüedad
en estas circunstancias no incrementará la alta credibilidad
de las nuevas autoridades del FED.
Al respecto, aunque en un marco de confianza, la alerta de nuestras
instituciones económicas deberá intensificarse este
fin de mes cuando el mensaje del “gran señalizador”
describa la situación de la primera economía mundial
e indique el rumbo que seguirá cuando el señor Greenspan
deje formalmente el cargo que tantos elogios le ha brindado.
Aunque la luz verde debe prevalecer en ese tránsito, la
luz amarilla que enciende The Economist debe ser observada con atención.
El orden económico de los Estados Unidos y el global depende
de una buena percepción de esas señales y de la efectiva
correspondencia de ésta con la realidad.
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