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EDITORIAL
El Hamas: una perversa paradoja democrática
Alejandro Deustua
27 de enero de 2006
Ciertamente es una paradoja –pero no una profecía
autocumplida- que la expansión del sistema liberal esté
llevando al poder a quienes se oponen a él como ocurre hoy
en algunos países suramericanos y del Medio Oriente. Al fin
y al cabo la emergencia de representaciones étnicas, religiosas
o simplemente beligerantes como alternativas a organizaciones partidarias
es parte de la fenomenología que los mentores de la denominada
globalización -y de su dimensión antinorteamericana-
anticiparon hace más de una década.
Por ello el triunfo de la organización terrorista Hamas
en las elecciones palestinas no llega con sorpresa aunque sí
genera enorme preocupación en la comunidad internacional.
En efecto, la victoria de una organización paramilitar
que promueve la destrucción del vecino (Israel), que emplea
métodos de lucha vedados por el derecho internacional y que
ha sido abrumadora electa (con una mayoría absoluta de 76
asientos parlamentarios sobre 132), se ha producido en elecciones
consideradas limpias (con una concurrencia de 78%) y avaladas por
intachables observadores y potencias externas.
Y a pesar de que los acuerdos palestino-israelíes de Oslo
de 1993 prohibían la participación política
de organizaciones armadas que desconocieran el derecho a la existencia
de Estados o comunidades establecidas, las elecciones han sido internacionalmente
legitimadas. Estos hechos ya han generado la renuncia del Primer
Ministro de la Autoridad Palestina, Ahmed Qurei, mientras que el
triunfador se dispone a formar gobierno con Fatah (la organización
en el poder) o sin èl.
Es más, si ese reconocimiento lleva consigo los peligros
de la posible quiebra definitiva de las negociaciones palestino-israelíes
(la “Hoja de Ruta”), el empleo simultáneo de
los medios diplomáticos propios de una entidad internacionalmente
admitida (la Autoridad Palestina) y los del terrorismo a los que
no ha renunciado Hamas y el cuestionamiento del derecho a la existencia
del interlocutor, la sensación de que en el Medio Oriente
se ha vuelto a producir una estafa mayúscula no puede evitarse.
Especialmente si a ésta se suma al peligro nuclear que se
origina en Irán y a las inmensas complicaciones que encuentra
la radicación de un gobierno sustentable en Irak. El empleo
de métodos democráticos para llevar al poder a una
organización que jaquea el objetivo estratégico de
estabilizar el Medio Oriente y de fortalecerlo con sistemas de gobierno
legítimamente representativos presenta hoy en Palestina una
fisonomía tan engañosa como la Alemania fascista de
los años 30.
Aunque la intensidad del drama en ciernes es ciertamente distinto
al que presentó esa potencia en el siglo pasado, éste
seguramente tendrá consecuencias regionales y globales que
agregan inseguridad e incertidumbre donde, luego de los esfuerzos
realizados, debería haber hoy más certeza de convivencia
civilizada y, en alguna medida, liberal.
Ésta situación empeorará si, desde la perspectiva
israelí, el nuevo escenario conduce a la supresión
del diálogo con los palestinos, al incremento de la tendencia
israelí al “desenganche” en la zona y, por tanto,
a la acción unilateral como suponen ciertos medios.
Sin embargo, de acuerdo a encuestas rápidas de los medios
israelíes la mayoría de la población (48%)
desea establecer conversaciones con un gobierno del Hamas mientras
un 43% se manifiesta en contra. Si esa respuesta obedece al instinto
colectivo de supervivencia o a los usos y costumbres de una zona
donde la negociación y la guerra forman parte de la vida
cotidiana, no es asunto que importe demasiado a los que ven en la
elección de un interlocutor feroz, una oportunidad de progreso
(tal como ocurrió con los palestinos cuando Ariel Sharon
se decidió por la negociación).
Los que así piensan, estiman posible un paso hacia la “paz
de los valientes” que podría tener como base la sólida
y sangrienta contundencia del pragmatismo realista antes que la
pulcra fragilidad del idealismo pacifista.
Para que ello ocurra Hamas debe reconocer el derecho a la existencia
del Estado de Israel, abandonar el terrorismo como práctica
sistemática y establecer el orden en Gaza y Cisjordania.
Así opinan los gobiernos de Estados Unidos, los de Europa
y las autoridades de la Unión Europea.
Estas demandas parecieran demasiado pedir si no fuera por que
las mismas fueron reclamadas al gobierno del Fatah del presidente
Mahmoud Abbas (que continúa en funciones con el apoyo internacional).
Éste cumplió nominalmente con los dos primeros requerimientos
pero fue incapaz de imponer el orden (y mucho menos de combatir
el terrorismo como paso previo a la continuación a las negociaciones
de la Hoja de Ruta).
Quizás por ello algunos perciben al gobierno del Hamas como
un potencial interlocutor “práctico”, aunque
no fiable, a pesar de que Israel, Estados Unidos y varios de los
países europeos se nieguen oficialmente a entablar negociaciones
con éste hasta que no cumpla con los requisitos demandados.
Asumiendo que esas conversaciones se puedan poner en práctica
(y hasta que pudieran prosperar más rápidamente teniendo
en cuenta la capacidad de realización de una organización
dura como el Hamas), el hecho es que la situación creada
muestra que estamos de retorno de las visiones maximalistas de la
gobernabilidad democrática en ciertas regiones. Es posible
que Hamas sirva finalmente para el gran propósito de paz
– y que represente más verosímilmente a una
población frustrada y desorientada-. Pero ello ocurrirá
a costa de los principios que califican a los actores democráticos.
Y si esto ocurre, como ocurrirá, la democracia como valor
y sistema globalmente aspirable, se debilitará. Con ello
la tendencia al retorno de las viejas políticas del realismo
clásico se intensificará.
Los latinoamericanos debemos sacar las conclusiones del caso y curarnos
en salud fortaleciendo nuestras instituciones y Estados. Y también
previniendo contagios de fuentes de desorden que ya habitan en nuestra
región y que pretenderán vigorizarse bebiendo de la
inveterada anarquía del Medio Oriente.
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