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EDITORIAL
¿Una nueva era para Bolivia?
Alejandro Deustua
23 de enero de 2006
Con un discurso redencionista y articulado por los lineamientos
generales que seguirá el nuevo Estado boliviano (y no sólo
su gobierno, según La Razón de La Paz) el señor
Evo Morales ha asumido la presidencia de esa República. De
esta manera la esperanza cohesionadora y renacentista que brinda
a los bolivianos un gobernante que, atípicamente, toma posesión
del cargo amparado en una mayoría absoluta de electores ha
sido canalizada por quien contribuyó a debilitar, in extremis,
al Estado desde la oposición a gobiernos transitorios y débiles.
Quizá por el requerimiento implícito que acompaña
a esa paradoja –la necesidad de generar estabilidad política
en un Estado intensamente fragmentado-, antes que por el carácter
racial, antioccidental y antisistémico del discurso del presidente
Morales, la comunidad internacional ha brindado su apoyo inicial
al nuevo gobierno boliviano. Así lo ha constatado el presidente
Morales en una gira por tres continentes y en La Paz con la concurrencia
de numerosos Jefes y representantes de Estado (entre los que destacó,
por excepcional, la presencia del presidente Chile, Ricardo Lagos,
antes que la del Subsecretario Adjunto para Asunto Hemisféricos
del Departamento de Estado, Thomas Shannon).
Efectivamente, estos presidentes y representantes concurrieron al
Palacio Legislativo de la Plaza Murillo a afirmar su apoyo a Bolivia
antes que al señor Morales, a sus caracterísiticas
o a su pasado beligerenate. Salvo por el caso del presidente Chávez
y del representante cubano, así lo debiera entender el nuevo
inquilino de Palacio Quemado: Suramérica y el mundo occidental
–tan cuestionado por el mandatario boliviano- desean una Bolivia
próspera, estable y en paz con sí misma y con sus
vecinos al margen de alianzas más o menos cuestionables.
La prosperidad no llegará, sin embargo, si la crítica
al “modelo neoliberal” –cuya versión fundamentalista
e imprudentes métodos de aplicación muchos cuestionamos-
se convierte, progresivamente, en erosión de las políticas
de mercado ya no por el presidente Morales –que asegura que
las mantendrá- sino por la presión de las bases radicales
que lo apoyan.
Y, lamentablemente, en el discurso presidencial no hubo mucho sobre
lo que el nuevo gobierno hará para promover sensata e intensamente
el crecimiento, la competitividad y la mejor inserción de
la economía boliviana. Ello contrastó, más
bien, con la impugnación mesiánica del conjunto de
la historia y gestión económicas bolivianas, con la
insistente y retórica flagelación de los “explotadores
de 500 años” y con la aparente inclinación presidencial
por otorgar al Estado extraordinarios poderes en la prospección
de políticas productivas (a través de la necesaria
reforma agraria y de nuevas formas de industrialización excluyentemente
ligadas a la explotación de los recursos naturales).
Como contrapartida, sin embargo, quizás la cantidad de
invitados oficiales extranjeros –y hasta aquéllos que
fueron visitados en la extensísima gira del presidente electo-
no oyeron lo suficiente sobre lo que hará el presidente Morales
para crear mayor integración, intercambio exterior e interdependencia
económica. En lugar de ello, los visitantes fueron saturados
con mensajes sobre propensión autárquica, crítica
a la inversión extranjera y cuestionamiento implícito
(y, en alguno caso, merecido) de las empresas de hidrocarburos que
trabajan en Bolivia. Si la hostilidad del discurso del presidente
Morales no ayudó a sentar las bases de la “nueva era”
económica que inaugura, quizás ello se deba a que
el nuevo jefe de Estado no ha resuelto aún el conflicto entre
su militancia en los movimientos antiglobalizadores y las necesidad
nacional del capitalismo que, aún en la versión moderada,
él y el presidente de Venezuela consideran imperial y, por
lo tanto, impuesto.
A manera de compensación oratoria, se esperaba un mayor
énfasis en las políticas sociales específicas
que Bolivia dearrollará, pero el tono hostil del discurso
del presdiente Morales lo omitió. Si ello se debe a que el
nuevo gobierno ya sabe qué hará al respecto con la
ayuda de Venezuela y Cuba, esa razón no fue suficiente para
no preocuparse por disipar la sensación de incertidumbre
que el discurso dejó en la audiencia internacional que prestó
atención televisiva a lo que el presidente de Bolivia tenía
que decir sobre su país en fecha tan memorable.
En consecuencia, los que esperan mayor estabilidad para el gobierno
boliviano no habrán dejado de sorprenderse de que su conductor,
a pesar de contar con el apoyo mayoritario, insistiera en recurrir
al poder popular (es decir, a la política de masas) si el
Legislativo no pasa las leyes necesarias que el presidente Morales
espera (especialmente la convocatoria a la Asamblea Constituyente).
Ello revela que el conflicto político no ha acabado en
Bolivia y que, más bien, puede intensificarse cuando llegue
el momento de redefinir al Estado (agosto de este año) mediante
una nueva Constitución que corresponda a lo que el presidente
Morales y sus allegados consideran necesario para fundar una nueva
república en Bolivia. Por lo pronto los movimientos más
radicales ya han establecido un plazo de 90 días para comenzar
a ver cambios significativos. Si éstos no se producen, ellos
se encargarán de volver a las calles poniendo nuevamente
en jaque al gobienro.
Estas ambiguedades y contradicciones se presentaron también
en el capítulo internacional del discurso del nuevo presidente.
Así, al tiempo que se solicitaba mayor compromiso de la cooperación
internacional (especialmente para condonar la deuda externa), se
insistió en condenar la dimenión colonial que implicaría
esa cooperación. Lo que pudo ser un diagnóstico más
o menos realista y una nueva propuesta de nueva gestión,
se propuso como imputación lacerante. Si ello fue palpable
en la alusión al sostenimiento de alguna parte de la administración
pública boliviana por fuentes externas, fue más evidente
en los términos de cooperación con Estados Unidos:
aquí el nuevo trato es de coperación sin depedencia
ni condicionalidad.
Como es evidente, la propuesta es derecho y competencia exclusiva
del gobierno boliviano en el marco de sus responsabilidades internacionales.
Ésta puede ser efectiva si el nuevo gobierno se propone combatir
en serio el narcotráfico (lo que requiere mayor interdicción)
y erradicar y sustituir la coca excedentaria (es decir, el 90% del
total). Pero no lo será si esa intención queda condicionada
a una imposible industrialización de la hoja. En ese caso
la preopuesta fracasará porque el mercado para ese producto
no existe ni puede crearse en dimensiones suficientes.
En todo caso, Estados Unidos parece ya haber adoptado un enfoque
pragmático en su relación con Bolivia cuya evolución
dependerá de la conducta del interlocutor antes que de los
problemas se hayan presentado en el pasado. Ese enfoque no abandonará,
sin embargo, la aproximación unilateral norteamericana en
tanto la superpotencia está al tanto de los problemas que
acarrearían la reiteración del vacío de poder
en Bolivia y de la quiebra del Estado (de lo que ha hecho una preocupación
de seguridad nacional).
Pero los problemas del pasado sí estarán presentes,
con renovados ánimos de prospección resolutoria, en
la relación con Chile. Quizás ésta constituya
el mayor adelanto de la política exterior boliviana desde
que la elección del presidente Morales. La evolución
del postulado “gas por mar” aparentemente ha ido más
allá al punto de que las nuevas autoridades evalúan
el restablecimiento de relaciones diplomáticas y otorgar
un nuevo impulso de las negociaciones comerciales.
El Perú debe felicitarse de ello en tanto fortifica un
extremo de nuestras relaciones internacionales que genera cíclicamente
diferentes grados incertidumbre. Para que ésta se cancele,
el Perú y Bolivia deben intensificar su relación bilateral
y discutir las posibilidades de una solución real al problema
de la mediteraneidad del vecino (que es un tema fomalmente chileno-boliviano)
que parta por zanjar la controversia jurídica sobre delimitación
marítima peruano-chilena. Mientras tanto, y dado que el presidente
Morales no ha anunciado nada nuevo para la relación peruano-boliviana,
el Perú deberá tomar la iniciativa para mejorar la
rica relación altiplánica e intensificar la vinculación
económica con el oriente de ese país.
Ello pasa por la integración energética a la luz de
la dimensión geopolítica y de desarrollo que el gas
tiene para los dos países. En esta perspectiva, para evitar
complicaciones añadidas al problema de la adaptación
de los contratos de las empresas de hidrocarburos a la nueva ley
boliviana (cuyos mandatos nacionalizadores deben aún reglamentarse),
el cuestionado esquema del “anillo energético”,
al que Bolivia no desea aún incorporarse plenamente, quizás
deba replantearse en el marco mejor consensuado del IIRSA.
Sin embargo, este escenario estará fuertemente influido
por una variable nueva: la relación de cooperación
boliviano-venezolana que irá más allá de la
simple asistencia. Ella se agrega a los mecanismos de cooperación
establecidos para el acápite social y al reclamo del presidente
Chávez de articular un nuevo modelo económico para
la región (lo que puede tener a Bolivia como eventual escenario
inicial).
Esta variable se complicará en tanto el incremento de esa
relación bilateral se sustenta en una alianza estratégica
ya establecida de la que Cuba es parte notoria. Por lo tanto, la
posibilidad de que los cotenidos funcionales de esa relación
de cooperación se orienten al establecimiento de un polo
de poder político en Suramérica no es improbable.
Si ello ocurre, la cooperación distorsionará su propósito
de desarrollo y creará fricciones en la región. Esto
deberá tratarse con Bolivia bilateralmente. Y de ser necesario,
deberá ocupar la atención de lo foros suramericanos
y, eventualmente, de los hemsiféricos en lo que incumba a
Venezuela y Cuba.
Los peruanos esperamos que los cambios en el tejido social boliviano
sean efectivamente beneficiosos para los bolivianos. Para ello debemos
cooperar. Pero también deseamos que el manejo de esos cambios
no genere inestabilidad periférica ni plantee complicaciones
de correlación de fuerzas en el corazón suramericano.
Si, al magren de las buenas intenciones, éstas alteraciones
son inexorables debido a las condiciones políticas que creará
el nuevo Estado boliviano, peruanos y bolivianos debemos trabajar
para prevenir efectos negativos y fricciones entre vecinos. Para
ello (y para poner el hombro como dice El Deber de Santa cruz) quizás
debamos incrementar nuestra precaria interdependencia, consolidar
su especificidad liberándola de la influencia venzolana y
cubana y de las contradicciones que el irredentismo plantea a un
gobernante que se inaugura en el poder.
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