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EDITORIAL
Uruguay y el Mercosur: la sobrevivencia vs. el juego de
poder
Alejandro Deustua
20 de enero de 2006
El afán por crear múltiples polos de poder que cuestionen
la actual estructura del sistema internacional viene arraigándose
en Suramérica de manera tan precaria como irracional..
La precariedad del empeño radica en la ausencia de capacidades
suficientes para emprender un decisivo esfuerzo que altere la estructura
de poder mundial, en una absurda propensión a cultivar al
respecto el antinorteamericanismo en el hemisferio americano y en
el empleo de los erosionados cimientos de los esquemas de integración
subregional a estos efectos.
De otro lado, la irracionalidad del emprendimiento se evidencia
cotidianamente en el daño colectivo que produce desbordado
comportamiento venezolano, en el eco grandielocuente que éste
registra en las reuniones con Brasil y Argentina (como la que acaba
de producirse en Brasilia) y en la marginación de los estados
pequeños que siempre tuvieron vuelo propio. Uno de estos
casos es el de Uruguay.
Uruguay es un país fundamentalmente agrícola y agroexportador
y un importante oferente de servicios financieros. Su escaso tamaño
y la limitación de su base económica depende, más
que los países grandes, de una buena inserción regional
y mundial. El primer requerimiento se satisfacía hasta la
crisis brasileña de 1999 y la argentina de 2001 con un intercambio
comercial con el Mercosur que alacanzaba hasta el 70% de sus exportaciones
(Openheimer). El segundo, se garantizaba con la solvencia de su
sistema bancario y su credibilidad como plaza financiera (a pesar
de los excesos y turbiedades que acarrean ciertos negocios en estos
centros).
Pues bien, la crisis brasileña y argentina retrajo sustancialmente
el comercio con el Mercosur a 25% de las exportaciones totales (Openeheimer)
y desestabilizó el sistema bancario en buena cuenta por las
corridas que produjo la crisis del peso argentino.
Entonces Uruguay miró hacia otras latitudes. En tanto sus
exportaciones a Estados Unidos representan ahora alrededor de 24%
del total, estrechó vínculos con esa potencia en el
marco del intsrumental que promueve el Alca. Un hito en esa dirección
fue el acuerdo de protección de inversiones suscrito con
la superpotencia el año pasado.
Si ello alertó a los socios mayores del Mercosur, cuando
el gobierno de Tabaré Vásquez, a través de
sus ministros de Relaciones Exteriores y de Agricultura (un exguerrillero
tupamaro), anunció su interés en negociar un acuerdo
de libre comercio con Estados Unidos, el núcleo del Mercosur
se removió por completo. Si el status de zona de libre comercio
de esa agrupación subregional genera fricciones internas
entre los dos socios mayores (Argentina y Brasil) y la condición
de unión aduanera no resulta creíble ni para el interlocutor
preferido (la Unión Europea), que un socio menor se dispusiera
a erosionar la unidad del grupo mientras éste incia la incorporación
de Venezuela como socio pleno resulta, digamos, contraproducente
para la credibilidad de la nueva configuarción de poder que
pretende el Mercosur.
Uruguay ha planteado entonces que sea el grupo que negocie con
Estados Unidos (sabiendo que aquél, aunque quizás
lo hará en el futuro, no procederá por ese camino
en el corto plazo por razones estratégicas) o que, alternativamente,
se le conceda una autorización para hacerlo por su cuenta.
El gobierno uruguayo, a diferencia de los grandes y a pesar de ser
de izquierda, no pretende con ello alterar alineamiento alguno sino
simplemente mejorar su acceso a los mercados. Si Mercosur no mejora
la participación de este pequeño país, pues
su gobierno está dispuesto a negociar las condiciones de
colocación de sus productos independientemente del afán
de poder de los socios mayores.
Muchos piensan que ésta es sólo una estrategia derivada
del cálculo político del nuevo gobierno uruguayo.
Puede ser, pero Uruguay y Estados Unidos ya han identificado seis
áreas de trabajo dentro de los mecanismos del Alca que pueden
negociarse. Y probablemente lo harán independientemente de
cuáles sean los designios multipolares de Argentina, Brasil
y Venezuela, potencias con los que no puede competir en un juego
de poder abierto.
De otro lado, la inversión que concurre a Uruguay es fundamentalmente
financiera. Pero este país granja, cuya estructura exportadora
está dominada en más de 50% por productos agrícolas
o agroindustriales, requiere inversión extranjera en la tierra.
Sin embargo, he aquí que un extraordinario emprendimiento
de US$ 1700 millones en Fray Bentos para producir papel aprovechando
bosques cultivados es cuestionado por el vecino argentino alegando
problemas ambientales.
La oposición ha exaltado a los uruguayos que han hecho causa
común en la defensa del proyecto de capitales españoles
y finlandeses (a los que podría sumarse otros). Mientras
tanto el gobierno de izquierda de Vásquez tampoco prioriza
acá afinidades ideológicas –como quisieran algunos
miembors del Mercosur- sino beneficios económicos para su
país que están siendo obstaculizados. Y, por lo tanto,
seguirá alentando la inversión extranjera en el sector
aunque le pese al socio argentino (que, por lo demás, no
ha tenido en cuenta el impacto de su inconsulto desapego con el
FMI en el sector financiero uruguayo).
El caso uruguayo revela el impacto en países menores de las
irracionalidades derivadas del avance del juego de poder de ciertas
potencias emergentes suramericanas. Éstas (Venbeuela, Brasil
y Argentina) pueden estar sacrificando posibilidaes económicas
de su entorno a cambio de expectativas de alterar la estructura
de poder mundial. Y también comprometiendo potencialidades
de cooperación hemsiférica cuya realización
será indispensable en la futura competencia interregional.
Las potencias emergentes del continente serían más
racionales si persiguen sus objetivos sin complicar el progreso
de sus vecinos y sin pretender otorgar a la región una valencia
antinorteamericana que cuestiona la inserción occidental
de América Latina y bloquea los requerimientos de rápido
crecimiento de la mayor parte de sus miembros.
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