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EDITORIAL
El Perú, la ONU e Irán
Alejandro Deustua
13 de enero de 2006
El Perú estrena silla como miembro no permanente del Consejo
de Seguridad de la ONU con el tratamiento de una crisis mayor: la
decisión de Irán de continuar con las actividades
de investigación que le permitan desarrollar material nuclear
eventualmente aplicable a armas de destrucción masiva y la
posible derivación del caso al Consejo donde se podrían
considerar sanciones a ese Estado bajo el Capítulo VII de
la Carta.
Una potencia menor como la nuestra deberá asumir su responsabilidad
con la comunidad internacional: impedir la proliferación
nuclear en el marco de regímenes globales y específicos
que involucran a Estado en cuestión en un contexto donde
la posesión del arma nuclear por potencias establecidas sigue
siendo asunto de seguridad colectiva.
Contra lo establecido por los regímenes de transparencia
y vigilancia, como la Agencia Internacional de Energía Atómica
–reciente ganadora, a través de su director, de un
premio Nobel-, a lo largo de 18 años Irán desarrolló
clandestinamente actividades orientadas a la producción autónoma
de energía nuclear en niveles que pueden superar los fínes
pacíficos. Tal ocultamiento previno al mundo de que la proliferación
de armas de destrucción masiva –luego de que la información
compartida por todos que condujo a la guerra Irak se probara errada-
sigue siendo una amenaza real. Más aún cuando las
autoridades iraníes debieron reconocer el descubrimiento,
escalarecer sus intenciones e identificar el trabajo realizado al
respecto.
En ese escenario, Irán acordó con la Agencia Internacional
de Energía Atómica suspender los desarrollos nucleares
y admitir, in situ, la investigación por la AIEA. Mientras
tanto, tres países de la Unión Europea (Alemania,
Francia y el Reino Unido) negociaban la suspensión definitiva
del programa para evitar llevar el problema al Consejo de Seguridad
donde la negociación derivaría en punición.
Estados Unidos respaldó la acción europea. La AIEA
también mientras la preocupación incluyó a
Rusia, un proveedor de Irán, que ofreció producir
material nuclear para fines pacíficos en territorio ruso.
Luego de que Irán se negara a ello, su disposición
ofensiva se radicalizó: el nuevo presidente, Mahmoud Ahmandinejad,
amenazó con “barrer a Israel del mapa”. Aunque
la frase apocalíptica intentó ser mitigada, su contenido
se agravó cuando el mandatario consideró que los ciudadanos
israelíes deberían restablecerse en Europa y negó
el holocausto como un hecho histórico de connotaciones humanitarias
relevantes. Al hacerlo, Irán evidenció no sólo
su afán de convertirse en una potencia nuclear sino de confrontar
eventualmente a Israel en ese terreno (el supuesto general es que
Israel tiene armas nucleares).
Y como si la amenaza militar no fuera suficientemente clara, Irán
ha procedido a quebrar unilateralmente los sellos de un importante
planta nuclear colocados, de común acuerdo, con la AIEA,
y amenazado con no admitir más inspecciones si el caso es
llevado al Consejo de Seguridad. Esta acción se produce en
momento críticos para el establecimiento del orden democrático
en el vecino Irak (que ha elegido un Parlamento pero no puede aún
organizar un gobierno efectivo ni una fuerza pública eficiente
en un contexto de insaciable violencia) y para la marcha estable
de la economía mundial (una de cuyas vulnerabilidades son
los altos precios del petróleo a la que contribuye, influyentemente,
la producción iraní).
Salvo que se produzca un entendimiento de última hora (al
que, fuera del Consejo, podrían también contribuir
China y Rusia (TE), Estados cuya reemergencia no puede darse en
el marco del conflicto abierto), el caso iraní será
remitido al Consejo de Seguridad. Éste, que no puede eludir
la responsabilidad de mantener, dentro de sus posibilidades y contradicciones,
la paz y estabilidad internacionales, probablemente actuará
como en el caso iraquí: generará una serie de resoluciones
instigando a Irán a cumplir con el convenio de suspensión
del procesamiento nuclear y, si éste no lo hace, autorizará
sanciones.
Ello no ocurrirá sin complicaciones: es previsible una oposición
a resoluciones “duras” o reformulaciones del problema
por China y Rusia, el caso iraquí será recordado –y
cuestionado- como antecedente relevante, Irán estará
al tanto de que Estados Unidos no desea extender más su fuerza
militar y, por tanto, preferirá otro tipo de sanciones ,
la experiencia podrá fortalecer a otros agentes de la proliferación
nuclear (como Corea del Norte) y el nivel de incertidumbre global
se incrementará debido a la erosión de la capacidad
de coacción occidental.
Pero el caso es aún más complicado: en un escenario
global fuertemente influenciado por potencias emergentes, la calidad
militar de las mismas repotenciará su valor. En nuestra región
ese rol desea ser desempeñado por Venezuela que no sólo
ha adelantado afinidad con el gobierno y la posición iraníes
sino que hace algún tiempo persigue también hacerse
de una cierta capacidad nuclear. Si ello ocurre, se estará
alterando el régimen de no proliferación nuclear suscrito
por los países latinioamericanos y una potencia emergente
adquirirá una manifiesta valencia hostil en nuestro vecindario.
Al Perú le toca decidir en la materia. Para eso tiene una
sitio en el Consejo de seguridad de la ONU. El interés nacional
y su responsabilidad global indican que deberá actuar para
impedir la proliferación nuclear.
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