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MARCO DE LA POLITICA EXTERIOR PERUANA |
Las relaciones del Perú con Estados Unidos
Autor: Óscar Maúrtua de Romaña
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Mientras la política doméstica desarrolla
su propia agenda, la política exterior del Perú conserva
su nivel y sigue su curso en tanto política de Estado. Bajo este
derrotero, podemos señalar que el presente mes fue trascendente
para las relaciones entre el Perú y los Estados Unidos. El 12 y
13 efectuamos una visita de trabajo a Washington DC, atendiendo a una
invitación, anteladamente coordinada con el gobierno norteamericano.
El programa incluyó encuentros con todas las agencias involucradas
en el curso sustantivo de las relaciones peruano-norteamericanas, el que
era indispensable actualizar porque hacía tres años que
un canciller peruano no efectuaba una visita oficial de trabajo a los
Estados Unidos.
La visita estuvo prevista desde meses atrás, pero
su materialización tuvo sin duda factores concurrentes muy positivos.
Coincidió en el tiempo, en primer lugar, con la conclusión
de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio entre los dos países.
Con cercana antelación, además, el Perú había
sido ya elegido Miembro No Permanente del Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas, que es el órgano central responsa-ble de la preservación
de la paz y seguridad mundiales. Un tercer factor que ha concurrido es
obvio: el Perú está haciendo bien sus cosas en lo político,
económico y social, y claramente sobresale en un contexto regional
proclive a la convulsión, la incerteza y la inestabilidad. En efecto,
independientemente de nuestras carencias y fragilidades, los datos del
Perú indican que estamos en lo esencial en el rumbo correcto.
Con base en los tres factores mencionados, hemos ganado
credibilidad y, por consiguiente, el derecho a ser escuchados y respetados
por el principal mercado en el mundo para los productos peruanos, el más
importante país inversionista en términos acumulados, el
mayor aportante de cooperación no reembolsable y el primer emisor
de turistas al Perú.
Los espacios de diálogo y discusión con la
Administración norteamericana son capitales para el Perú
y podrían también serlo para el hemisferio y el proceso
global. Un primer bloque está constituido ciertamente por los valores
comunes que inspiran a las sociedades civilizadas que transitan hacia
el bienestar y la modernidad. Esos valores son la democracia, los derechos
humanos y el imperio del estado de derecho. Algunos interpretan a su manera,
con más utilitarismo que rigor ético, el significado de
estos principios. Pero la razón no se puede inventar y la realidad
no se puede esconder con discursos o slogans. La derivación natural
y moderna en el mundo de hoy de los aludidos valores es bien sencilla:
no existe libertad política sin libertad económica, y viceversa.
Esto significa apertura e integración nacional e inserción
de calidad al mundo, a cargo de los agentes políticos, económicos
y sociales. Este es el camino que ha optado el Perú, ojalá
que irreversiblemente por el bien de nuestro pueblo. El Perú y
los Estados Unidos tienen una importante coincidencia en torno a estos
valores.
El segundo conjunto viene determinado por la agenda específica
y permanente que hace a la marcha de los vínculos de todo orden
en las relaciones peruano-estadounidenses. En ese espectro se dan visiones
concordantes pero también con matices discrepantes y una casuística
donde debemos potenciar lo positivo y continuar conversando sobre lo que
falta resolver. Estamos juntos en la lucha frontal preventiva y efectiva
contra el terrorismo en todas sus formas, venga de donde venga. Debemos
ser más solidarios aún en el combate al renacido narcoterrorismo,
que demanda crecientemente un diseño de Estado contundente y de
largo alcance con la colaboración comprometida de los Estados Unidos.
La lucha contra el crimen organizado y la corrupción son igualmente
áreas de cooperación y entendimiento que es necesario trabajar
incansablemente para evitar que la institucionalidad y gobernabilidad
democráticas sean erosionadas y consecuentemente amenazadas.
Hemos percibido que el gobierno de Estados Unidos tiene
muy clara la posición del Perú en el escenario regional
y que reconoce en nuestro país una evolución favorable,
constructiva, con vocación integracionista y catalizadora de la
paz y armonía intracontinentales.
En las reuniones de trabajo con los máximos interlocutores
de la Administración norteamericana quedó ello explicitado;
y, sin absoluta merma de su autonomía, que el Perú no es
un factor de perturbación o de disociación en ningún
ámbito de América Latina y el Caribe.
Está pues expedito el terreno para que las relaciones entre el
Perú y los Estados Unidos no solamente sean maduras y estables.
La apertura económica recíproca sobre bases jurídicas
permanentes, la consulta política constante y el tratamiento justo
y responsable de cuestiones sensibles que conciernen a nuestra estabilidad
y a la seguridad hemisférica facilitarán que nuestros vínculos
sean también puntualmente estratégicos y con visión
de futuro. La diplomacia peruana continuará trabajando en esa dirección.
Publicado en La República
25 de diciembre 2005
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