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EDITORIAL
Multilateralismo: una etapa de transición
Alejandro Deustua
28 de diciembre de 2005
La falta de resultados concretos y el predominio de compromisos
menores en el ámbito de la cumbre que precedió a la
Asamblea General de la ONU (setiembre) y en la reciente reunión
ministerial de la OMC (la Ronda Doha en Hong Kong) podrían
configurar hoy una situación de crisis del sistema multilteral.
Si ello no ocurre es porque decisiones cruciales en ambos foros
han sido pospuestas para el 2006 abriendo una etapa de transición
en el sistema.
Si, en el caso de la OMC, esas decisiones no son adoptadas en
abril próximo (fecha establecida para un nuevo encuentro)
el único régimen global creado colectivamente en la
post Guerra Fría podría dañar seriamente las
reglas y procedimientos del organismo y poner en cuestión
sus principios y normas. Si bien nadie espera desafiliaciones (más
bien se esperan nuevan incorporaciones, como en el caso de Rusia),
la credibilidad de la OMC entre las potencias menores podría
verse afectada por una sencilla razón: si bien la ronda Doha
ha sido definida como “la ronda del desarrollo”, el
“desarrollo” no está siendo servido debido a
la morosidad en la adopción de nuevas reglas que favorezcan
el comercio de los países que aspiran a ese status de bienestar.
En efecto, si bien las 149 delegaciones que concurrieron a Hong
Kong lograron salvar la ronda Doha del estancamiento y progresaron
en el trato de su agenda según el Director General de la
OMC, Pascal Lamy, lo cierto es que el avance ha sido incipiente
y lo concertado está sometido aún a una serie de imponderables
derivados de la ambigüedad y selectividad de los compromisos.
El ejemplo más notorio de lo primero es el acuerdo general
logrado para abolir los subsidios a las exportaciones agrícolas
hacia el 2013. En tanto no se conocen las especificidades del acuerdo
y la oferta de eliminar esos subsidios había sido hecha con
anterioridad por los potencia mayores en función de entendimientos
concretos entre ellas y de compromisos de apertura de mercados de
los países en desarrollo, resta ver si estas condicionalidades
se mantienen.
De otro lado, la selectividad de los acuerdos –que atenta
contra la naturaleza multilateral del régimen- se muestra
en el ánimo de las potencias mayores de favorecer a los países
de menor desarrollo relativo (el acuerdo de libre acceso a los mercados
de 32 de ellos y los acuerdos de liberación de los obstáculos
al comercio a los productores menores de algodón son los
ejemplos más claros).
En esto coincidimos con The Economist. Pero agregamos un hecho crítico:
los países considerados de mediano desarrollo están
siendo postergados como lo siguien siendo los países que
no son grandes exportadores de bienes agrícolas (como el
Perú) en un escenario donde la eliminación de los
subsidios a la producción y exportación de bienes
de este sector es considerado clave para el buen desarrollo de la
“ronda”. Al respecto debe subrayarse que en Hong Kong
no parecen haberse adoptado acuerdos claros sobre eliminación
de las “ayudas internas” (o subsidios a la producción
de esos bienes) que distorsionan el comercio ni mucho menos sobre
el fundamental tema de la reducción de aranceles.
De allí que, cuando se retomen las negociaciones el próximo
año, temas como la reducción sustancial de la Política
Agrícola Común europea o del sistema de ayudas internas
norteamericano y japonés, serán especialmente sensibles
y complicados. Entonces el trato especial y diferenciado a los países
que ganan menos tendrá que negociarse mejor cuando se deba
adoptar decisiones sobre el resto de la agenda: acceso al mercado
de manufacturas y servicios, entre otros. De no progresarse en esta
materia, el sistema multilateral de comercio puede verse superado
por una nueva ola de acuerdos bilaterales cuya complejidad puede
terminar restando libertad al flujo de bienes y servicios.
En lo que se refiere a la ONU –el eje del sistema multilateral-,
los inconvenientes encontrados para la reforma del Consejo de Seguridad
anuncian que el desarrollo del mecanismo de seguridad colectiva
global no es ni será, en el corto plazo, todo lo fluido que
debiera. En tanto este tema probablemente no prosperará,
la buena marcha del organismo deberá medirse por el éxito
de las decisiones que se adopten en el cumplimiento de los Objetivos
del Milenio (el campo del desarrollo y de la pobreza) y en la implementación
de nuevos instrumentos de seguridad (el fortalecimiento institucional
de las operaciones de mantenimiento de la paz, la lucha colectiva
contra el terrorismo bajo parámetros comúnmente establecidos,
la redefinición del principio de no intervención en
situaciones graves en las que los Estado no puedan proteger a sus
ciudadanos, la prevención en casos de uso inminente de armas
de destrucción masiva).
Sin embargo, las posibilidades de que se avance intensamente en
esta materia estarán limitadas no sólo por fuerzas
sistémicas encontradas sino por un acontecimiento político:
la elección del próximo Secretario General de la ONU
en el 2006. Aunque Estados Unidos parece tener ya un candidato (la
Presidente de Letonia, Vaira Virke- Freiberga) los demás
miembros no se han pronunciado. La contienda será intensa.
Pero si ésta hace imposible el consenso, las nuevas tendencias
del poder global habrán restado al sistema multilateral varios
grados adicionales de eficiencia.
En un contexto de interdependencia creciente el multlateralismo
ciertamente perdurará. Pero en tanto el orden internacional
esté en transición su influencia no estará
aún a la altura de los requerimientos de gobernabilidad global
que muchos esperan. El Perú, como miembro no permanente del
Consejo de Seguridad, tendrá que lidiar con estos problemas.
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