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EDITORIAL
Irán y los nuevos líderes irredentistas
Alejandro Deustua
18 de noviembre de 2005
Las bárbaras declaraciones del presidente de Irán,
Mahmoud Ahmadinejad, que califican al gobierno de Israel como “un
régimen de ocupación” que debe ser “borrrado
del mapa”, pertenecen a una especial categoría retórica
de una nueva camada de líderes informales, étnico-religiosos
o populistas cuyo desintermediado acceso al poder anuncia serísimos
peligros para las ciudadanías que gobiernan, sus vecinos
y el mundo.
Aunque no se pueda generalizar sobre ellos en tanto se ubican
en un amplísimo horizonte nacional y temático –Chávez
en Venezuela y su apocalítico antimperialismo, Morales en
Bolivia y su recalcitrante racismo, Le Pen en Francia y su nacionalismo
xenófobo-, sí es posible agruparlos según un
cierto patrón de comportamiento: todos son irredentistas
en tanto emergen contra una particular percepción de opresión
o abuso y todos se declaran dispuestos a emplear la violencia de
manera más o menos catastrófica.
En una era de nuevas amenazas letales en la que las instancias
intermedias de seguridad se han debilitado a la par que el acceso
al poder se ha faciltado enormemente al desestructurase, estos líderes
constituyen una categoría emergente que debe ser seriamente
estudiada y políticamente neutralizada. Lo que no cabe al
respecto es la inercia o tratar de explicarlos para procurar una
interacción menos contenciosa desprovista de mayor vocación
defensiva.
Por ello discrepamos de las explicaciones de la excelente The Economist
(TE, 3/XI05) sobre la inexperiencia del presidente iraní,
las ambiguedades de su entorno y la menor trascendencia de un discurso
formal ante una audiencia que no esperaba otra cosa que la encarnación
verbal del Ayatolah Kohemeini. Es verdad que Irán es una
democracia sui generis, que trató con Israel y Estados Unidos
para combatir a Irak, que su población no se adhiere al movimiento
panárabe (porque no es árabe) y que su predecesor,
el presdiente Khatami fue un reformista moderado dentro de las circunstancias.
Pero, como la misma revista informa, el gobierno iraní presenta
dos graves aristas: apoya a los movimientos terroristas palestinos
con diferentes intensidades y matices (el Hamas, la Jihad y el Hizbollah)
y se opone aún a la inspección necesaria de la Agencia
Internacional de Energía Atómica para corroborar que
la tecnología nuclear iraní no está orientada
a desarrollar el arma nuclear ni a producir combustible a estos
efectos.
Si objetivamente Irán apoya a movimientos terroristas y no
desea aclarar que no devendrá en potencia nuclear hostil,
entonces las apocalípticas declaraciones de su presidente
constituyen una amenaza flagrante y, por tanto, son inaceptables
para la comunidad internacional. Y si ésta ha desarrollado
a lo largo de décadas un mecanismo de seguridad colectiva
para lidiar con esta peligrosa fenomenología, entoces es
deber del Consejo de Seguridad tratar el caso y el Secretario General
de la ONU debe plantearlo donde corresponde.
Sin embargo, la complejidad propia del Medio Oriente –cuyos
conflictos siguen constituyendo un chantaje a la humanidad- impide
que las potencias occidentales que negocian con Irán –Alemania,
Francia y el Reino Unido, más predispuestos al uso de la
influencia que al empleo de la fuerza-, aún no proceden a
extraer el caso iraní del ámbito de la AIEA para llevarlo
formalmente al seno de la ONU por temor a encrespar aún más
al radical y “ortodoxo” gobierno del señor Ahmadinejad.
Ello ocurre con la anuencia norteamericana en tanto Estados Unidos
tampoco desea complicar más la difícil situación
político-militar en Irak.
Por lo demás, la ineficacia mostrada por la ONU para establecer
la realidad del programa nuclear y de armas químicas iraquí
anterior al conflicto del 2003 –un facor contribuyente a las
distorsiones de la inteligencia norteamericana y europea en la materia-
complica aún más la capacidad de ese fuero para lidiar
eficazmente con el nuevo problema.
Pero ello no quiere decir que éste no exista o que deba ser
tolerado. Así lo han comprendido Estados “alejados”
físicamente del conflicto como el Perú que, por fin,
se pronuncian con claridad: el desafío iraní es inaceptable.
Esta declaración es, sin embargo, sólo un paso adelante
que debe ser seguido por otros hasta lograr que Irán deje
de ser un agente proliferador de terrorismo y una potencial amenaza
nuclear.
Por ello, si el Consejo de Seguridad no puede pronunciarse sobre
el caso –cuestión que puede variar coincidiendo con
la incorporación del Perú al Consejo en el 2006-,
países como los nuestros que han establecidos mecanismos
de cooperación regional con los países árabes,
deben plantear el problema por lo menos en ese foro para contribuir
a desescalar la crisis. Este deber diplomático debe realizarse
inclusive a costa de la oposición de algunos países
árabes y de la que, predeciblemente, provendrá de
Venezuela.
La oportunidad deberá ser aprovechada adicionalmente para
llamar la atención del presidente Chávez sobre el
rol desestabilizador que desempeña dentro de los foros regionales
a los que su país pertenece. En ese momento también
deberán ratificarse las condiciones de pertenecia a tales
foros de acuerdo a los principios ya establecidos en ellos antes
que en función de la predisposición beligerante y
disfuncional de líderes que, aprovechando el descontento
popular, llegan al poder sin más intermediación que
la amenaza callejera vulnerando la cohesividad de una comunidad
internacional que aspira a la estabilidad y al progreso y que requiere,
a estos efectos, contar con todos sus miembros antes que “borrarlos
del mapa” como desea el presidente iraní.
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