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EDITORIAL
Fujimori en Chile
Alejandro Deustua
7 de noviembre de 2005
Alberto Fujmori y quienes lo ayudan o asesoran no podían
haber elegido mejor momento para perjudicar al Perú en el
manejo de un tema sensible –una controversia sobre delimitación
marítima- con un vecino complejo –Chile- en un proceso
bilateral inestable –el tránsito del conflicto a la
cooperación intensamente propenso a impasses y crisis-.
Pero ello no es necesariamente así en la perspectiva de Fujimori
precisamente porque esta coyuntura excepcional para ambos países
es percibida por él como beneficiosa. De ello se concluye
que su interés personal es absolutamente contradictorio con
el interés nacional.
He allí una demostración de la oscuridad del personaje.
Y también uno de los fundamentos que permiten explicar su
fácil predisposición a someterse a la soberanía
de una potencia extranjera involucrando –como ocurrió
en su momento- el cargo de la Presidencia de la República.
Si en la legislación penal este hecho se define como traición
a la Patria y Fujimori no parece percatarse del hecho, ello también
explica su predisposición para incurrir en el delito ordinario
sin que ello le importe demasiado.
De allí que tampoco le sea complicado transladar el escenario
antiperuano que él creó en el Japón a Chile
e intente convertir a un Estado de particular connotación
histórica y estratégica como nuestro vecino en el
equivalente desafiante de la gran pontenca asiática.
Al hacerlo, Fujimori ha generado una de las peores crisis que caracterizan
al difícil proceso de aproximación peruano-chileno.
Y al hacerlo ha incrementado la inestabilidad preexistente y agregado
cimientos a las posibilidades de que ésta evolucione hacia
una etapa de conflicto diplomático contraria a la realización
de intereses primarios que al Perú le interesa plantear ahora.
De plantearse este escenario, éste atestiguará la
erosión de la eficacia de la política exterior peruana.
En efecto, en relación a Chile ésta tenderá
a debilitarse en tanto deberá desconcentrar su atención
en varios frentes no previstos en el trato con el vecino. En ese
proceso no sólo no se pueden percibir hoy beneficios claros
sino que los perjuicios ya están a la vista: la pérdida
de cohesión nacional en el trato del problema delimitatorio
(a lo que contribuye la falta de consenso necesario para la aprobación
de la Convención del Mar) y la incorporación de elementos
subjetivos irracionales –“el fujimorismo activo”-
a la problemática internacional del Perú.
En tanto esta fenomenología proyecta una imagen de debilidad
nacional en el vecino, éste verá fortalecida su posición
en el trato de los contenciosos con el Perú. Pero lo hará
con un agregado aún más perjudicial todavía:
si, desde Santiago, Fujimori podrá influir en el proceso
electoral peruano, es evidente que quien cumple el rol de definir
su destino jurídico –el gobierno de Chile- sentirá
que puede también pretender cambiar el curso electoral en
el Perú. Fujimori, por tanto, se ha convertido voluntariamente
en un instrumento de poder del vecino o ha buscado serlo.
Esta situación -que ubica a su autor entre la provocación
al Estado que alguna vez representó y la traición
abierta- no se traduce, sin embargo, en ventajas automáticas
para Chile si a nuestro vecino le interesa la buena relación
con el Perú. En tanto la fricción –que es ahora
también social- puede crear obstáculos mayores a los
legítimos intereses chilenos en el Perú, ésta
será directamente proporcional a lo que el vecino percibe
erróneamente como “antichilenismo” al tiempo
que conflictos previamene inexistentes –como los interinstitucionales
p.e. entre los respectivos fueros jurisdiccionales- pueden emerger.
Si ello va acompañado de la percepción peruana de
que entidades chilenas cobijan deliberadamente a Fujimori, la desconfianza
mutua erosionará lo difícilmente ganado en ese terreno.
Si ello ocurre, la tarea de las instituciones bilaterales –como
las que organizan a las altas autoridades políticas y de
defensa- habrán reducido su campo de acción. Revertir
esa tendencia siempre será más costoso (como costoso
será poner en evidencia el mecanismo que ampara financiera
y políticamente a Fujimori desde fuera).
De otro lado, las pérdidas institucionales para el Perú
ya están a la vista: la ineficacia de la política
peruana en el trato del casoFujimori frente a Japón ciertamente
es un revés para la Cancillería. Éste es aún
mayor si se tiene en cuenta la absoluta falta de información
de nuestra misión diplomática en Tokyo (que desconocía
el viaje) y su nula predisposicón a aplicar la ley internacional
y la peruana dentro de territorio nacional: el Consulado del Perú
en la capital japonesa, disponiendo de la orden de captura de Interpol,
fue incapaz de tomar medida coercitiva alguna.
En tanto el Perú no tiene control del caso, ahora sólo
le resta seguir actuando judicialmente (esta vez ante el fuero chileno).
Si éste produce una extradición “rápida”,
se habrán minimizado los daños. En cambio si la decisión
se prolonga excesivamente en el tiempo, el ambiente de incertidumbre
en la relación bilateral puede agravarse. Y si se niega la
extradición, un nuevo frente de conflicto se habrá
abierto entre Perú y Chile. Entonces, el interés personal
de Fujimori se habrá nuevamente impuesto sobre el interés
ncional peruano. Esto sencillamente no puede ocurrir.
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