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EDITORIAL
Estados Unidos: sistemas de señales cruzados
Alejandro Deustua
28 de octubre de 2005
Estados Unidos no es sólo una superpotencia que se expresa
ejerciendo activamente el poder. Entre otras atribuciones propias
de su status está la de constituir el “gran señalizador”
en materia económica y de seguridad.
En efecto, del comportamiento y la opinión norteamericanas
canalizadas a través de sus principales instituciones dependen,
en buena parte, las decisiones públicas y privadas de las
entidades extranjeras vinculadas a esas áreas. De allí
que, pe., el rol del presidente del Federal Reserve supere al del
combate de la inflación o del establecimiento de las tasas
básicas de interés de la principal economía
del mundo. Y también que la conducta de las instituciones
de seguridad nacional norteamericanas sea responsable de un ámbito
de acción que supera la adopción de medidas de defensa
de la primera potencia.
En el caso del FED, la importancia de conducir el banco central
norteamericano ciertamente lleva consigo la responsabilidad de conducir
la política monetaria que tiene en el dólar la principal
moneda de referencia global y el principal activo de reserva de
buena parte de los bancos centrales del mundo. Pero ese rol va más
allá en tanto que por los pronunciamientos del FED, y de
su presidente, los agentes públicos y privados de los mercados
toman decisiones que se reflejan en transacciones financieras y
comerciales de miles de millones de dólares diarios, en el
comportamiento de ciertos precios fundamentales (desde el asignado
al dinero hasta al petróleo), en la conducción cotidiana
y de largo plazo de las economías nacionales y en la gestión
de las grandes empresas.
Por lo demás, la extensa duración en el cargo de
esta autoridad convierte a su titular en evidente hombre de Estado
que no sólo trasciende el ciclo político de los períodos
gubernamentales en su país sino que deviene en verdadero
“gurú” cuya palabra es o reverenciada o respetada,
pocas veces ignorada y nunca despreciada. Ello ocurre en épocas
de estabilidad y de expansión cuando los agentes del mercado
rinden pleitecía al “señor del FED”, y
también en etapas de crisis y contraccción cuando
esos mismos agentes observan al “gran señalizador”
antes de actuar en cuestiones no pocas veces relevantes a la sobrevivencia
económica.
De allí que, además de las credenciales académicas
y políticas de esta autoridad, la credibilidad sea la principal.
En efecto, si las acciones del FED devinieran en pocos creíbles,
las tendencias anárquicas se apoderarían de los mercados
y dejarían escaso margen a los bancos centrales del G7 o
a las acciones del FMI que se verían en gravísimas
dificultades para actuar. Este sigue siendo el caso a pesar de la
pérdida de peso relativo de la economía norteamericana
en la economía global, de los graves desequilibrios que generan
los “déficits gemelos “ (el fiscal y el de cuenta
corriente) y del hecho que Estados Unidos haya devenido en el primer
deudor mundial.
De allí que el señor Alan Greenspan se aleje hoy después
de 18 años (asumió en 1987) en olor de santidad a
pesar de que su hoja de ruta muestre una complicada travesía
por crisis mayúsculas como el crash de fines de los 80, la
recesión del cambio de siglo y las crisis financieras en
los países emergentes de la segunda mitad de los 90. Ello
ocurrre porque pesa más en la percepción pública
la superación de esos graves problemas y los ciclos expansivos
del gobierno de Clinton y del último Bush.
Su sucesor, el señor Ben Bernanke, profesor de Princeton
y economista principal del Consejo de Asesores Económico
de la Casa Blanca, ciertamente tiene las credenciales para el cargo
y ha sido escogido de acuerdo al consenso político y económico
(aunque aún tiene que ser aprobado por el Congreso). Pero
todavía debe consolidar su credibilidad en el puesto confrontando
los problemas de los desequilibrios internos y externos de la economía
norteamericana, presiones inflacionarias y los riesgos de una burbuja
peligrosísima –la del mercado inmobiliario- que puede
reventar en cualquier momento. Para ello el señor Bernanke
cuenta con la confianza inicial de su entorno.
Pero mientras el puesto del “gran señalizador”
financiero se arraiga a la sombra de un antecesor aplaudido, no
ocurre lo mismo con el mecanismo señalizador de las instituciones
de seguridad norteamericanas. A pesar de que el proceso político
en Irak ha mejorado en un contexto intensamente violento, la pérdida
de credibilidad sufrida por el desmanejo de la presentación
pública del caso para ir a la guerra no sólo no se
ha recuperado, sino que ahora se agrava con otro escándalo
que vuelve a confrontar al Ejecutivo con los servicios de inteligencia
de la primera potencia.
Si el establishment de seguridad norteamericano concurrió
a la ONU para explicar la necesidad de recurrir al uso de la fuerza
sobre la base de una información que se mostró incierta
–o falsa-, hoy la Vicepresidencia está en cuestión
luego de que un asesor principal de esa alta instancia gubernamental
fuera implicado en otro caso que involucra a la CIA (aunque esta
vez esa organización es la víctima). Si cuando los
que decidieron apoyar a Estados Unidos en el 2003 se sintieron engañados
(aunque no abandonaran el campo ni el apoyo político) y reclamaron
explicaciones y fundamentales cambios de actitud, hoy su reclamo
no sólo no parece satisfecho sino que el entorno que lo motivó
parece aún más descompuesto. Esto no puede ser permitido
ni por el gobierno norteamericano ni por sus aliados o socios.
Al revés de lo que ocurre con el “gran señalizador”
financiero que debe reemplazar a quien prodigó confianza
durante 18 años, el establishment de seguridad norteamericano
debe empeñarse en una tarea de limpieza general que restablezca
la credibilidad que debe tener una superpotencia que no puede depender
sólo del uso activo de su poder para desempeñar su
rol en el concierto internacional.
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