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EDITORIAL
La lucha contra la corrupción y el “fuego
amigo”
Alejandro Deustua
21 de octubre de 2005
El Perú es un país seriamente impactado por la corrupción
local y global. No sabemos si la intensidad de este embate es mayor
o menor que la media de los países en desarrollo. Lo que
sí sabemos es que el Perú no está peor en este
lamentable escenario que durante el gobierno de Alberto Fujimori.
Y sin embargo el último informe sobre corrupción global
de Transparencia Internacional (1) ubica al Perú en el puesto
67 entre 146 países con una calificación de 3.5 sobre
10 decayendo por sétimo año consecutivo.
A pesar de la debilidad institucional del Estado, de la ausencia
de voluntad política suficiente para combatir la inmoralidad
pública y de la morosa aplicación de las normas dictadas
en los últimos años para llevar a cabo ese empeño,
hoy en el Perú la prensa investiga sin coacción, existe
un marco legal y una procuraduría ad hoc ausente hasta el
cambio de siglo, el Estado (aunque a duras penas) se reforma o pretende
hacerlo, el gasto público es mejor revisado y los políticos
son sometidos a mayor escrutinio público.
Es verdad que el rigor de la ley se aplica parcial y selectivamente,
que el Poder Judicial –salvo excepciones- aún impide
que el Estado de Derecho rija plenamente en el país, que
la tendencia a la impunidad es alta, que la práctica del
soborno no es una excepción, que el narcotráfico está
lejos de ser derrotado (y más bien se afianza en ciertos
gobiernos regionales) y que el contrabando sigue perforando el erario
nacional en cifras que giran en torno US$ 600 y US$ 1000 millones
anuales.
Pero hoy en Palacio de Gobierno no hay un cleptócrata,
ni la Fuerza Armada compra armamento inservible en beneficio de
terceros, ni el sistema de inteligencia nacional chantajea al ciudadano,
ni los jueces son controlados por el Poder Ejecutivo, ni los delitos
que pudieran cometer ciertos legisladores pasan inadvertidos (aunque
a veces queden impunes), ni las compras estatales son reservadas
y la rendición de cuentas es pluralmente requerida.
Por lo demás, aunque la democracia vigente en el Perú
sea imperfecta, ésta permite una transparencia tenue pero
superior al oscurantismo de un gobierno autocrático. Ciertamente
el Perú está mejor en este lamentable aspecto que
durante Fujimori.
Pero Transparencia Internacional no opina lo mismo. Es probable,
por tanto, que nos encontremos frente a un problema de distorsión
perceptiva en ciertos evaluadores. En efecto, en el capítulo
que el Reporte dedica al Perú, Transparencia reconoce que
durante el 2003 y el 2004 se promulgó una ley general contra
la corrupción, se estableció el control del financiamiento
de los partidos políticos, se constituyó una institución
encargada de promover la reforma judicial (el CERIAJUS), entre otras
medidas.
Al respecto se arguye, con acierto, que sin embargo falta una
adecuada estrategia, aplicación de la ley, voluntad política
para hacer consistente el esfuerzo público en la materia
y mayor participación de la sociedad civil en el mismo. El
escenario más evidente de estas carencias se concentra, según
el Reporte, en el proceso de descentralización en tanto éste
“descentraliza la corrupción” (8 de los 25 presidentes
regionales son sospechosos o están acusados de prácticas
corruptas).
Salvo en la última especificación, el Reporte evalúa,
de manera bastante matizada el diagnóstico y, en esta perspectiva,
critica. Pero, en claro contraste con la calidad de ese ejercicio,
el Reporte también califica: el Perú es corrupto,
digamos,en 65% (es decir, obtiene la referida calificación
de 3.5 puntos sobre 10). Esta inconsecuencia es acompañada
de otra más grave: el Reporte no da cuenta de gravísimos
problemas de corrupción como los patrocinados por el narcotráfico,
ni de la inconsistencia estatal mostrada en el proceso anticorrupción
por excelencia: la frustrada solicitud de extradición del
Alberto Fujomori.
De otro lado, el Reporte incurre en innecesarias incongruencias
orgánicas en tanto no concuerda la evaluación del
país con el punto de vista general del documento: el énfasis
en el sector construcción como el más proclive a prácticas
corruptas, como el soborno, en el que incurren las élites
públicas y privadas (Eigen).
Y si estas inconsistencias son alarmantes en tanto el reporte arroja
un resultado por país que, por la importancia de la fuente,
será considerado como un importante indicador para la adopción
de decisiones económicas y políticas por propios y
extraños, la ligereza con que su prologuista, Francis Fukuyama,
enuncia su vertiente ideológica, es casi escalofrianante.
En efecto el autor del Fin de la Historia, da a entender que la
preocupación por la corrupción pública es hoy
día mayor –o más justificable- en tanto responde
a un mayor perfil del Estado (especialmente en los países
en desarrollo) en relación al existente durante las épocas
de su virtual marginación (la etapa zenital de la reformismo
liberal patrocinado por el Presidente Reagan y la Primer Ministro
Thatcher). Que el señor Fukuyama dé cuenta de una
especie de ciclo ideológico post-Guerra Fría según
el cual ciertas conductas gubernamentales vinculadas a la aplicación
de la ley se justifican en la década pasada pero no en ésta
de acuerdo a matices ideológicos predominantes es, por la
inconsistencia que muestra, objeto de la mayor preocupación.
Pero que esa propuesta pueda implicar que la corrupción
era un fenómeno menos importante bajo condiciones de preeminencia
política del sector privado que en épocas actuales
en que el la atención se vuelve a concentrar en el sector
público (el Estado), es de un oportunismo inadmisible. Y
no sólo por la triviliación del problema de la corrupción
que esa implicancia acarrea sino por lo que indirectamente justifica:
los ciudadanos pueden ser gobernados con mayor o menor rigor ético
dependiendo de la moda ideológica imperante en épocas
que apenas se distancian entre sí por unos pocos años.
He aquí problemas perceptivos y de conceptualización
de la mayor trascendencia que deben ser resueltos por reportes como
el que se comenta. El problema de la corrupción es tan grave
en el mundo “global” que su evaluación merece
un trato más riguroso. Especialmente cuando el juicio moral
que implica va acompañado de la evaluación general
de los Estados concernidos y de las correspondientes señales
económicas y políticas que afectarán decisiones
que les compete.
En consecuencia, para luchar mejor contra la corrupción los
Estados y sus evaluadores deben establecer mecanismos y códigos
de comunicación más eficientes. De no hacerlo, el
problema del “friendly fire” para los Estados que intentan
reformarse puede ser letal para librar esa contienda.
(1) Reporte Global sobre Corrupción 2005
Transparencia Internacional
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