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EDITORIAL
Un referendum crucial
Alejandro Deustua
14 de octubre de 2005
Bajo condiciones de inestabilidad, de hostilidad terrorista y
de amplia oposición política externa, este 15 de octubre
se celebra en Irak el referendum sobre una Constitución que
debe brindar a ese Estado una organización democrática
amparada por la comunidad internacional. De ser aprobada ésta,
ese extraordinario acontecimiento debe conducir al fortalecimiento
de la soberanía iraquí mediante la elección
de un parlamento el próximo diciembre.
En juego no sólo está la viabilidad de Irak como
Estado (en este caso, federal) cuya calidad jurídica podrá
ser perfeccionada más tarde (especialmente mediante mayor
participación de la minoría suní), sino el
establecimiento de un nuevo orden en el Medio Oriente. Al amparo
de la ONU –y en el medio del hostigamiento terrorista, que
debe diferenciarse de un movimiento de resistencia- , éste
va adquiriendo progresivamente un sesgo liberal que revolucionará,
para bien, la zona más conflictiva del mundo.
En efecto, el proceso iraquí se suma a las primeras elecciones
pluripartidarias llevadas a cabo en Egipto, al complicadísimo
pero reconocible avance democráctico en Afganistán
y a las nuevas posibilidades de progreso del proceso de paz palestino-
israelí luego de la devolución de Gaza y de la celebración
en ella de elecciones locales.
Las fuerzas que hostigan esta incipiente y compleja articulación
liberal en el corazón del Medio Oriente son inmensas. Ciertamente
éstas pueden hacer fracasar el proceso electoral iraquí.
Pero difícilmente lo harán al punto de obligar al
retiro de las fuerzas de la coalición transnacional establecidas
bajo el amparo de la ONU y lideradas por Estados Unidos.
Sin embargo, luego del desastroso manejo político de la iniciativa
bélica contra Hussein –que incluyó extraordinarios
errores decisorios y de percepción o, alternativamente, montaje
desinformador pocas veces visto-, de la ineficiente estrategia militar
de estableciento del orden y del moroso proceso de reconstrucción
iraquí, un creciente frente opositor a la permanencia de
la fuerza militar en Irak se ha consolidado dentro y fuera de Estados
Unidos y sus aliados.
El más articulado exponente interno de esa corriente es hoy
el talentoso señor Brzezinski que propone una retirada rápida
teniendo en cuenta el deterioro de la posición global de
los Estados Unidos a propósito de un conflicto que, a su
juicio, siempre tuvo -y debió seguir teniendo- un carácter
regional. Brzezinski sostiene que la conjunción del pésima
articulación diplomática, económica y militar
de la superpotencia con un emergente antinorteamericanismo de amplio
espectro puede conducir al aislamiento geopolítico de la
primer potencia y a un consecuente desorden global . Por ello plantea
un nuevo consenso bipartidista para articular una política
exterior norteamericana que redefina los términos del éxito
en Irak y contribuya a una retirada eficaz.
Estamos de acuerdo con Brzezinski en que la estrategia militar norteamericana
para ganar la guerra y establecer la paz ha sido inconsistente y
poco eficaz (especialmente después del abandono de la doctrina
militar de fuerza abrumadora invocada por el General Powell durante
la primera guerra del Golfo en 1991). La precariedad del despliegue,
la imprevisión del escenario emergente, la incapacidad de
establecer el orden de ocupación, la fragilidad de la política
de reconstrucción y el mal uso del poder en otros escenarios
(Guantánamo) son evidentes. Como también lo es el
costo económico y de prestigio que ello acarrea a la primera
potencia.
Pero en lo que el señor Brezinski se equivoca es en la propuesta
de un apurado retiro aliado sin haber asegurado el objetivo estratégico
( la organización de un Estado viable en Irak), en insistir
en la exclusiva responabilidad norteamericana (inhibiendo, por tanto,
el concurso de más aliados) y, especialmente, en omitir toda
referencia a las señales de progreso en la zona. Si, a pesar
de sus sangrientas diferencias, los iraquíes aprueban la
Constitución -o lo hacen luego- y establecen un consenso
básico para el establecimiento de un orden democrático
(aunque fuera imperfecto) que estimule la organización de
una economía de mercado en ese país, el resultado
será un éxito mayúsculo en un Estado cuya única
virtud contemporánea fue, hasta ahora, la de haber logrado
estabilidad interna brindada por un dictador genocida que procuró
sistémáticamente la hostilidad externa y que confundió
balance de poder con intención de hegemonía regional.
A pesar de todas sus imperfecciones y cuestionamientos el esfuerzo
militar en Irak debe tener éxito. Y en tanto éste
se define ahora por el establecimiento de un constitucional orden
democrático y su proyección liberal al Medio Oriente,
ese proceso debe ser apoyado. Quienes lo hagan no son subordinados
de Estados Unidos –como insinúa el señor Brzezinski-
sino aliados responsables que valoran la capacidad occidental de
proyectar los beneficios de su estabilidad a zonas que generan,
de manera sistemática y perversa, desequilibrio y hostilidad
globales.
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