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EDITORIAL
BM y FMI: avances y contradiciones en el trato del desarrollo
Alejandro Deustua
26 de setiembre de 2005
Luego de que la CEPAL redefiniera su aproximación estructuralista
al estudio de la economía latinoamericana, su adaptación
a las realidades de la reforma liberal se realizó añadiendo
al requerimiento del crecimiento la necesidad de la equidad. Según
ese organismo, esa dimensión normativa de la perfomance económica
debía contribuir, mediante una mejor redistribición
de beneficios, a consolidar tendencias expansivas fundamentales
para cimentar adecuadaemente el mercado latinoamericano. Después
de mucho bregar, sin embargo, el término equidad aún
no ha logrado ser incorporado al planteamiento oficial de nuestras
políticas económicas.
Ello podría empezar a cambiar luego de que el último
informe sobre el desarrollo del Banco Mundial adoptara, con vocación
operativa, esa guía de política. Según el reporte,
las fallas del mercado, especialmente las que permiten el mayor
disfrute de sus beneficios por los que más tienen, deberían
motivar políticas orientadas a generar igualdad de oportunidades.
En esa perspectiva, la justicia redistributiva no consiste en quitar
a unos para dar a otros (función más propia de la
generación de igualdad) sino en equipar las condiciones operativas
de los agentes en el mercado. Según The Economist, sin embargo,
el sesgo meritocrático de esa definición que respalda
el esfuerzo de los más talentosos y esforzados sobre los
mayor dotados no es eficiente ni eficaz en tanto los mercados y
las instituciones que los gobiernan no pueden sustarerse a la influencia
predominante de estos últimos.
Esta discusión, que refleja la contienda entre el poder
de ciertos actores y entidades económicas y la disposición
a limitarlo en función del beneficio público, parece
haber sido de momento resuelta por la agenda de prioridades del
nuevo presidente del Banco Mundial, el señor Paul Wolfowitz,
dándole la razón a la revista británica.
En efecto, en lugar de plantear políticas que acorten las
extraordinarias distorsiones en la distribución de los beneficios
del mercado en los países en desarrollo, el señor
Wolfowitz ha priorizado la eficacia del asistencialsmo. Así,
el logro de resultados de los programs y proyectos del Banco Mundial
será una condición fundamental para la asignación
de recursos multilaterales en la lucha contra la pobreza y la corrupción
y para mejorar las condiciones de gobernabilidad, educación,
salud, infarestructura y actividad agrícola de los países
benficiados. Para lograrlo se destrabarán los obstáculos
burocráticos y se descentralizará al personal.
Esta aproximación al asistencialismo eficaz no sólo
no modifica el actual consenso global sobre la aproximación
oficial al desarrollo sino que, además, es coincidente con
la política norteamericana sobre la materia. Al respecto
debe recordarse que, en setiembre del 2002, Estados Unidos dispuso
que centralizaría su disposición de ayuda económica
en aquellos países que, a su juicio, se ayudan a sí
mismos adoptando políticas sensatas de reforma y apertura.
Salvo para los que desean mejoras cualitativas en la aproximación
al desarrollo, la aplicación de la gestión por resultados
en esta materia no parece tener demasiados oponentes
Como excepción a esa norma, sin embargo, el Banco Mundial
(y el FMI) han aprobado la decisión de los países
del Grupo de los 8, adoptada en Escocia (Gleneagle), de cancelar
la deuda multilateral de los 18 países pobres más
altamente endeudados (HIPCs especialmente africanos) hasta por US$
40 mil millones y considerar la posibilidad de que otros 10 puedan
merecer similar beneficio. Este gran paso en el trato de los obstáculos
al desarrollo generados por exceso de carga financiera parece haber
quedado pendiente aún, sin embargo, de la certeza de que
la Agencia Internacional para el Desarrollo del Banco puede resarcirse
de los recursos pertinentes con nuevas aportaciones (a este respecto
los miembros del G8 sólo se habían comprometido, en
apariencia, a solventar los intereses pero no el principal hasta
antes de la última reunión de gobernadores del Banco
y el Fondo).
Una vez consolidado este compromiso, el Comité de Desarollo
de ambos organismos ha insistido en la necesiad de más asitencialismo
(acercarse a hacer efectiva la referencia del 0.7% del PBI de los
países generadores de AOD, especialmente para el África)
y de más comercio, bajo las reglas actuales. Así ha
quedado establecido con el llamado a mejorar el esfuerzo colectivo
para que la Ronda Doha culmine exitosamente en el 2006 incrementando
el acceso a los mercados de los productos agrícolas de los
países en desarrollo (vía el desmontaje de los subsidios
de los países desarrollados), pero también ampliando
la apertura a la inversión relacionada con el comercio y
a la exportación de servicios y manufacturas.
Asumiendo que los problemas que presenta el desmontaje de los subsidios
agropecuarios pudiera superarse (algo complicado de lograr para
la reunión ministerial de diciembre de la OMC), se puede
advertir que los capítulos restantes serán tanto o
más polémicos que el que ahora condiciona la Ronda.
Por ello hubiera sido fundamental que el Comité de Desarrollo
de los gobernadores del Banco y del Fondo enfatizaran la necesidad
de aplicar con más latitud el trato diferencial a los países
en desarrollo ampliando los términos actuales que sólo
refieren mayores plazos y condiciones para cumplir las mismas obligaciones
que los países desarrollados.
La ausencia de esa medida es otra demostración de la vigencia
del criterio asistencial y de igualdad de trato antes que de oportunidades
que contradice el requerimiento de equidad planteado por funcionarios
del propio Banco Mundial. Esta contradicción debe superarse
si los actores más influyentes de los organismos económicos
multilaterales desean medir la eficacia de los respectivos regímenes
en términos de estabilidad regional y global y no sólo
de perfomance macroecnómica o de reducción de las
peores manifestaciones de la desigualdad.
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