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EDITORIAL
La ONU minimalista
Alejandro Deustua
14 de setiembre de 2005
La cumbre mundial que precede a la instalación de la 60
Asamblea General de la ONU ha sido presentada como una oportunidad
en una generación para producir cambios sustantivos en el
sistema internacional. De acuerdo a esta referencia, la persistente
falta de consenso para producir reformas en el Consejo de Seguridad,
fortalecer los compromisos sobre los objetivos del milenio o acordar
un régimen global para la lucha contra el terrorismo debiera
considerarse un fracaso. Éste es el resultado que muchos
anticipan...salvo que se establezcan otros parámetros para
medir el resultado.
El primero de ellos debiera consistir en reconocer que el régimen
principal del sistema internacional no puede ser cambiado sin que
medie una alteración sustantiva del orden establecido. El
segundo deriva de los largos plazos que la diplomacia multilateral
reclama. La tercera emerge de la realidad presente: el multilateralismo
está en crisis si se considera las grandes complicaciones
de la OMC (la Ronda Doha), la turbiedad del proceso decisorio del
Consejo de Seguridad (la guerra de Irak), la tendencia al bloqueo
y la autoexclusión de los Estados Unidos, la abierta contienda
de intereses entre potencias establecidas y emergentes y la escasa
influencia de las menores.
Este diagnóstico, que no incluye a la Secretaría
General, es poco consuelo sin embargo para explicar la falta de
consenso en la generación colectiva de bienes públicos
y, por tanto, de gobernabilidad.
En un contexto de extendido aunque atenuado crecimiento y de extraordinaria
acumulación de riqueza resulta irracional que la comunidad
internacional no logre asegurar para el 2015 la reducción
de la pobreza extrema en 50%, la disminución sustantiva de
la mortalidad infantil y materna, la educación primaria sin
discriminación, el incremento de la sustentabilidad del medio
ambiente y el incremento de la asistencia y de la apertura comercial
con propósitos de desarrollo (los Objetivos del Milenio).
Y en un escenario ausente de conflicto sistémico, aunque
permeado de nuevos desafíos de seguridad, es francamente
hipócrita el comportamiento de una comunidad que no logra
definir una amenaza manifiesta como el terrorismo organizado, que
baja la guardia frente al asesinato de civiles en operaciones intrusivas
y que excluye de responsabilidad a los movimientos de liberación
nacional que ejercen la violencia como instrumento de amedrentamiento
social. Si la comunidad internacional no logra organizarse frente
a una amenaza clara entonces algunos de sus miembros más
influyentes avalan la amenaza.
Por lo demás, si es cierto que un régimen global
se organiza mejor como resultado de un cambio de sistema, debe recordarse
que el núcleo de ese régimen –el Consejo de
Seguridad- se modificó dos veces en plena Guerra Fría:
en 1963 para ampliar de 6 a 10 los miembros no permanentes y en
1971 para admitir a China en lugar de Taiwan entre los permanentes.
Si hoy la ampliación de los miembros permanentes es más
compleja dada la resistencia de China, Pakistán, Argentina,
Italia o Estados Unidos a la incorporación de Japón,
India, Brasil o Alemania, la ampliación de los miembros no
permanentes en un ambiente multilateral debiera ser posible. Y sin
embargo, no lo es.
En este escenario contencioso, la reforma de la institucionalidad
que cautela los derechos humanos y la creación de una unidad
de reconstrucción de Estados post-conflicto será sólo
un atenuante si la comunidad internacional no se compromete a realizar,
en el largo plazo, la agenda de la actual Asamblea General. El Perú,
que en octubre debiera ser electo al Consejo de Seguridad, tiene
al respecto una gran responsabilidad.
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