|
EDITORIAL
Descentralización, narcotráfico y erosión
de la seguridad nacional
Alejandro Deustua
12 de setiembre de 2005
Los procesos de descentralización y el cultivo de coca
han encontrado un nefasto vínculo: el progresivo cuestionamiento
regional de la autoridad del Estado y del gobierno central como
única fuente para legislar en materia de seguridad y la relajación
del consenso nacional sobre la lucha contra el narcotráfico.
Esta peligrosa tendencia se expresa en el campo mediante la creciente
disposición de las autoridades regionales a “legalizar”
los cultivos de coca y en la creciente movilización y organización
de productores ilegales de esa planta.
Y, en la ciudad, además del incremento del consumo de drogas,
la tendencia se manifiesta en la predisposición a amparar
la usurpación legisladora regional por algunos políticos
(que incluyen a miembros notorios del Ejecutivo, a sus aliados y
hasta a jefes de partidos), a operadores académicos que respaldan
movilizaciones cocaleras (que, de paso, intentan nuevas explicaciones
ideológicas para cuestionar el combate al narcotráfico)
y hasta a funcionarios públicos (que cuestionan abiertamente
la dimensión instrumental de las políticas en la materia).
En el agregado, esta situación configura una escalada de
la amenaza a la seguridad nacional que plantea el narcotráfico
y la erosión consecuente de la capacidad del Estado para
hacerle frente impulsada por actores que prefieren aproximaciones
más benignas al tema.
El ejemplo más reciente de esta creciente sintomatología
es la ahora revertida decisión del presidente regional de
La Libertad de legalizar el cultivo de coca en ese departamento.
Esta acción, ya no contestataria sino cuasi subvsersiva,
se suma a similares acciones en Cuzco, Puno y Huánuco. Si
cada una de estas iniciativas constituyen un abierto desafío
al gobierno central y al Estado de Derecho, en su conjunto el desafío
se transforma en amenaza potencial. El Estado y la autoridad central
deben, en consecuencia, reaccionar.
Ese emprendimiento ha sido encausado, hasta ahora, a través
del Tribunal Constitucional sin la premura del caso (su sentencia
en relación a Puno y Cuzco lleva ya un par de meses en trámite
y meditación). Mientras tanto, ni la autoridad ejecutiva
pertinente –Devida y el Ministerio del Interior-, ni las que
deben apoyarla –p.e. el Ministerio de Agricultura- están
actuando con la energía que requieren las circuntsancias.
En su descargo puede decirse que esa reación ha sido inhibida
por la propia presidencia de la República (que, por proteger
a un aliado político, no reaccionó con el rigor necesario
en el caso de la “legalizadora” ordenanza cuzqueña)
y hasta por el jefe de un partido al que pertenece el presidente
de la región La Libertad (que, si bien llamó la atención
de su correlegionario sobre la necesidad de la erradicación,
lo hizo por no saber administrar las “formas” (1). Esta
actitud contrasta con la rápida reacción de los principales
medios de comunicación.
Por lo demás, académicos y funcionarios públicos
participan directa o indirectamente en el fortalecimiento de esta
tendencia que debilita al Estado. En algunos casos aquéllos
cuestionan la impropia incidencia de Estados Unidos en esta materia
y la actitud imperial de la primera potencia enmarcándola,
eventualmente, en los parámetros de la dependencia que siguen
padeciendo los países en desarrollo. A estos efectos, estos
actores dicen preferir las aproximaciones más benignas de
la ONU y de la Unión Europea que priorizan los enfoques desarrollistas
sobre los coactivos.
Estos actores no sólo no parecen dar cuenta de que el interés
nacional peruano ha sido definido como complementario con el de
Estados Unidos y la Unión Europea y que éste se expresa
juríridicamente en las convenciones internacionales suscritas
por el Perú en el marco de la ONU. Este interés nacional
ha sido adoptado por el Estado y consensuado en la política
27ª del Acuerdo Nacional.
En todos los casos, la erradicación de la coca ilegal es
un compromiso nacional adoptado en defensa de su seguridad e invocando
el principio de reponsabilidad compartida en el combate de la amenaza.
Así lo establece el marco de la ONU (la Convención
de 1961) que obliga no a la mera disminución sino a la erradiciación
de los cultivos ilegales, las sucesivas políticas nacionales
y nuestros compromisos con otros países.
A estos efectos las política integrales combinan elementos
de desarrollo y de coacción indispensables para confrontar
el problema. Así se ha convenido también en el Acuerdo
Nacional que alude a políticas que incluyen la punición
tanto como la prevención y el incentivo social para estos
efectos.
Si el objetivo de largo plazo es claro –erradicar la coca
ilegal y, por tanto, extraer al Perú del circuito del narcotráfico-
la dimensión coactiva de las política también
lo es. Sin interdicción ni erradicación, la sustitución
de cultivos, el desarrollo alternativa o la prevención se
convierten en quimeras que conducen a la pérdida de miras
y al estímulo destructor del narcotráfico y de sus
criminales actividades colaterales.
Para no atascarse en este camino, como hoy ocurre con gran irresponsabilidad
nacional e internacional, se requieren recursos en cantidades adecuadas
a la magnitud de los objetivos de disminuir sustancialmente la oferta
antes de erradicarla y una corrspondiente y programada disminución
de la demanda.
Pero también se requiere claridad sobre lo que es cultivo
legal e ilegal en el lado de la oferta. En este campo –y también
en otros vinculados al tema- las autoridades regionales han perdido
orientación y, con sus actos, están promoviendo la
libre acción de agentes del narcotráfico en los departementos
más vulnerables a esa amenaza.
Tales autoridades –y quienes las defienden- no parcen registrar
que el incremento del área cocalera se han extendido 30%
en los últimos dos años pasando de 40 mil has. en
el 2003 a 50300 has en el 2004 con un agravante: el incremento de
la productividad ha resultado en una producción 127% mayor
(109,900 toneladas métricas). De esa cantidad 91.8% va al
narcotráfico mientras que el saldo (8%) se orienta al consumo
legal (2).
Pero el consumo legal ha devenido también en parte del problema
en tanto Enaco no compra de los cocaleros legales sino 1/3 del total
mientras que 2/3 de la oferta legal se comercializa informalmente
y sin ningún tipo de control. Éste es el caso del
Cuzco.
En consecuencia, además de una mayor disposición
a cooperar de parte de Estados Unidos, la Unión Europea y
la ONU, el Estado requiere recuperar autoridad, cohesión
y orientación para actuar contra esa amenaza y advertir seriamente
sobre la ilegalidad en que incurren las autoridades regionales al
usurpar funciones legislativas en materias de seguridad nacional.
Si, de otro lado, no se desea ilegitimar el proceso de descentarlización
las medidas respectivas deben adoptarse drásticamente y a
la brevedad.
De manera paralela resulta indispensable incrementar la capacidad
estatal de interdicción y de erradicación así
como la de organización del desarrollo alternativo, la sustitución
de cultivos y la prevención. Para ello es indispensable fortalecer
las instituciones a cargo incluyendo a Devida y Enaco. No es posible
que ésta última, fundada en 1949, no pueda hoy controlar
siquiera el escenario legal.
Finalmente, el Ejecutivo debe divulgar nueva, claramente y a la
brevedad el interés nacional comprometido por la amenaza
del narcotráfico y hacer público que el conflicto
con los narcotraficantes debe ser confrontado con el apoyo indispensable
de Estados Unidos, la Unión Europea y la ONU. Aquí
no hay imperialismo ni dependencia, sino defensa de la viabilidad
un Estado aún débil.
(1) La República
(2) Grade, Fonafe
(3) Grade
DERECHOS RESERVADOS
El Editor (ADC) |