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EDITORIAL
La OCDE, Latinoamérica y los precios del petróleo
Alejandro Deustua
7 de setiembre de 2005
Luego de que la furia del huracán que azotó Luisiana,
Mississippi y Alabama dejara su huella catastrófica en el
Golfode México, la etapa de transición que debe conducir
a la reconstrucción de la zona encuentra los precios del
petróleo en US$ 65. Aunque lo quisiéramos, ello no
implica que los mercados norteamericano y global hayan absorbido
ya la magnitud del impacto.
En realidad el precio parece haber respondido al compromiso de
60 millones de barriles a lo largo de 30 días por los 26
miembros de la Agenda Internacional de Energía (2.1. millones
diarios entre los miembros norteamericanos -52%-, europeos –30%-
y del Pacífico –18%-) a los que debe sumarse la oferta
de la OPEP de producir 500 mil barriles diarios adicionales. La
percepción de que la oferta disponible está asegurada
ha dejado, de momento, a los mercados con el problema de la disposición
de gasolina (las refinerías no se han recuperado) y las pérdidas
comerciales por el compromiso del sistema portuario de Luisiana.
De oto lado, mientras se espera la evaluación final de
los daños, el precio del petróleo ya ha encontrado
un nuevo piso (US$ 65, quizás US$ 60) y el gobierno del presidente
Bush da cara a su nuevos y justificados opositores (lo que tendrá
consecuencias estratégicas), los agentes de la economía
global se mantienen alertas a la proyección del impacto del
desastre en la perfomance norteamericana del segundo semestre.
Sobre el particular, la OCDE reporta un eventual impacto de corto
plazo de entre –0.25 y –0.50 puntos en el crecimiento
de la primera potencia. Pero lo hace evaluando ese efecto en un
escenario de largo plazo signado por el incremento preexistente
de los precios petroleros que, desde mayo, aumentaron en US$ 20.
A juicio del principal economista de la OCDE, Jean Philippe Cotis,
ese incremento es sólo la punta de un shock a la economía
global, que en su extenso proceso, puede ser equivalente a los niveles
de incremento de la crisis de los años 70, nada menos. Si
bien ésta es una evaluación preliminar, ciertamente
no es menos dramática si se recuerda que el consenso establecido
asumía una referencia con la crisis de principios de los
80 (no la de los inicios de los 70) y, en consecuencia, estimaba
que los precios reales estaban aún lejos de los alcanzados
esa década.
Según ese consenso, ya cuestionado, el incremento de la
productividad y la baja inflación permitía absorber,
sin mayores distorsiones, precios aún más altos. Éste
ya no parece ser el caso. Y menos cuando la OCDE ha considerado
conveniente hacer llegar a los principales bancos centrales una
recomedación de política monetaria: mantener la flexibilidad
de ese instrumento. Ello supone orientarse hacia la neutralidad
en el manejo de las tasas de interés en lugar de persistir
en incrementos graduales en el caso norteamericano; no incrementar
los intereses en el caso japonés (que en términos
reales están en 0); y la estimulación del dinamisimo
en el caso europeo (en lugar de persistir en el control de la inflación
en una eonomía que no crece).
Tales sugerencias (que alterará la tendencia de incrementos
sucesivos y regulares con que el FED esperaba saludar la despededida
del señor Greenspan) se sustentan en la necesidad de dar
una respuesta al embate global del desastre del Golfo de México
fortaleciendo el momentum expansivo de la economía norteamericana
y las tendencias al crecimiento precario de la japonesa medidos
en términos del cierre de la brecha entre la producción
y el desempleo. En tanto esa brecha no se ha cerrado en el caso
europeo, la OCDE estima que las economías de la Unión
Eurpea son las peores posicionadas entre las desarrolladas para
afrontar la amenza contractiva.
Esta llamada de atención debe ser tomada en serio por las
autoridades latinoamericanas cuyas economías, siendo pequeñas
o medianas, tienen un mayor grado de exposición a estos desbalances
y menor capacidad de controlar los daños. En este contexto,
las medidas adoptadas hace unas semanas por el Banco Central del
Perú de reducir la tasa interbancaria considerando el bajo
nivel de inflación local en lugar de seguir la tendencia
alcista del FED, tienen hoy especial valor. Lo mismo puede decirse
de la disposición del Ministerio de Economía a reducir
el impuesto selectivo al consumo a las gasolinas como forma de controlar
el incremento del precio de los hidrocarburos. Pero quizás
haya que ir mas allá teniendo en cuenta la opinión
de la OCDE.
Y como ese esfuerzo adicional no será eficaz si compromete
sólo a una economía pequeña y vulnerable como
la peruana, es necesario reforzarlo con medias de largo plazo y
atacar el problema en la escala subregional y global.
En el ámbito nacional, las medidas de fomento de la inversión
en exploración (especialmente en el Zócalo Continental)
anunciadas por el Ministerio de Energía y Minas deben ser
ejecutadas a la brevedad. Lo mismo ocurre con la reconversión
de la matriz energética de Lima cuyo estudio ya ha realizado
Cofide (el costo de US$ 220 millones es menor considerando el extraordinario
ahorro potencial).
En el ámbito subregional, es necesario insistir en la integración
energética andina y en la constitución de reservas
estratégicas subregionales que no dependan de los mayores
aportantes. Estos temas, al revés del mal denominado “anillo
energético” del sur, no han merecido la atención
debida desde que se produjo el desastre de Louisiana. La falta de
reflejos de las autoridades andinas contrasta en este caso, con
la hiperactividad venezolana que, mientras se muestra proclive a
mantener altos los precios altos en la OPEP, subsidia sus ventas
a países de la región (Petrocaribe, eventualmente
Petroandina, US$ 40 por barril al Uruguay con facilidades de pago)
en signo de solidaridad pero también de influencia y cooptación.
Finalmente, en el ámbto multilateral global el Perú
debe aprovechar la próxima 60ª reunión ordinaria
de la Asamblea General de la ONU para coordinar posiciones con importadores
netos de petróleo orientadas a la regulación de los
mercados especulativos de compra-venta del hidrocarburo. Los agentes
de ese mercado, que compran spot o futuros, ciertamente son instrumentos
retralimentadores de la volatilidad del precio (con un impacto que
no baja del 15% según algunos gobiernos –y quizás
hasta de 30% si se atiende a las autoridades de la OPEP-) cuyo rol
debe ser regulado especialmente en épocas de crisis.
Al respecto, nuestra diplomacia puede ir más allá:
si la OPEP puede colocar bandas de precios (el caso de la franja
US$22-US$ 28 del año pasado), ciertamente los consumidores
podrán ponerse de acuerdo para establecer similares medidas
en épocas de crisis considerando que el mercado del petróleo
no es solamente altamente imperfecto sino que las externalidades
de otros son en él endógenas.
Si la OCDE recomienda medidas preventivas para contener el impacto
económico global de un desastre natural, cirtamente éstas
podrán ser enriquecidas con el concurso de países
que, por ser de menor nivel de desarrollo, no integran ese organismo.
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