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EDITORIAL
La 60a Asamblea General de la ONU
Alejandro Deustua
5 de setiembre de 2005
Durante tres días, a partir del 14 de setiembre, la Asamblea
General de la ONU, llevará a cabo su 60 reunión ordinaria
con la presencia de alrededor 140 Jefes de Estado o de gobierno.
Una agenda que cubre temas fundamentales sobre desarrollo, seguridad,
promoción de valores universales y cambios institucionales
anuncia que los miembros de la organización internacional
más longeva de la historia esperan resultados de efectivo
beneficio público. En una escenario de expansión económica
-que ha superado su apogeo- y de ausencia de beligerante conflicto
sistémico -pero plagado de nuevos desafíos- es necesario
que aquéllos se concreten. Si ello no ocurre, la dimensión
onomástica del acontecimiento aflojará las amarras
del régimen internacional más exitoso en uno de los
momentos de mayor necesidad de orden, estabilidad y progreso internacionales.
Para tratar los problemas del desarrollo la Asamblea General evaluará
primero el proceso de cumplimiento de los Objetivos del Milenio
que, hace cinco años, comprometió el esfuerzo colectivo
en la lucha por la erradicación del hambre y contra la pobreza
extrema (reducción del 50%), por la educación primaria
completa sin discriminación de género, la atención
de la salud básica (especialmente la reducción drástica
de la mortalidad infantil y materna), el medio ambiente y el desarrollo
(a través de la apertura del comercio fundamentalmente) hacia
el 2015.
Según la Secretaría General de la ONU estos objetivos
deben realizarse mediante el incremento de la cooperación
internacional de los países desarrollados (un proceso de
aumento sustancial que tiene como referencia el 0.7% del PBI de
cada Estado) y la incorporación transparente y bien administrada
de esos objetivos a las políticas de los países en
desarrollo.
A la fecha se están haciendo avances de resultados distribuidos
entre la suficiencia de cumpliento, la buena orientación
y la insuficiencia de ejecución que será examinados
con el fin de renovar el compromiso colectivo. Como muestra de buena
voluntad resalta la disposición del Grupo de los 8 de incrementar
la cooperación con el África y de canclear las obligaciones
financieras a 18 de los países más fuertemente endeudados.
Ciertamente estos esfuerzos, que debieran contar con US$ 50 mil
millones para asegurar su éxito universal, deben progresar
porque de ellos depende la supervivencia de 1200 millones de personas.
Sin embargo, éstos pueden ser trabados por las limitaciones
fiscales de nuestras políticas económicas –que,
como se sabe, comprometen también compromisos con organismos
multilaterales vinculados al sistema de Naciones Unidas-, por la
excesiva concentración en el asistencialismo que no corrije
los problemas de acceso a las fuentes de capital y por los problemas
de la Ronda Doha este año (la desaparición de los
subsidos a la producción agrícola de los países
desarrollados está lejos de concretarse y el trato especial
y diferenciado es menos real que ligado al cumplimiento común
de reglas de juego que no admiten excepciones). Si esto no se enmienda
seguiremos teniendo algo menos de lo mismo.
En el ámbito de la seguridad, la Asamblea General ha adoptado
las prioridades de combatir el terrosimo y la proliferación
de armas de destrucción masiva. Si ésta es o no una
“agenda norteamericana” ahora importa menos en tanto
esas amenazas son ya consideradas por la comunidad internacional
como reales y ésta, en consecuencia, sólo puede avanzar
en la organización de su defensa colectiva si no desea autoderrotarse.
Si para ello el difícil consenso sobre la definición
de terrorismo no se logra, los Estados afines deben dejar para la
firma el tratado general contra el terrorismo que se incluye en
la agenda de manera que éste pueda ser suscrito por los que
deseen efectivamente empeñarse en el mejoramiento sustancial
de su defensa contra organizaciones concretas sin debilitar el esfuerzo
nacional en la materia. La identificación del enemigo es
acá indispensable para no distraer recursos y ganar en eficacia.
En cuanto al tratado contra la proliferación de armas de
destrucción masiva, éste debiera poder lograrse. Sin
embargo éste debe incluir a todos los productores y comercializadores
de insumos sin excepción teniendo como antecedente el Tratado
de No Proliferación Nucleares que, habiendo sido prorrogado,
no es cumplido ni por los no suscriptores (por eso se abstuvieron)
ni por las potencias nucleares que sí lo firmaron.
En el ámbito de los valores, es interesante que la dimensión
universal de los derechos humanos se siga reconociendo a pesar de
aquellos Estados que tienden a considerar que éstos son fundamentalmente
occidentales. Al respecto debe destacarse la apreciación
aparentemente general sobre la necesidad de cambiar la actual Comisión
de Derechos Humanos por un organismo permanente (no sujeto a la
rotación constante producto del voto) menos proclive a la
“politización” del tema. Si esta alternativa,
que es también política, tiene éxito reflejaría
un consenso internacional sobre la validez intrínseca de
los derechos humanos en el ámbito global que la discusión
ideológica y la práctica político-burocrática
hoy le niegan.
Finalmente, la Asamblea General tratará el proceso de refoma
de la ONU en sus tres ámbitos: el Consejo de Seguridad, la
Secretaría General y el propio funcionamiento de la Asamblea.
En tanto los dos ultimos son procesos fundamentalmente administratrivos
y burocráticos, éstos será menos contenciosos
que las alternativas que se plantean para la adecuación del
Consejo de Seguridad a las nuevas realidades de la post Guerra Fría.
En tanto estos últimos involucran la distribución
y la alteración de la jerarquía del poder internacional,
lo más apropiado sería la ampliación de los
miembros no permanentes y la expansión rotativa, siguiendo
criterios regionales, de los miembros permanentes sin derecho a
veto. Lo contrario llevará a un impasse que la ONU ahora
no está en capacidad de resolver.
Si lo que se busca son resultados y el fortalecimiento de un régimen
internacional históricamente exitoso antes que la celebración
de un onomástico, éstas son algunas de las consideraciones
que nuestra representación, que conseguirá un sitio
bianual entre los miembros no permanentes del Consejo, podría
tomar en cuenta.
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