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EDITORIAL
La política interna en Torre Tagle
Alejandro Deustua
12 de agosto de 2005
Independientemente de su origen profesional, un ministro de relaciones
exteriores es esencialmente un político. Pero a diferencia
de los demás, el cargo requiere de él un conocimiento
elemental del interés nacional establecido, la distinción
-por lo menos intuitiva- entre los campos de la política
interna y la externa y una atención especial a los mecanismos
de proyección internacional y a los que brindan legitimad
local.
Si estas condiciones básicas no son satisfechas, el riesgo
de fracaso en la gestión es alto y, por lo tanto, los niveles
de vulnerabilidad de un Estado pequeño y en formación,
como el nuestro, se incrementan. A este riesgo acaba de exponer
el país el costoso nombramiento de un nuevo canciller que
no satisface esos requerimientos y que ha sumido al país
“estable, viable y posible” anunciado el 28 de julio
en una crisis de confianza de múltiples aristas cuyo marco
es la aproximación al vacío de poder.
Como quiera que desee definirse el interés nacional, entre
los que han sido precisados está el de la lucha contra el
narcotráfico. Éste, sin embargo, ha sido puesto en
cuestión por una peligrosa contienda de competencias sobre
la capacidad de legislar sobre los cultivos de coca. El resultado
ha sido la atenuación del nivel de alerta nacional sobre
ese peligro como consecuencia del desafío planteado por el
poder regional para normar en la materia. Esta situación,
que pone en riesgo la seguridad nacional y el proceso de descentralización,
compromete además el cumplimiento de los compromisos internacionales
del Perú.
En este contexto, cualquier ministro de relaciones exteriores
habría fortalecido el interés nacional cuestionado,
sostenido el fuero de la autoridad central en su defensa y asegurado
el cumplimiento de nuestras responsabilidades internacionales en
la materia.Especialmente cuando de esa disposición sigue
dependiendo la calidad de nuestra inserción externa y el
logro de importantes objetivos nacionales. En lugar de ello, el
nuevo titular, luego de optar por el alineamiento con la autoridad
regional –que pertenece a su partido-, ha descargado su responsabilidad
en el Tribunal Constitucional sin tener en cuenta las consecuencias
fragmentadoras que la hostilidad cocalera ha producido en un país
vecino.
La incapacidad del titular para corregir el rumbo confirma que
su prioritaria filiación partidaria sigue incidiendo determinantemente
en su comportamiento en la representación del Estado. Aquélla
no parece diferir sustancialmentre de la que se manifestó,
de manera extraordinariamente, mientras se mantuvo a cargo de una
embajada en el exterior. Si la atención de los intereses
paridarios tiene tal influencia en el titular de Torre Tagle, difícilmente
podrá éste distinguir entre política interna
y externa en momentos difíciles y menos cuando su antecesor
definió ésta como una función de aquélla.
Y si las capacidades de ejecución del interés nacional
y de representación del Estado pueden ser afectadas por la
predisposición partidaria del titular, aquéllas se
verán adicionalmente comprometidas por la incapacidad mostrada
por éste para respetar la jerarquía ejecutiva de la
Cancillería que, por lo demás, ya exhibe una concentración
excesiva del proceso de toma de decisiones en la Alta Dirección.
Si se considera adicionalmente la tradición confrontacional
del nuevo titular, será difícil para éste articular
una plataforma de consensos que otorguen legitimidad puntual a su
gestión. Y menos en el actual clima de disenso que ha contribuido
crear y que podrá agravarse conforme se aproxime la campaña
electoral en la que tomará parte. El nuevo titular debe recapacitar.
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