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EDITORIAL
La inversión extranjera y el nuevo conflicto social
Alejandro Deustua
8 de agosto de 2005
Si la inversión extranjera directa creció en América
Latina hasta US$ 43900 millones en el 2004 (CEPAL), uno de sus destinos
sectoriales predilectos –los recursos naturales- sufrió,
de manera paralela, el desincentivo de los conflictos sociales.
Si esa correlación es esepcialmente visible en la subregión
andina, ciertamente ésta no es beneficiosa para nadie.
La primera observación al respecto deriva de la importancia
relativa de la inversión extranjera en la región.
Ésta fue equivalente a alrededor del 25% de los flujos hacia
los países en desarrollo en claro contraste con la orientada
hacia el Asia emergente (US$ 87600 millones) de un total de US$
189400 millones en el 2004 (FMI) El de grado de concentración
en el Oriente es aún más significativo por sistemático
(el año pasado duplicó los flujos hacia Latinoamérica)
y por su impacto en la generación de superior productividad
y competitividad en la economías de esa región.
A esa evidencia debe agregarse la correspondiente a dos constantes
adicionales: la concentración de la inversión en los
países grandes de los países en desarrollo (China,
India, México y, en lo que cabe, Rusia) y entre los países
grandes de la región (tradicionalmente México, Brasil
y Argentina y ahora, Chile). En consecuencia, la inversión
extranjera orientada hacia la subregión andina puede haber
crecido en términos absolutos, pero en términos relativos
es una corriente constante perdedora frente a otros destinos.
Aunque la inversión extranjera en la subregión andina
se ha diversificado, la participación del sector primario
sigue siendo principal. Si ello genera o no dependencia es algo
que debe cotejarse con la orientación de los términos
del intercambio pero teniendo en cuenta el beneficio de los ingresos
de divisas que las exportaciones de minerales y petróleo
representan para la balanza comercial de nuestros países.
En este caso, aunque no corresponda a lo deseado, las inversiones
en el sector primario siguen siendo la principal fuente de divisas
por exportaciones de nuestros países (en el Perú éstas
representan 65% del total).
Por tanto, en tiempos de creciente interdependencia, éstos
flujos debieran merecer mejor atención no sólo legal
sino política de parte de los receptores. Ello ocurre en
la subregioón andina en lo que toca al Estado, pero no necesariamente
con los sectores sociales.
El ejemplo contemporáneo de parcial resistencia social
a la inversión extranjera, tiene centro reconocible en Bolivia.
Quebrado el consenso nacional sobre la reforma neoliberal y debilitada
la barrea social que contenía un problema de seguridad (el
narcotráfico y su vínculo con las organziaciones cocaleras)
sus representantes, requeridos de legitimidad interna, dirigieron
su mayor esfuerzo conra el “modelo” exacebando la revindicación
de un interés nacional –la mediterraneidad boliviana-
y actualizando viejas banderas –la defensa de los recursos
naturales, en este caso el gas-. Si la confrontación se resolvió
parcialmente a través de un referendum que justificó
el uso político del hidrocarburo, su radicalización
se resolvió con la caida de dos gobiernos legítimos.
Sin embargo, la confrontación remanente con la inversión
extranjera se mantiene.
Luego de la toma de locales y la expulsión de empresas
declaradas no gratas (Suez), las empresas obligadas a adecuarse
a la nueva ley de hidrocarburos no se han retirado del terreno,
pero las mayores –Repsol, Total y British Peroleum- han mostrado
disposición a llevar su caso a los tribunales. En un contexto
político más calmado bajo el gobierno de transición
del presidente Rodríguez, el gobierno ha decidido negociar
para evitar que el Estado se vea envuelto en procesos jurídicos
que puede o no ganar, pero que supondrán enorme gasto a un
costo adicional: la ausencia de inversión suficiente, menores
ingresos para un gobierno urgido de recursos fiscales y un probables
castigo de las clasificadoras de riesgo. Sin embargo, a la luz del
incremento del precio de los hidrocarburos, algunos están
dispuestos a dar la pelea por el control estatal de los recursos
hasta el final.
De otro lado, bajo el amparo del formidable incremento de los
precios del petróleo, el gobierno venezolano ha llevado su
política de hostilidad general a otro frente: la disputa
tributaria del quinto productor mundial con las empresas petroleras
que representan 40% de la explotación interna del recurso.
En efecto, el gobierno de Venezuela sostiene que ciertas empresas
han defraudado al Estado hasta por US$ 3000 mil millones de impuestos
y ya ha roto fuegos con una de ellas: la Shell. Si la defraudación
existe (poco más de US$ 100 millones), la empresa debe pagar.
Pero si, al amparo de una disposición a elevar impuestos
y regalías, el gobierno estuviera utilizando el poder económico
que el mercado le ha brindado para imponer condiciones aún
mayores, el resto de de países de la subregión deberá
prevenirse: el mal clima político en Venezuela incrementará
el mal clima social para la inversión necesaria en nuestros
países con el añadido de que las empresas no desinvertirán
en Venezuela para trasladarse a algún vecino.
En el caso peruano, los movimientos de sectores sociales afectados
por las explotaciones y exploraciones mineras en marcha y en estudio
están añadiendo a los problemas institucionales y
legales altos niveles de riesgo que elevarán el costo de
los emprendimientos. En este caso las organizaciones sociales cuya
actividad económica se vea afectada –especialmente
la agrícola-, están en todo su derecho a reclamar
prevenciones y compensaciones por eventuales perjuicios o daños.
Pero la dimensión política que ciertos sectores pretenden
agregar a estas protestas excacerbando la percepción del
daño y la forma cómo aquéllas se expresan (destrucción
de obras, campamentos y materiales), tienden a ahuyentar al capital
que el país necesita. Ello es aún más grave
cuando la Policía Nacional infiere el concurso en estos movimientos
de fuerzas financiadas por el narcotráfico o presencia de
sectores radicales del espectro político (el caso de Piura).
La relación entre inversión extranjera en recursos
primarios y los estados anfitriones ha sido hasta los años
70 del siglo pasado compleja y volátil. El componente de
riesgo, por tanto, tendió a ser muy alto. Luego, en los años
de la reforma liberal el riesgo tendió a disminuir en la
subregión. Y ahora, la curva parece encontrar un nuevo punto
de inflexión apuntalada por la resistencia social. Frente
a esta realidad nuestros gobiernos deben distinguir los justos reclamos
de los realmente afectados de aquéllos que los explotan para
otros fines. Y en lo que toca a las obligaciones tributarias de
las empresas, los gobiernos deben exigir el cumplimiento de la ley
pero distinguiéndolo claramente del exceso derivado de la
exacerbación generada por la presión colectiva.
Para ello es urgente un entendimiento directo entre empresas,
Estado y sectores sociales afectados teniendo en cuenta que nuestra
subregión no es, a pesar de la apertura, un destino financiero
privilegiado y que conflictos de esta naturaleza incrementan el
riesgo para las empresas, pero también para el país.
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