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EDITORIAL
La batalla del CAFTA
Alejandro Deustua
5 de agosto de 2005
En una votación contenciosa, que reclamó la intervención
personal del presidente Bush y del vice-presidente Cheney, la Cámara
de Representantes del Congreso norteamericano acaba de aprobar el
Cafta. Por apenas dos votos de diferencia (217-215) -y uno para
obtener el resultado positivo- republicanos y demócratas
resolvieron la aprobación de un tratado de libre comercio
con seis pequeños países como si el destino económico
de la primera potencia, definido por un intercambio anual de aproximadamente
US$ 30 mil millones, estuviera en juego.
Si se considera que en el Senado el voto a favor triunfó
también ajustadamente (55 vs 48), está claro que los
legisladores norteamericanos entendieron que tenían en sus
manos algo más que un acuerdo de libre comercio. Especialmente
si se recuerda que el intercambio entre Estados Unidos y Centroamérica
apenas representa el 1% del total del comercio exterior norteamericano
(US$ 2910 mil millones en el 2004).
En apariencia una compleja situación que conjugó
argumentos de seguridad, de autoridad en esferas de influencia,
de competencia extraregional, de temor al incremento de una balanza
comercial desfavorable y pérdida de empleos defendidos por
representantes de los denominados “intereses especiales”
interactuaron para definir tan inusual resultado.
Si bien es verdad que el crecimiento del empleo ha sido una preocupación
norteamericana desde la contracción de hace pocos años
y que los problemas generados por la “ exportación
laboral” (el ourtsourcing) hacia centros de mano de obra barata
(especialmente China) han incrementado la aprehensión estadounidense
al respecto, el problema parece sobredimensionado.
En efecto, no sólo el crecimiento del empleo en julio último
ha superado las expectativas (hasta 270 mill nuevos puestos de trabajo)
sino que ese nivel coloca la proyección de desempleo cercana
a la tasa natural del 5% . Por lo demás, la multibillonaria
protección de la actividad agrícola norteamericana
(cuya problemática Estados Unidos sólo discutirá
en la OMC) y el compromiso de que las exportaciones más competitivas
centroamericanas se surtirán de insumos fabricados en Estados
Unidos, son factores que rebajan aún más la dimensión
del problema laboral norteamericano por efectos del Cafta.
Aún así, es evidente que la permeabilidad del Congreso
estadounidense a los lobbies que defienden intereses sectores potencialmente
afectados por acuerdos de libre comercio (p.e., los sindicatos que
sustentan el voto demócrata, los textileros y confeccionistas,
entre otros) se incrementa bajo circunstancias particulares (el
aumento del outsourcing principalmente estimulado por China). De
allí que el Ejecutivo esgrimiera dos argumentos fundamentales
para ganar votos decisivos para la aprobación del tratado
de libre comercio. Primero, el acuerdo con Centroamérica
contribuiría a frenar las importaciones baratas chinas en
tanto las importaciones de confecciones p.e., desde el Cafta incluirían
necesariamente bienes importados desde Estados Unidos por los productores
centroamericanos. Segundo, Estados Unidos tiene en la pequeña
Centroamérica un mercado para exportaciones superior a las
que se destinan a las potencias emergentes más destacadas
(Pakistán, India, Sur África).
A este cálculo mercantilista se añadió otro
de política comercial liberal: en un contexto de frustración
de las negociaciones comerciales multilaterales, Estados Unidos
no podía autoinflingirse otra derrota en la intención
de abrir mercados cuando ese interés forma parte de los objetivos
centrales de la política exterior de la primera potencia.
En efecto, desde hace mucho años -y más específicamente
desde el gobierno demócrata del presidente Clinton- Estados
Unidos ha dejado en claro que empleará todos los instrumentos
necesarios –unilaterales, bilaterales, plurilaterales y multilaterales-
para ampliar las fronteras del libre comercio a la par de la expansión
democrática en el sistema internacional. Si el Cafta forma
parte de ese esquema, éste no podía fracasar sin causar
grave daño a los objetivos externos primarios de la primera
potencia y a su política exterior.
Más aún cuando las negociaciones Cafta se dieron
en el contexto de una seria retracción del gran proyecto
hemisférico: el ALCA. Aunque éste se originó
en 1994 bajo un gobierno demócrata, su antecedente –la
Iniciativa de las Américas- se forjó bajo la administración
republicana del primer Bush probando su condición bipartidista.
Aunque las negociaciones ALCA no marchan con la velocidad deseada,
su proceso básico –la convergencia progresiva de esquemas
subregionales- está en marcha en el caso de la CAN y del
Mercosur a pesar de tropiezos que contrastan con su grandielocuencia.
Sin el Cafta, sin embargo, el eslabón centroamericano habría
empantanado ese progreso en relación al conjunto latinoamericano
y desmerecido intensamente la relativa prioridad regional.
Aprobado éste y avanzada la negociación con los
andinos, el esquema hemisférico no sólo va definiéndose
como efectivo sino que la consolidación de América
como bloque integrado –en la perspectiva suramericana- y como
esfera de influencia norteamericana –en la perspectiva de
la superpotencia- se consolida.
Si bien este argumento estratégico no fue esgrimido con
intensidad destacable, su correlato de seguridad sí contribuyó
a definir el voto: el presidente Bush volvió a enfatizar
la relación entre comercio y seguridad como herramienta de
progreso y de estabilidad en una región que no acaba de emerger
de una serie de intricados conflictos internos. Aunque éstos
se dieron en la Guerra Fría, su remanencia en violencia organizada
es aún visible. Un mayor crecimiento generado por la integración
con Estados Unidos con efectos redistributivos en el Istmo resulta
esencial para otorgar nuevas posibilidades de viabilidad a los pequeños
Estados que lo componen.
Por lo demás, éstos, que forman parte de la primer
círculo de influencia norteamericano, no podían quedar
a merced de la renovada influencia venezolano-cubana en el Caribe.
Menos cuando ésta promueve un proyecto alternativo de cooperación
comercial en la región: el ALBA del presidente Chávez
y su proyección política.
En la perspectiva de la lucha contra el narcotráfico y
el terrorismo, el argumento de seguridad es equivalente al que fundamenta
la autorización otorgada al Ejecutivo norteamericano para
negociar un acuerdo de libre comercio con los países andinos.
De allí que un fracaso del Cafta habría mermado también
las bases de la negociación del nuevo vínculo de integración
andino-norteamericano. El éxito de la votación es,
por tanto, redoblado.
Sin embargo, a la luz de la intensidad de la disputa entre demócratas
y republicanos sobre la conveniencia del acuerdo; habiéndose
invertido los roles en relación al Nafta (cuando los demócratas
defendieron ardientemente la integración con México);
y teniendo en cuenta la fortísima influencia de los sindicatos
(que reclaman elevar el estándar de las normas laborales
y ambientales para considerar nuevos acuerdos) y de grupos de presión
como los agrícolas y de confecciones, no se puede concluir
que la aprobación del acuerdo con los centroamericanos vaya
a mejorar las posibilidades del acuerdo con los andinos.
En efecto, si el Ejecutivo norteamericano ha probado que dará
batalla hasta donde sea necesario, la oposición demócrata
en el Congreso ha marcado un punto: se reagrupará para resistir,
en momentos en que el apoyo nacional a la política exterior
del.presidente Bush disminuye, nuevos acuerdos de libre comercio
aunque haya hecho lo contrario en el pasado facilitando, además
del Nafta, los acuerdos con Chile (que también fue espinosa),
Jordania, Signapur y Australia .
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