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EDITORIAL
Mensaje y política exterior
Alejandro Deustua
29 de julio de 2005
La política exterior, como la de defensa, no suele ocupar
un lugar privilegiado en los mensajes presidenciales de 28 de julio.
Si esta norma dice mucho de la preocupación gubernamental
por nuestra inserción externa, su reiteración es un
anacronismo a la luz de la extraordinaria publicidad con que hoy
se conducen nuestras relaciones internacionales.
Y el anacronismo deviene en contrasentido cuando el centro del mensaje
presidencial se focaliza en las virtudes de una perfomance económica
que es indesligable del crecimiento global. Especialmente si su
consecuencia –“un país estable, viable y posible”-
tiene una dimensión estratégica de la mayor trascendencia
en el contexto regional.
Si el país está creciendo por exportaciones no resulta
comprensible tan poco énfasis en la importancia de los mercados
externos (especialmente en los que demandan bienes primarios), en
los mecanismos relevantes (no sólo el ATPDEA, sino el SGP
europeo y su evolución) y el tipo de inserción consecuente
(que, de acuerdo a la estadística, sigue siendo primario
exportadora y, a la luz de la dinámica de precios, vulnerable
y dependiente). Y si el crecimiento otorga mayor rol a la inversión,
su componente externo y su origen (Estados Unidos, la Unión
Europea, Chile) y el tipo de relación que produce en términos
de interdependencia asimétrica. merecieron mayor atención.
Especialmente si los mecanismos recurridos tienden a ser bilaterales
o plurilaterales mientras que la prioridad declarada de política
exterior -el multilateralismo- se complica por las crecientes dificultades
de la reforma de la ONU, de la ronda Doha y de la gestión
de organismos financieros como el FMI. Si la importancia relativa
de los Estados y de la representación de sus agrupaciones
se incrementa, éstos merecen algo más que su simple
enumeración.
Más aún cuando de esa interacción va emergiendo
un tipo de inserción que, como la que se organiza con Estados
Unidos y la Unión Europea, equivale o supera a la prioridad
regional (Suramérica y Brasil). Especialmente si lo que va
emergiendo es una más sólida incorporación
en Occidente cuya dimensión económica va perdiendo
el carácter preferencial establecido en los regímenes
multilaterales y en los esquemas concesionales. De allí que
la mención defensiva al TLC con Estados Unidos (se aseguró
que no se desprotegerá a la producción nacional, cuando
la esencia de ese acuerdo es prescisamente desproteger en el sentido
de liberar proporcionadamente) pareciera tan precaria como la omisión
en relación al futuro acuerdo de asociación con la
UE.
De otro lado, el avance en la relación con Brasil –que
debió ser referida en el marco de una mejor relación
con el conjunto de los países vecinos- mereció una
explicación de su significado articulador para destacar la
importancia de las vías interoceánicas. La disposición
a destrabar los obstáculos burocráticos a la inmediata
ejecución de los contratos correspondientes pudieron así
ser mejor entendidos.
Este acápite, que está más ligado a la integración
real que la presidencia peruana de las comunidades andina y suramericana
(que, por rotativa, fue mecánica) mereció un mejor
engarce con la definición del Perú como “país
estable, viable y posible” que encabezó el mensaje.
En efecto, si el Perú es el Estado de mejor posicionamiento
en la subregión andina, el anclaje que esa condición
nacional brinda a la integración regional debió enfatizarse
en su dimensión estratégica.
Especialmente cuando la disposición a mejorar las condiciones
de la seguridad ciudadana no incluyó un compromiso más
explícito en la lucha contra el narcotráfico (los
preocupantes casos de Puno, Cuzco y Huánuco) y contra el
terrorismo (que, a la luz de su renovada presencia global, obliga
al Estado a renovar el compromiso con su combate local).
Un mensaje recapitulatorio de cuatro años de gestión
mereció un mejor esfuerzo concepturalizador de la política
exterior que clarificara el interés nacional comprometido
y su proyección futura.
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