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EDITORIAL
Asociación para la integración energética
Alejandro Deustua
22 de julio de 2005
La versión contemporánea de la relación especial
peruano-boliviana se ha sustanciado en oportunidades de integración
cuya realización ha tendido a debilitarse debido a muy extensos
plazos de ejecución de lo pactado, a la revisión de
posiciones o a recurrentes juegos de poder...
En su versión diplomática, esas oportunidades se
han expresado en compromisos cuyos grandes objetivos muchas veces
no han contado con medios suficientes de implementación dando
paso a la frustración de expectativas. En su versión
geopolítica, las oportunidades para la creación conjunta
de valor han sido excesivamente influenciadas por la complejidad
histórica de la interacción peruano-boliviano-chilena.
Esta última variante ha sido intensamente estimulada por
las aspiraciones de cambio del status regional boliviano a raíz
del descubrimiento de su potencial energético y por el empleo
del recurso natural como instrumento medular de política
exterior (la idea de “gas por mar”). En este caso, antes
que un escenario de integración, el contexto resultante ha
sido el de competencia de suma 0 entre Perú y Chile por el
recurso boliviano estimulada desde La Paz sin que el recurso estuviera
al final disponible para ninguno.
En ese contexto, que es el de la lógica de poder, Perú
y Bolivia arribaron a entendimientos para optar por una salida del
gas boliviano por territorio peruano. En la percepción peruana,
ello se justificaba no sólo por la relación bilateral
en sí misma sino por la preocupación en torno al extraordinario
arraigo boliviano en el Cono Sur y su radical incremento en el caso
de que el gas saliera por Patillos retroalimetando la dependencia
boliviana de los puertos chilenos como complemento de su exposición
a los mercados brasileño y argentino a expensas de la relación
altiplánica con el sur del Perú. Esta zona, desprovista
de capacidad económica, agravaría su vulnerabilidad
y debilitaría las posibilidades de desarrollo conjunto peruano-bolivano.
Los objetivos bolivianos y peruanos fracasaron en ese escenario
de poder a raíz de la convulsión social boliviana.
Ésta, a su vez, fue paradójicamentea exacerbada por
la encarnación popular de la disposición estatal de
emplear el recurso energético como instrumento estratégico
en la relación externa al tiempo que el uso del recurso se
empantanaba en una disputa en torno a la condición jurídica
del mismo.
La posibilidad de una apertura hacia el enfoque de integración
se abría entonces. Pero en lugar de plantearse éste
en el marco de los programas suramericanos (IIRSA) y andinos ya
aceptados por todos sus miembros, apareció la idea de un
“anillo energético”. Como siempre, el irresponsable
recurso a la ingeniería diplomática, quizás
esta vez vinculada al interés empresarial y ciertamente a
la demanda chilena, generó en Bolivia disconformidad con
el planteamiento.
La sensibilidad del tema en Bolivia, su correlación con
la problemática boliviano-chilena y la consideración
de la alternativa peruana sólo como una segunda posibilidad
quizás influyeron en la incomprensión boliviana de
los avances, asimtétricos y aún insuficientes, de
parcial integración peruano-chilena. La lógica de
lo que se gana con uno se pierde con otro permeó la percepción
boliviana en torno a la posibilidad de que el Perú vendiera
gas a Chile.
Ésta lógica, agravada por la indisposición
boliviana a convencerse de que la integración energética
en la zona es poco viable sin el concurso de sus hidrocarburos,
ha devenido en un nuevo motivo de fricción.
Esta racionalidad debe cambiar. Quizás como nunca en su
historia, Perú y Bolivia se encuentran hoy en posibilidad
real de contribuir a articular un escenario regional de beneficios
compartidos sin que ello suponga temores ajenos por una posición
de dominio. Lo razonable, en consecuencia, es estrechar esta vinculación
bilateral, potenciar mutuamente la capacidad de devenir en agentes
mayores de integración regional y crear el clima apropiado
para, luego, solucionar los problemas históricos que inhiben
una mejor proyección de nuestras políticas exteriores.
Una asociación para la integración energética
satisfaciendo primero la demanda interna es la carta por la que
peruanos y bolivianos debemos ahora optar.
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