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EDITORIAL
Unión Europea: una apertura estratégica
para el Perú y la CAN
Alejandro Deustua
15 de julio de 2005
La Comisario de Relaciones Exteriores de la Unión Europea,
Benita Ferrero-Waldner, acaba de expresar el interés de la
Comisión Europea en apoyar políticamente al Perú,
promover adicionalmente la cooperación comunitaria con el
país y fomentar el objetivo de lograr un acuerdo de asociación
entre la Comunidad Andina y la UE. La intensa exposición
de la visita y el nivel en que ésta ocurre puede ser el más
fuerte respaldo que un representante occidental ha otorgado al Estado
desde que el presidente Bush visitara el Perú en el 2002.
Esta manifestación -y sus consecuencias- remarcan una evidencia
que muchos hoy no desean ver ni convalidar: el Perú, aunque
situado en la periferia de Occidente, tiene una esencia occidental
regida por principios cuya expresión operativa procura una
mejor inserción con las potencias y organizaciones que integran
esa civilización. Aunque, como todo Estado contemporáneo,
el Perú busque diversificar sus relaciones, éste es
el punto de partida político fundamental que complementa
su calidad de país en desarrollo.
De otro lado, aunque la señora Ferrero-Waldner ha reconocido
públicamente la calidad estratégica del Perú
–el país más estable y, por tanto, el de mayor
perspectiva en la subregión andina- que muchos hemos estimado
hace tiempo, los desafíos a ese status vienen incrementándose
en los últimos meses. El mal manejo de crisis externas, la
tolerancia creciente de los poderes públicos a la corrupción
y la debilidad en el combate de amenazas globales cada vez más
desafiantes (como la tendencia a “legalizar” el cultivo
de coca por autoridades regionales sin suficiente respuesta del
Ejecutivo) están poniendo en cuestión esa calidad
estratégica que orienta la percepción europea.
En consecuencia, el Estado debe asumir a la brevedad la ofensiva
para revertir de inmediato tales desafíos hasta superar la
amenaza si no desea traicionarse a sí mismo, precipitarse
en el caos que oscurece el destino de algunos vecinos y perder la
condición de interloctor andino que la Unión Europea
hoy le reconoce.
En cuanto al status de principal receptor de cooperación
de la Europa comunitaria en la subregión (US$ 500 millones
entre 1991 y el 2004), éste se mantendrá aunque esperamos
que lo haga de manera proporcional a menores requerimientos de asistencia.
En efecto, si en la medida en que el país requiera progresivamente
de menor cooperación asistencialista los indicadores de viabilidad
se incrementarán, el objetivo nacional debe ser el de lograr
un nivel de progreso que suponga , en el largo plazo, la cancelación
de tales programas y que éstos sean reemplazados por mayores
flujos de interdependencia que brinden mayor significado a lo que
ahora es sólo un dato estadístico: la Unión
Europea es el segundo segundo socio comercial del Perú (US$
3000 millones de exportaciones empleando 90% del SGP drogas que
será reemplazado por el SGP Plus hasta cubrir 7200 partidas)
y el primer inversionista (US$ 8 mil milllones en los últimos
4 años). Que la UE sea hoy el primer donante de asistencia
revela su generosidad –especialmente en programas de lucha
contra la pobreza y las drogas- , pero ello no fortalece necesariamente
el status nacional.
En lo que hace al interés compartido del Perú, la
Comunidad Europea y la CAN de profundizar la integración
subregional y ampliarla a través de una asociación
estratégica CAN-UE, hay mucho trabajo por hacer. La señora
Ferrero-Waldner ha expresado, sin aparente condescendencia con el
protocolo, que la Unión Europea considera que la relación
con la América Latina es estratégica y reclama, por
tanto, un vínculo de “partenariado” (término
que debe traducirse mejor como asociación o alianza) en el
que la relación institucional con la CAN y el Mercosur es
fundamental para su proyección externa. Pero su discreción
impulsó a omitir una realidad política: la región
no es precisamente la primera prioridad para la política
exterior comunitaria y tampoco una de las más privilegiadas.
Por tanto si vamos a ir a acuerdos de asociación en estas
condiciones, el objetivo nacional y regional debería ser
no sólo el de incrementar la interdependencia con el corazón
de Occidente sino el de mejorar el posicionamiento latinoamericano
en relación a la UE. A la luz de los principios y valores
nominalmente compartidos –y parcialmente frustrados- hace
184 años, América Latina debe esforzarse para constituirse
en el tercer vértice político del triángulo
occidental. Nuestra política exterior debe establecer esa
condición y hacerlo de manera que sea universalmente reconocida.
Este objetivo requerirá un gran esfuerzo económico
y político que el Perú debe precisar mejor como interés
nacional. La Comunidad Andina, alumbrada bajo el modelo de integración
europeo, los requerimientos económicos identificados por
la CEPAL y no escasos objetivos geoplíticos, intenta perfilar
ese interés ahora a través de la vía procesal
promoviendo un acuerdo de asociación que debe empezar a negociarse
en la cumbre andino-eruopea del 2006 a realizarse en Viena. El origen
cercano de ese largo proceso ha sido oficialmente establecido en
el Convenio de Diálogo Político y Cooperación
(Roma, 2003) y en la Cumbre de Guadalajara (2004) y su desarrollo
pasa por la actual evaluación conjunta andino-europea sobre
la calidad del proceso de integración subregional.
Entre otros obstáculos, éste tendrá todavía
que superar –a través de criterios flexibles- el hecho
de que, por ejemplo, a pesar del tiempo transcurrido (tres décadas)
la CAN no constituye aún una unión aduanera seria.
De manera complementaria, ese obstáculo podrá ser
superado estableciendo acuerdos de cooperación sectorial
eficaces en materia de cohesión social, medio ambiente, energía,
drogas y promoción del empleo, por ejemplo.
Estos objetivos se acaban de definir en la reunión del
Consejo Andino de Ministros de Relaciones Exteriores con la señora
Ferrero-Waldner al enfatizarse el apoyo al Plan Integral de Desarrollo
Social de la CAN que busca articular los objetivos de la integración
con metas sociales que debieran ser incorporados a las políticas
económicas de los países miembros. En tanto en este
acápite la idea es de naturaleza primaria - promover la gobernabilidad
democrática a partir de políticas de inclusión
que añadan participación a la democracia representativa-,
se verá que el objetivo de una asociación más
o menos equilibrada tiene un punto de partida bastante bajo. Si
bien éste distancia la realización plena del objetivo
también ofrece un rango de interrelación de techo
bastante alto.
En esta perspectiva deberá tenerse presente que las posibilidaes
andinas de llevar a cabo políticas de cohesión que
sustenten la integración no podrán, de momento, aproximarse
al modelo europeo. Éste patrocina protección social
suficiente, promueve efectivamente el empleo y los derechos laborales,
protege a los grupos más vulnerables, procura eficazmente
la igualdad de oportunidades y la inclusión y promueve un
trato migratorio convergente. Los fondos con que cuenta la UE para
llevar a la práctica estos objetivos –al margen de
los disponibles para la cohesión regional- sencillamente
no están al alcance de los países andinos. Por lo
demás, la orientación de nuestras políticas
económicas inhiben hoy la incorporación plena de esos
objetivos. Por lo tanto, el esfuerzo andino en la dirección
anunciada deberá redoblarse definiendo metas cuantitativas
realizables de acuerdo a nuestras posibilidades.
De otro lado, la señora Ferrero-Waldner ha propuesto en
Lima un escenario común en donde los intereses compartidos
tengan mejor capacidad de realización: el multilateralismo
como columna vertebral de las respectivas políticas exteriores.
Eso está muy bien, siempre que se recuerde que el bilateralismo
es hoy, quizás más que ayer, una realidad de nuestra
proyección externa y que, en el ámbito actual de reformas
de la ONU que implica la ampliación contenciosa del Consejo
de Seguridad como tema medular, el multilateralismo encontrará
dificultades. Por ello, la señora Ferrero-Waldner ha dejado
claramente establecido que, en tanto el proceso de ampliación
del Consejo no está asegurado, es necesario que andinos y
europeos se concentren en trabajar conjuntamente en otras instancias
de la ONU, especialmente en las instituciones que regimentan los
acápites de derechos humanos y sociales.
Teniendo en cuenta las dificultades contextuales y la realidad
de las asimetrías, la visita de la Comisario de Relaciones
Exteriores de la Unión Europea confirma para el Perú
y la Comunidad Andina una oportunidad estratégica que no
podemos perder. El logro de un mejor posicionamiento en Occidente
sobre la base de una sociedad democrática, económicamente
más justa y socialmente mejor cohesionada depende de nosotros.
Pero está claro que a la UE le interesa y desea echar una
mano.
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