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EDITORIAL
El ataque a uno es ataque a todos
Alejandro Deustua
7 de julio de 2005
Londres, como Nueva York, es el prototipo de una urbe cosmopolita.
Su dimensión global es definida por una ciudadanía
multicultural y por un mercado en el que el capitalismo global no
es precisamente intangible. Por lo demás, es la sede de un
gobierno comprometido con la guerra, la reconstrucción y
el logro de un Irak libre y no hostil. En la era del terrorismo
de alcance global, esta urbe occidental es el blanco perfecto. Los
agentes terroristas –probablemente Al Qaeda- acaban de confirmarlo
matando civeles indiscriminadamente.
Y lo han hecho –como en Madrid- atentando contra el transporte
público en hora punta ya no para cambiar una elección
sino, quizás, para desafiar a las grandes potencias –el
G8- en momentos en éstas debaten, atípicamente, sobre
cómo aliviar la pobreza y el medio ambiente. Y probablemente
–como en Munich- lo han hecho también para deprimir
el entusiasmo colectivo en torno a un acontecimiento de origen occidental:
los juego olímpicos cuya sede Londres acaba de obtener para
el 2012.
Pero antes el agente terrorista asesinó en Indonesia y
en Filipinas y en Kenya y en Arabia Saudita y en Nueva York y en
Israel. Decodificar la “racionalidad” de quienes definieron
la oportunidad de esos blancos escapa a los atributos de una inteligencia
normal. Salvo por una evidencia: el ámbito de acción
de estos agentes organizados tiene dimensión global y, en
consecuencia, los amenazados somo todos los ciudadanos de los Estados
que pertenecen a la comunidad internacional que, aún trabajosamente,
pretende organizarse bajo la Carta de las Naciones Unidas.
Es más, si el terrorismo de Al Qaeda -y de las más
de 40 organizaciones listadas por diferentes potencias e instituciones
internacionales- puede estar dirigido contra Occidente, su mortal
irredentismo es también de carácter universal. De
allí que el ataque en Londres –como el de Bali- sea,
efectivamente, un ataque a cada miembro de la comunidad internacional.
Y si es así, la reacción internacional no puede ser
sólo la de presentar condolencias a los ingleses, sino la
de plantear cómo y cuándo vamos a conformar verdaderas
alianzas para combatir al terrorismo global.
Si bien la ONU ha hecho esfuerzos para avanzar en una plataforma
antiterrorista, ésta no logra conformarse por divergencias
políticas sobre una definición general (¿es
legítimo matar civiles para amedrentar sea por motivos de
“resistencia”, de coerción estatal o de ejercicio
bélico de la fuerza?) que probablemento nunca logrará
consenso. Esa discusión interminable paraliza la acción
colectiva al tiempo que limita la respuesta individual a acciones
blandas ligadas, por ejemplo, al intercambio de información.
De allí que el requerimiento de la alianza para confrontar
materialmente una amenaza concreta sea tan indispensable como urgente
es que pase por la ratificación del principio de solidaridad
–el ataque a uno es el ataque a todos- que hoy se diluye en
términos como “seguridad cooperativa” o “seguridad
integral”.
Pero una alianza sólo puede estar conformada por Estados
fuertes fundados en valores firmes y compartidos. En consecuencia,
la lucha antiterrorista reclama también la vigorización
de los Estados y las economías de los países que desean
luchar contra el terrorismo y que hoy se ven inhibidos de hacerlo
por sus propias vulnerabilidades. Una de ellas es, entre nosostros,
la flaqueza que ciertas autoridades muestran en la lucha contra
uno de los factores que alimentan el terrorismo: el narcotráfico.
Es posible que muchos consideren que Londres sigue estando demasiado
lejos de Lima. No es lo que Al Qaeda y sus socios piensan. En consecuencia
debemos actuar para prevenir la amenaza y derrotarla en cada uno
de los eslabones que la componen.
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