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EDITORIAL
El gran proyecto del sur: esclarecer sin detener
Alejandro Deustua
4 de julio de 2005
Los grandes proyectos enmarcados en la Iniciativa para la Integración
de la Infraestructura Regional Suramericana constituyen una prioridad
nacional formalizada por los presidentes suramericanos desde el
2000. En ese marco el Perú ha seleccionado cuatro ejes de
integración entre los que se encuentra la denominada vía
interocéanica del sur. Ésta corresponde al eje 6 del
proyecto IIRSA denominado Perú-Bolivia-Brasil.
Recientemente el gobierno ha licitado tres tramos de esas carreteras
por aproximadamente US$ 800 millones en concesiones de alrededor
de 1000 kms con un impacto articulador de no menos de 2600 kms.
que debe beneficiar potencialmente a 5.7 millones de ciudadanos.
Sin embargo, las licitaciones han sido cuestionadas por apresuradas
y “electoreras”.
No estamos al tanto de los pormenores del concurso ganado por un
consorcio peruano-brasileño y por otro principalmente brasileño.
Pero en tanto los proyectos tienen una factibilidad avalada por
la CAF, el BID y el Fonplata, nadie duda de su rendimiento de largo
plazo. Y tampoco de potencial geopolítico, de desarrrollo
y de integración en un área vital para el Perú,
central para la región y fundamental para el conjunto del
IIRSA.
Teniendo en cuenta este valor sustancial, es necesario aclarar a
la brevedad posible y con la máxima pulcritud, las dudas
surgidas en torno al proceso de concesión del eje en cuestión.
Al hacerlo, será necesario considerar que a organismos de
prestigio internacional, como la CAF, difícilmente escaparía
un manejo oscuro de un proceso de ejecución que pusiera en
cuestión su rol financiero aún cuando su participación,
como en este caso, sea complemenentaria a la del sector privado
y de la banca de fomento brasileña. Por lo mismo, el proceso
de esclarecimiento debe ser enérgico, preciso e inmediato.
Como se sabe, los tramos licitados (Urcos-Iñambari, Iñambari-Inambari
e Inambari-Azángaro) forman parte del eje Perú-Bolivia-Brasil
cuya proyección vinculará a 13 demarcaciones políticas
de 3 países: Madre de Dios, Cuzco, Puno, Tacna, Moquegua,
Arequipa y Apurímac en Perú; Acre, Rondonia, Amazonas
y Matogrosso en Brasil y, como zona de influencia, Pando y Beni
en Bolivia. El tramo 1 de esta vía que comunica Nazca con
Cuzco ya está listo mientras que los licitados tramos peruanos
2, 3 y 4 deben integrar el corazón amazónico del noroeste
brasileño con la sierra y la costa del sur del sur del Perú
incluyendo a los puertos de Ilo y Matarani.
Esta red debe incrementar la capacidad articuladora del eje inteorceánico
central que comunica Ilo y Matarani con los puertos atlánticos
del sur del Brasil que tienen en la carretera Ilo-Desaguadero-La
Paz y su proyección al oriente boliviano un puntal ya construido
y en pleno uso.
Desde el punto de vista oficial, el eje Perú-Bolivia-Brasil
tiene, en general, las mismas cualidades generales de los demás
ejes: generar desarrollo con internacionalización económica
a través de corredores que deben agregar valor a lo largo
de la ruta (a diferencia del concepto de “polo de desarrollo”,
que es local). Y, en particular, el eje debe facilitar las exportaciones
peruanas de productos agrícolas e industriales al Brasil,
promover el comercio legal de madera en la zona y abrir para Rondonia
y Acre una ruta hacia el Pacífico.
Este es un eje de penetración hacia el corazón amazónico
y, complementariamente, uno de potencial articulación bioceánica
a través del transporte intermodal (a diferencia del eje
interoceánico central que tiene clara vocación bioceánica
al tiempo de articular el centro continental suramericano). Si bien
el eje interoceánico central es, quizás, de mayor
importancia geopolítica que la vía que ocupa ahora
nuestra atención en tanto permite el acceso internacional
al heartland suramericano con proyección a ambos océanos,
el eje Perú-Bolivia-Brasil, permite un acceso eficiente a
la periferia de ese heartland con vocación eminentemente
continental a pesar de su proyección marítima. La
idea es acá la creación de un gran mercado interno
donde hoy sólo hay unidades económicas aisladas, la
generación de riqueza por agentes que hoy gastan mucho más
de lo que debieran en importar insumos y productos básicos
teniendo en cuenta un potencial exportador (fundamentalmente agropecuario)
y arraigar al poblador en la zona.
Aunque los puertos de Ilo y Matarani son fundamentales para el eje
Perú-Bolivia-Brasil, quizás lo sean menos que para
el eje interoceánico central cuya carretera principal en
el occidente suramericano (Ilo-Desaguadero-La Paz) tienen mayor
vocación de exportación extraregional. Aunque esta
vía aún no transporta el extraordinario volumen de
productos asumido cuando se inició el proyecto, pocos dudan
de su eficacia actual y de su potencial futuro si se mide, entre
otros indicadores, por el importante crecimiento de Matarani. De
la misma manera, las carreteras peruano-brasileñas con acceso
al Pacífico quizás demoren en producir un tráfico
equivalente al potencial regional, pero sin duda lo alacanzará
en el largo plazo potenciando la importancia de los puertos peruanos
que sólo pueden benefiacirase de la mayor carga esperada.
De otro lado, esta carretera, contribuye sustantivamente a la consolidación
infraestructural de una relación sustancial para el Perú
que, como la sostenida con el Brasil, escasea en interdependencia
al tiempo que es excedentaria en retórica. Si la brecha entre
la relación política y la económica no se cierra
entre los dos principales vecinos de la cuenca amazónica,
el desequilibrio estratégico en la zona será, para
ambos, un pasivo creciente. Pero el costo de ese desbalance lo sufragará
mucho más el Perú que el Brasil, que tiene mucho mayor
capacidad autónoma de ocupación territorial, al tiempo
que nuestro país perdería la extraordinaria posibildad
que se le ofrece al sur de encontrar mercados cercanos de no desdeñable
demanda y capacidad adquisitiva.
Finalmente, este proyecto, junto con el eje amazónico del
norte y el andino, es principalísimo para posicionar al Perú
como un centro de articulación geoeconómica y para
incrementar sustantivamente los aún relativamente escasos
beneficios de la integración subregional. Para ello será
fundamental que las regiones del sur, cuyos procesos de organización
macroregional están peligrosamente empantanados –y
eventualmente amenazados por fuerzas de fragmentación- logren
articular posiciones comunes derivables en beneficios económicos
y de desarrollo que no serán de corto plazo. Eso lo saben
sus dirigentes y empresarios que, en consecuencia, deben actuar.
Un proceso de licitación cuestionado sencillamente no puede
poner en riesgo la posibilidad de que el sur del Perú –hoy
enfermo de pobreza- se brinde a sí mismo la opción
de recuperar su dinamismo y progreso. Al respecto, cuestionadores
y cuestionados deben esclarecer, con urgencia, cualquier aspecto
procesal pendiente.
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