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EDITORIAL
Integración energética y condicionalidad
boliviana
Alejandro Deustua
29 de junio de 2005
La integración energética es una vieja aspiración
andina y conosureña de seguridad económica. Aunque
el tema ocupa un sitio desde hace tiempo en las agendas regionales
éste ha tendido a replantearse políticamente prefiriendo
realizaciones de carácter bilateral y parcial (los casos
iniciales de Perú-Ecuador y Perú-Bolivia, o los más
intensos como los de Bolivia-Brasil, Argentina-Chile o Paraguay-Brasil-Argentina).
A pesar de que la materia tiene un connotación estratégica
que no escapa a nadie –especialmente en el caso de los hidrocarburos-,
la aproximación oficial en la región ha sido la de
buscar ventajas mutuas en el entendido de que éstas no pueden
ser simétricas. Sin desconocer la importante calidad geopolítica
del escenario enriquecido por la energía, nuestros países,
al revés de lo que ocurre en otras partes (el Medio Oriente
o el Cáucaso, p.e.), no han optado por el empleo de la materia
prima como un negocio intrínseca y excluyentemente influido
por una dimensión estratégica mayor.
En la región la opción integracionista ha sido redefinida
en el esquema IIRSA emergido de las reuniones cumbre suramericanas
iniciadas el 2000. Este esquema –que, además de la
integración energética, incluye la integración
vial y de telecomunicaciones- ha sido aprobado por todos los miembros
de lo que ha devenido en denominarse Comunidad Suramericana de Naciones.
Es en ese marco, que, a propósito de la crisis energética
en el sur del continente, se ha replanteado la idea del llamado
“anillo energético” referido a la interconexión
de gasoductos regionales. El esquema incluye a todos los países
del Cono Sur y al Perú habiéndose invitado a Bolivia
sin cuyas reservas de gas el esquema no tendría mayor éxito.
Los que hemos criticado la conformación prematura de la
Comunidad Suramericana de Naciones por haber adelantado un proyecto
político sin contar con la infraestructura económica
suficiente, hemos apoyado la iniciativa en tanto que ésta
brindaría un soporte físico, de interdependencia y
de confianza mutua a un mercado regional aún precario. La
referencia ineludible es aquí la Comunidad Europea del Carbón
y del Acero que dio pie a la Comunidad Europea y luego a la Unión
Europea.
Sin embargo, las autoridades bolivianas parecen entender que el
proyecto las margina en tanto su país no tomó parte
de las conversaciones iniciales. A esa percepción errada,
dichas autoridades agregan la amenaza de que de llevarse a cabo
el esfuerzo integracionista, el compromiso de exportar gas por el
Perú sería revisado en tanto aquél restaría
sustento al uso del recurso como medio para intentar una solución
del problema de su mediterraneidad.
Tal argumento es rebatible por varias razones. La primera es que
Bolivia no ha resuelto aún cuál es el status de su
recurso energético. En efecto, a pesar de que las autoridades
bolivianas ya están poniendo en práctica la ley de
hidrocaburos emanada de una crisis y que no cuenta con el consenso
adecuado, el ánimo ciudadano sigue siendo el de someter la
condición jurídica de esa materia prima a los términos
que dictará una próxima Asamblea Constituyente. Como
es bien sabido, una buena parte de los gremios del occidente boliviano
que llevaron al país a una crisis cuasi terminal han planteado
la nacionalización del recurso.
En consecuencia, mientras los bolivianos no se pongan de acuerdo,
sus vecinos no podrán tomar decisiones sustantivas de integración
energética. En esta materia, los mejores deseos de integración
regional se topan con la incertidumbre que genera Bolivia en este
acápite antes que con el supuesto ánimo manipulador
de sus socios.
Una segunda razón oponible a la argumentación sobre
el aislamiento boliviano radica en la política exterior de
ese vecino. En efecto, Bolivia ha establecido que el gas es un instrumento
que debe ser utilizado para solucionar el problema de su mediterraneidad.
Este interés nacional ha sido fortalecido por un referendum.
En consecuencia, antes que como instrumento de integración
el vecino desea emplear el recurso energético como herramienta
de poder priorizando ese uso sobre su aspiración de convertirse
en un centro energético suramericano. En ese marco estimuló
oficialmente la competencia entre Perú y Chile por el acceso
a los derechos de salida del recurso. De allí que considere
cualquier esquema de integración como un factor que erosiona
la calidad del hidrocarburo como instrumento coercitivo de política
exterior. Más aún si uno de los interesados principales
en el esquema es Chile.
Una tercera razón que desmerece la argumentación
de que los vecinos están aislando a Bolivia radica en una
reciente oferta de la candidata socialista a la presidencia de Chile.
La señora Bachelet, posible triunfadora en los próximos
comicios de ese país, acaba de abrir la puerta a la posibilidad
de nuevas conversaciones con Bolivia sobre todos los temas y ha
replantedo un viejo esquema de integración entre las zonas
fronterizas de Perú, Bolivia y Chile. Si esa oferta se materializa
implicaría que un uso integracionista del recurso boliviano
podría ser autorizado por los propios bolivianos en tanto
facilite las negociaciones boliviano-chilenas. En ese caso, la alternativa
peruana pasaría a un segundo plano.
Si las autoridades bolivianas están al tanto de estos planteamientos
–como lo están- sería interesante que en lugar
de proponer escenarios de aislacionismo y marginación , éstas
abrieran una ventana integracionista en torno al uso del gas para
crear un ambiente en el que el tema de su prioridad - la mediterraneidad-,
pueda ser mejor tratado. Ésta no es sólo una mejor
alternativa a la la del uso del recurso como instrumento de coerción
sino que facilitaría a Bolivia un rol principalísimo
como agente de integración energética en la que todos
ganan. Especialmente ese país hermano.
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