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EDITORIAL
La amenaza cocalera
Alejandro Deustua
24 de junio de 2005
Mediante la negociación de la ordenanza que pretende liberar
el cultivo de coca en un valle del Cuzco el gobierno regional de
ese departamento acaba de disputarle al Estado capacidades esenciales
para el ejercicio de la soberanía interna.
No otra cosa supone la disposición regional de sustraer
de la jurisidicción nacional la capacidad de establecimiento
del orden interno y de vinculación con el derecho internacional
en una materia que como, el cultivo de coca, involucra el desarrrollo
y la seguridad del Estado. Y como si ello no constituyera de por
sí un inadmisible incremento de la vulnerabilidad nacional,
la disposición sublevante ha sido instrumentada por un representante
de un partido oficialista –el señor Cuaresma- de la
mano de organizaciones cocaleras cuyo vínculo con el narcotráfico
es un hecho ya incuestionable.
El hecho de que el gobierno haya minimizado el desconocimiento
de su propia autoridad asegurando que la legalidad de la ordenanza
cuzqueña se aclarará en un reglamento, sólo
incrementa la gravedad de una sublevación cuyas excentricidades
–la “expulsión” de Devida y la “declaración”
del Primer Ministro como persona non grata- reflejan su peligrosísima
irracionalidad.
El gobierno sencillamente no puede ser cómplice de semejante
hecho delictivo si no desea ilegitimarse interna e internacionalmente.
Su respuesta, en consecuencia, no puede ser otra que la aplicación
de la ley nacional en el Cuzco y, si fuera necesario, la del ejercio
de la coacción que está en capacidad de ejercer para
cumplir con su primera obligación: el adecuado resguardo
de la seguridad y unidad nacionales.
El precio de no hacerlo es conceder al narcotráfico las
facilidades que en la década de los 80 se otorgaron al terrorismo.
Y, como nos consta, de ese camino no se sale sino al costo de una
terrible tragedia. Ese precio no se volverá a pagar en nuestro
país. Y menos en un contexto en el que el tránsito
de la ingobernabilidad a la inviabilidad lleva a las inmediaciones
de la fragmentación del territorio y de la ciudadanía
a caballo de las organizaciones cocaleras, entre otras, como dicta
la experiencia de un país vecino.
Estas organizaciones quisieran eliminar en el Perú el límite
entre lo ilegal y lo ilegal establecido por el Estado desconociendo,
además, el consenso existente en torno a la lucha contra
el narcotráfico en los ámbitos nacional, hemisférico
y global. Ese límite ha sido trazado por el Perú y
por comunidd internacional en acuerdos que van dese la Convención
Única de Estupefacientes suscrita en el marco de la ONU en
1961 hasta la Convención de Viena de 1988. Estas disposiciónes
obligan, bajo el principio de responsabilidad compartida, a erradicar
la oferta y la demanda ilegales derivados de los estupefacientes
incluidos en la lista 1 anexa al primer tratado entre la que se
encuentra la coca. Ello sin perjuicio de los cultivos para uso tradicional
que en el Perú no llegan a 10 mil has.
Si la explotación ilegal de ese recurso supone eventualmente
delito (en el Perú hay 50 mil has), éste ha devenido
en amenaza a la seguridad nacional e internacional por su oscura
vinculación con el terrosimo especialmente en la subregión
adina. El conjunto interamericano así lo ha reonocido mientras
que los mecanismos de asociación comercial y de seguridad
con las grandes potencias (el ATPDEA y el TLC con Estados Unidos,
el SGP Plus con la Unión Europea) pasa por el combate de
esa lacra.
Negociaciones como las estabecidas entre el Ejecutivo y el señor
Cuaresma –que, además, manchan el proceso de descentralización-
nos ponen peligro, nos aislan y nos deben poner en guardia. El Perú
no puede rendirse frente al narcotráfico y sus representantes
sin arriegar su propia sobrevivencia. El Estado tiene que reaccionar.
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