|
EDITORIAL
Atentado contra el Estado
Alejandro Deustua
22 de junio de 2005
El gobierno regional del Cuzo acaba de imponer su voluntad al
gobierno central a propósito de un tema que, como el narcotráfico
y la siembra de coca, compete a la seguridad nacional. Frente a
la pérdida de autoridad, de la capacidad jurisdiccional y
del Estado de Derecho que este hecho representa, ningún atenuante
es suficiente.
En esta perspectiva resulta inconcebible que el Ejecutivo desee
hacer aparecer la negociación entre el Presidente, el Primer
Ministro y el presidente del gobierno regional del Cuzco sobre la
reducción del ámbito de la ordenanza que liberaliza
el cultivo de coca en un valle en lugar de tres, como un resultado
aceptable cuyas connotaciones ilegales se aclararían en un
“reglamento”. Nada más escanadaloso y alarmante.
Lo que ha hecho el Ejecutivo ha sido ceder parte de la escasa
soberanía nacional frente a reclamaciones ilegales de la
organización cocalera que está en marcha en el Përú
desde hace tiempo. Al someterse al capricho regional, el Ejecutivo
ha mostrado, en conseuencia, una alarmante debilidad que pone en
cuestión la viabilidad política del Estado.
Ello se expresa en la incapacidad manifiesta del gobierno para imponer
el Estadode Derecho y ejercer la autoridad respaldada por el monopolio
legítimo de la fuerza como condición de vida para
cualquier unidad política en un tema que reclama la aplicación
de la ley nacional y de tratados internacionales de similar jerarquía
jurídica.
Hasta hoy, el Estado peruano establecía los límites
legales de los cultivos de coca de acuerdo a las obligaciones nacionales
que le corresponden (Devida los había establecida en 9000
has.). Esa función se ejercía, a su vez , en armonía
con los tratados internacionales de carácter mutlilateral
que clasifican a la coca como un estupefaciente colocado en la lista
1 de la Convención Única de Estupefacientes de la
ONU de 1961 y cuyo cultivo ilegal debe ser erradicado bajo los términos
del la Convención de Viena de 1988. Estos tratados no afectan
el cultivo destinado a los usos tradicionales que son admitidos
como legales.
En el Perú, como es de sobra conocido, la coca ilegal (el
90% de los cultivos) está destinada al narcotráfico.
Y éste es un deltito sancionado nacional e internacionalmente
en tanto sus agentes violentan, de manera reconocida, la seguridad
local y la externa.
Cualquier vulneración de estas normas implica desconcimiento
del derecho internacional y coloca al Estado que lo permite en situación
de constituir una amenaza a la comunidad internacional según
los términos que registra la redefinición de la seguridad
colectiva interamericana.
Para controlar esa vulneración eventual, la OEA a través
de una de sus instituciones –la CICAD- ha intentado sustituir,
sin éxito, el régimen de fiscalización que
ejerce Estados Unidos. Esta potencia evalúa anualmente el
comportamiento de los Estados en esta materia. El incumplimiento
de las normas internacionales y de las políticas de cooperación
establecidas puede conducir a la sanción. Uno de los extremos
de la misma implica la suspensión del acceso del Estado violentador
a las fuentes de crédito multilateral.
Si el Perú ha manifestado su desacuerdo con este sistema
evaluatorio, también ha recononcido al narcotráfico
y los elementos que lo conforman como una seria amenaza a la seguridad
nacional al margen de la calificación que merezcan los métodos
para combatirlo. Es esta amenaza la que el señor Cuaresma
acaba de potenciar.
Por lo demás, ello ocurre en un contexto en el que los cocaleros
bolivianos que pretenden la legalización de cultivos han
contribuido a la renuncia forzada de dos Jefes de Estado mediante
acciones que, invocando un doble discurso “étnico”
y “nacionalista”, ha puesto en peligro la unidad nacional
del país hermano. Ese síndrome se ha esparcido sobre
el Perú cubriendo a la totalidad de las cuencas cocaleras
que cubren de sur a norte nuestra ceja de selva. El presidente regional
del Cuzco, el señor Cuaresma, con la venia del Ejecutivo,
acaba de potenciar exponencialemte ese factor disociador.
Y lo ha hecho buscando un rol político que adquiere grotescamente
la fisonomía “indigenista” de los movimientos
bolivianos confrontando, con éxito, al gobierno central.
El correlato marginal de ese atrevimiento es la ilegitimación
del proceso de descentralización. En efecto, un gobierno
a tal punto débil sencillamente no puede llevar a cabo un
proceso de devolución de poder en un país de tradición
centralista sin que ello genere ingobernabilidad adicional.
Peor aún, lejos de llamar al orden al señor Cuaresma
y al partido oficialista al que pertenece –el FIM-, el Ejecutivo
ha preferido mantener la alianza con esa agrupación cuyo
jefe ejerce además la representación del Estado peruano
en España..
La conjunción de este conjunto de factores permiten afirmar
que el Estado peruano ha inaugurado una dimensión de vulnerabilidad
interna y externa no vista desde el desafío planteado por
Sendero Luminoso. Por tanto, su condición de factor de equilibrio
en la subregión andina acaba de ser echada por la borda al
tiempo que su inserción externa será cuestionada por
los socios estratégicos y económicos.
El Ejecutivo debe dar inmediata solución a este problema
teniendo en cuenta un hecho adicional: los ciudadanos no vamos a
permitir la erosión adicional del Estado peruano, ni su fragmentación
ni el cambio pernicioso de su naturaleza.
DERECHOS RESERVADOS
El Editor (ADC) |