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EDITORIAL
El G7 y los HIPCs
Alejandro Deustua
20 de junio de 2005
Si para todos está claro que la problemática del
desarrollo ha cedido su lugar al combate de la pobreza en la agenda
internacional (los Objetivos del Milenio así lo confirman),
la realidad de la existencia de 2.7 mil millones de pobres en el
mundo y de 1.2 mil millones que viven en pobreza extrema reclama
la atención inmediata y eficiente de esa problemática
mientras que la del desarrollo todavía puede ser debatida.
Por ello –y al margen de los intereses que cada potencia
desee satisfacer- la reciente decisión del Grupo de los 7
de cancelar el 100% del stock de la deuda a un conjunto de países
pobres altamente endeudados con el FMI, el Banco Mundial, el Banco
de Desarrollo Africano y los países integrantes de ese Grupo,
debe ser bienvendida por todos los integrantes del sistema internacional.
Como se sabe, la decisión se aplicará de inmediato
a un grupo de 18 países, luego –en 12 a 18 meses- a
otros 9 y luego a un grupo adicional. Aunque los beneficiarios del
primer y segundo grupo son esencialmente países africanos,
incluye a tres latinoamericanos: Bolivia, Honduras y Surinam.
En lo que hace a Bolivia el sustancial alivio financiero debiera
constituir una bocanada de viabilidad para ese país cuando
éste se mantiene al borde de la quiebra política.
Pero en tanto la condonación seguramente ratificará
los requerimientos de buena gestión macroeconómica
definida bajo los parámetros de los organismos mutlilaterales,
quizás no pocas de las fuerzas políticas emergentes
en el vecino se muestren indispuestas a aceptar esa condicionalidad.
Al respecto, debe recordarse que, hacia mediados de la década
pasada, Bolivia ya fue objeto de una reducción de deuda superior
al 50% de la misma bajo facilidades otorgadas a los países
pobres fuertemente endeudados. La disciplina impuesta mejoró
la perfomance, pero ciertamente no la tranquilidad social y mucho
menos ha minimizado el debate ideológico sobre la economía.
Si esta segunda condonación va reflejarse en la reducción
del 63% de la pobreza existente en ese país, debiera suponerse
que la aceptación de la condonación será mayoritaria.
Sin embargo, la dimensión ideológica de su manejo
en un contexto interno enardecido puede neutralizar si no su realización
sí sus beneficios. Si ello ocurre, no será el modelo
económico el más afectado –éste, después
de todo, se ha flexibilizado- sino la posibilidad de lidiar con
la exclusión social en un contexto de potencial menor presión
financiera y de alta vulnerabilidad externa. Esta es la dimensión
trágica que suele adquirir la confrontación ideológica
en un escenario político intensamente fragmentado.
En efecto, la atención urgente del problema de la pobreza
en Bolivia puede paralizarse desde dentro por la discusión
económica en torno a la conveniencia del mantenimiento del
statu quo, la reforma o la revolución económica. Los
grupos radicales del occidente boliviano –aquéllos
que proponen la nacionalización de los recurosos naturales
y la estatización de la economía- tenderán
a rechazar los términos de la condonación Y los grupos
empresariales del oriente boliviano, en cambio, tenderán
a aceptarla. Alguna transacción entre ambos podría
encontrar sitio en la aproximación reformista al “modelo
económico” si los más pobres en Bolivia desean
añadir mejoras reales a su nueva capacidad de confrontación
política.
A dilucidar ese debate podría concurrir el Grupo de los
7 planteando más claramente la disminución de la condicionalidad
de su aporte fraccionando el problema: una parte de la reducción
podría ser incondicional (y taducida en proyectos ad hoc)
y otra sometida a los requerimientos de los multilaterales.
Para contextualizar el problema es bueno recordar que el trato
a los países pobres altamente endeudados empezó a
aplicarse por el FMI y el Banco Mundial desde 1996 a la luz de la
extraordinaria magnitud de la exclusión global y de la insuficiencia
de la asistencia externa para aliviar la insustentabilidad de la
carga de la deuda. Para implementar las facilidades a este nuevo
grupo de países los organismos requierieron desde un principio
que los beneficiarios establecieran, prima faciae, un comportamiento
verosímil de cooperación con sus disposiciones sobre
gestión macroeconómica y reforma estructural.
Tales usos econonómicos debían ser generados primero
por acuerdos interinos para, luego de consolidarse aquéllos,
pasar a acuerdos definitivos de efectiva reducción de deuda.
Bajo esta modalidad, el FMI y el Banco Mundial han reducido alrededor
de US$ 58 mil millones la deuda externa a 27 países (24 de
los cuales son africanos, confirmando la orientación regional
de la facilidad).
El problema a considerar ahora es cómo convencer a los
eventuales beneficiarios –especialmente a los no africanos-
de que esas políticas van a generar crecimiento sostenido
con mejor distribución, que la reducción se reflejará
efectivamente en mejor gasto y que éste compensará
a los más pobres por los beneficios no percibidos de la apertura
de sus economías.
Esas preocupaciones deben estar presentes en el Grupo de los 7
en tanto muchos de los recursos liberados serán orientados
a países con mínima gobernabilidad, alto grado de
conflicto civil y, en no pocos, en situación de muy lenta
reconstrucción. Los problemas internos sobrepasan en estos
países a los cálculos de sostenibilidad de la deuda
en función a sus exportaciones o sus ingresos.
Además de ello, dos problemas emergentes deben plantearse
en torno a los denominados países pobres más altamente
endeudados. El primero consiste en su altísima concentración
regional que discrimina abiertamente en perjuicio de otras economías
con problemas de sostenibilidad financiera. El segundo, radica en
la creación de una nueva categoría de países
que concentra el trato preferencial de los países desarrollados
reduciéndolo a su versión financiera en perjuicio
de una aplicación más amplia y efectiva (en negociaciones
económicas, p.e) a países en desarrollo de acuerdo
con lo establecido en diferentes acuerdos internacionales.
Si todos los miembros del sistema internacional deben contribuir
a aliviar la insostenible carga de la deuda en países con
alto grados de pobreza, esa obligación no pasa por la postergación
de la solución del mismo problema en otros países
pobres con algo más de solvencia. En estos países
la disposición al pago debe poder ser acompañada con
una mejor evaluación de la capacidad de pago con el doble
objetivo de reducir la pobreza y mantener la confianza del sistema
financiero internacional.
Para tratar este tema el diálogo con los países
desarrollados debe ser más directo y menos intermediado.
Al respecto el acceso al Grupo del los 7 no debiera ser monopolizado
por el Grupo de los 15. Éste quizás podría
ser complementado por el diálogo con regiones organizadas.
Una vez establecida esa interacción, los problemas del desarrollo,
más allá de los Objetivos del Milenio, deben ser devueltos
a la prioridad de las agendas multilaterales.
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