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EDITORIAL
Una amenaza contra el desarrollo y la seguridad nacionales
Alejandro Deustua
17 de junio de 2005
Si el gobierno regional de Cuzco aprueba la ordenanza que permite
la legalización de todo cultivo de la coca en ese departamento
atribuyéndole, sin límites, propósitos tradicionales
y medicinales, estará antentando contra la ley y la seguridad
nacionales, violando el derecho internacional y cuestionando seriamente
la dimensión de desarrollo del proceso de descentralización
El hecho es aún más grave en tanto que el peligro
en que se colocaría a los valles de La Convención,
Yautile y Lares –que , en conjunto, organizan el tercer escenario
de mayor cultivo de coca en el Perú- sería de iniciativa
de conspicuos miembros de un partido oficialista (el FIM) a cargo
de la autoridad regional cuzqueña. Ello indicaría
que el tan anunciado efecto contagio del movimiento cocalero boliviano
estaría siendo transmitido ya no por “campesinos”
postergados sin por aliados del propio gobierno central. De allí
a que los liderazgos políticos en Cuzco y en el Estado peruano
aparezcan vinculados a la cadena del narcotráfico sólo
hay un solo e intolarable paso.
Ello coloca al gobierno regional del Cuzco y al FIM en la obligación
perentoria de dar marcha atrás y al gobierno central en la
exigencia de restablecer inmediatamente la autoridad central descalificando
la norma anunciada y denunciando a quienes estén en proceso
de violentar la ley y la seguridad nacionales.
Como se sabe, en el Perú se establece una clara diferencia
entre el cultivo legal e ilegal de coca y la ley –no una ordenanza
regional o municipal- establece la magnitud de los cultivos legales.
Éstos han sido cuantificados entre 10 y 12 mil hectáreas
en los últimos años en tanto esa cantidad satisface
los usos tradicionales y medicinales locales. Todo lo demás
es, por tanto, cultivo ilegal cuyo destino es el narcotráfico
en un 90% de los casos.
Las autoridades cuzqueñas deben estar al tanto de esa realidad
incotrovertible y también de que las leyes sólo son
competencia del Congreso (y del Ejecutivo para su iniciativa y/o
aprobación). Especialmente de aquéllas que establecen
el marco jurídico que permite al Estado central brindar seguridad
a los ciudadanos y establecer la jurisdicción nacional sobre
el conjunto del territorio. En ello consiste parte del rol de la
soberanía en un contexto global que la erosiona progresivamente.
Y, como tampoco puede desconocer el gobierno regional del Cuzco,
el combate al narcotráfico no es sólo en el Perú
un asunto de desarrollo sino de seguridad nacional. Por tanto, son
los organismos del Estado central –los más amplios
como las Fuerzas Armadas y Policiales y los más específicos
como Devida- los que están encargados de protegerla y aplicarla
para lograr el bien común. Desconocer este hecho limita con
la subversión y ciertamente se confunde con el delito.
Por lo demás, el Perú ha suscrito tratados internacionales
en materia de drogas que establecen claramente qué cultivos
son erradicables y cuáles no. La coca está dentro
de los primeros salvo en aquellos casos en que su uso se oriente
al consumo tradicional. En tanto la cantidad requerida para ese
fin ya está establecida, el resto debe ser erradicado o sustituido
si el Perú desea respetar el derecho internacional y establecer
una adecuada inserción jurídica, que es otra de las
obligaciones que corresponde a los Estados soberanos.
A nadie escapa, de otro lado, que el cultivo de la coca no sólo
está asociado con el narcotráfico sino con otras amenazas
emergentes o trasnacionales como el terrorismo. Lamentablemente,
en la subregión andina esta amenaza es real y presente. Ello
es especialmente cierto en Colombia donde la subversión se
nutre del narcotráfico para financiar sistemáticamente
acciones terroristas. Sobre este punto no hay duda sino convicción
y apego a la objetividad de los hechos. En consecuencia, ni el Estado
ni los ciudadanos podemos aceptar que un gobierno regional nos coloque
en situación de extrema vulnerabilidad que obligaría
a una alerta internacional en la materia.
Y tampoco es aceptable que, en momentos en que el cultivo de coca
se ha incrementado a 50,000 has (niveles de 1998) según reportes
de la ONU, autoridades regionales propongan la imposibilidad de
reducirlas e incrementen su permeabilidad a la influencia del movimiento
cocalero boliviano que tanto estrago a causado en el país
vecino. Menos aún cuando los movimientos cocaleros locales
desearían pasar de una fase organizativa para buscar mejor
alternativas de desarrollo a la acción desafiante que, como
en Bolivia, aprovechará cualquier bandera para lograr dimensión
política de alcance nacional.
Finalmente, resulta sencillamente inaceptable que cuando el gobierno
central prepara, a través de la Oficina del Primer Ministro,
consultas ciudadanas para la conformación de macroregiones
(regiones, en el lenguaje oficial), el gobierno regional de Cuzco
pretenda ilegitimar el conjunto del proceso con planteamientos que
ponen en riesgo a un Estado ya bastante erosionado. Si ello es cuestionable
en ciertas movilizaciones populares, resulta francamente delincuencial
si quien patrocina el hecho atentatorio contra el desarrollo nacional
es una autoridad regional.
Ni la autoridad estatal ni la ciudadanía pueden aceptar
los hechos anunciados por el señor Cuaresma. En consecuencia,
debemos perusadirlo primero de que no lleve a cabo una acción
que arriesga la seguridad y el desarrollo del Cuzco y del Perú.
Y si ello no resulta, la autoridad coercitiva del Estado debe imponerse
para evitar que se consume esta amenaza.
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