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EDITORIAL
Integración energética: una oportunidad
Alejandro Deustua
15 de junio de 2005
Aunque las crisis siempre plantean nuevos escenarios, no siempre
las oportunidades emergentes tienen ventajas expresadas en ganancias
compartidas. En este caso, la crisis boliviana catalizada por la
extrema politización del debate sobtre la explotación
del gas natural en ese país, ha abierto la posibilidad de
apurar la integración energética en Suramérica.
En efecto, el impulso político y económico de la reciente
propuesta de los ministros de Economía y Energía de
casi todos los países del Cono Sur para adquirir gas peruano
con el propósito de suplir el déficit de hidrocarburos
en el área, cubrir la alta incertidumbre sobre su oferta
y perfeccionar un “anillo energético” en la Suramérica
meridional, ha generado una extraordinaria oportunidad de cimentar
la escasa integración subregional con fundamentos de integración
física de mediano plazo.
Y lo ha hecho con un potencial de beneficio añadido: el
uso compartido de un recurso estratégico –el gas- con
ganancias de mercado para todos y potenciando el interés
nacional en tanto se transforma una fuente de fricción en
una de interdependencia constructiva. Sobre esa base, las aún
modestas transacciones generadas por la convergencia comercial suramericana
podrán incrementarse en el marco de una verdadera integración
“desde abajo hacia arriba”.
Sin ninguna exageración, éste es es un escenario
equiparable con aquel que permitió que la Comunidad Europea
creada en 1957 fructificara sobre la base del uso compartido de
otros recursos estratégicos: el carbón y el acero
que seis países europeos acordaron compartir desde 1951 a
través de la CECA (la Comunidad Europea del Carbón
y el Acero). Al revés de la integración andina, la
europea se inició consolidando primero una infraestructura
generadora de beneficios estratégicos que, traducidos en
confianza, mutaron el antiguo escenario de conflicto en mercado
común. Ahora, esa posibilidad se abre parcialmente para la
CAN (Perú y, eventualmente, Bolivia), completamente para
el MERCOSUR e inicialmente para la Comunidad Suramericana de Naciones
tan apresurada e insustancialmente creada.
En el proceso, la cooperación en el Pacífico suramericano
(Perú y Chile) podrá incrementarse reduciendo la fricción
entre las partes en un contexto anclado en el incremento de la cooperación
con los integrantes de las cuencas amazónica (Brasil) y del
Plata (Argentina y Uruguay) al tiempo que se satisfacen intereses
nacionales básicos: Perú adquiriría un mercado
cercano con demanda segura y de fácil acceso y potenciaría
el desarrollo de la macroregión sur mientras los socios del
Cono Sur resuelven problemas entre ellos e incrementan sus requerimientos
de fuentes alternas y próximas.
En relación a este último punto debe recordarse
que la integración energética entre Chile y Argentina
ha decaido tanto como el recorte de la oferta de gas argentino (ésta
sólo cumple con el 75% de lo inicialmente comprometido).
Simultáneamente Argentina ha devenido en deficitaria respecto
de su propio mercado en tanto la reservas existentes decrecen por
falta de inversión (en buena cuenta desincentivada por la
fijación de tarifas). A ello han contribuido dos factores
sustanciales: de un lado, la escasez relativa de la actual oferta
boliviana multiplicada por la extraordinaria incertidumbre generada
por la crisis interna y la inestabilidad jurídica que rodea
el sector energético del vecino; del otro, la crisis argentina
del 2001 que derrumbó las importaciones de gas boliviano.
Un tercer factor contribuyente es el incremento de la enorme demanda
brasileña que la actual situación de Bolivia impide
cubrir. De allí que las reservas peruanas se conviertan en
una alternativa de especial atractivo.
Pero éstas no están exentas de problemas. Las reservas
peruanas no sólo son hoy insuficientes para cubrir la demanda
conosureña (ésta representa el doble de lo incialmente
comprometido con México), sino que deben administrarse para
cubrir también el mercado interno potencial (lo que reclama
que los precios bajen), generar valor (para impedir que que el gas
se convierta sólo en otra industria extractiva cuya caducidad
puede producirse en 20 años) y resguardar los mercados ya
abiertos en el Pacífico norteamericano.
A estos requerimientos se suman dos condiciones esenciales para
proceder a la satisfacción de la demanda conosureña.
Primero, el necesario incremento de la inversión exploratoria
en el sur del Perú (hasta ahora ésta se encuentra
concentrada en áres cercanas adyacentes a Camisea). Segundo,
la fluidez del concurso de Bolivia cuya riqueza energética,
siendo alrededor de cinco veces superior a la peruana, está
siendo hoy día neutralizada por la contienda interna en ese
país hermano y la irracionalidad radical de ciertos sectores
emergentes.
El esquema de integración energética de la Suramérica
meridional no sólo es incompleto sin Bolivia sino que éste
puede resultar subvertido por la influencia de los criterios de
poder que ha saturado la política exterior boliviana. De
allí que sea indispensable, antes de proceder, persuadir
a nuestro vecino de que, a la luz de la experiencia, el uso del
gas para satisfacer reivindicaciones históricas no sólo
es contraproducente para Bolivia sino para la relación plurilateral
en el área. En consecuencia, es necesario cambiar el enfoque
hacia uno que propicie el clima apropiado para que esos reclamos
puedan ser tratados.
Lo mismo vale para el Perú: una adecuada integración
energética con Chile y el Cono Sur en la que todos ganan
mejorará las posibilidades de solucionar otros problemas.
En cambio un desenganche apresurado contribuirá a perpetuar
la desconfianza mutua.
Para apoyar el primer enfoque (que sigue el camino de la renovada
cooperación peruano-ecuatoriana en el área) está,
además, el esquema IIRSA al que contribuirá el financiamiento
del BID.
El Perú debe explorar la alternativa que se abre con la
mejor disposición posible calibrando bien el interés
nacional en juego en función de ganancias mutuas antes que
de suma 0.
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