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EDITORIAL
Perú-China: más negociación, menos
status
Alejandro Deustua
9 de junio de 2005
El Perú debe establecer la mejor relación con China
si desea una inserción competitiva en la cuenca del Pacífico.
Especialmente si los miembros de la APEC han incrementado su disposición
a establecer acuerdos de facilitación o de libre comercio
y a calcular conjuntamente reducciones tarifarias para bienes no
agrícolas.
Pero si la dimensión estratégica de esa gran potencia
emergente y de su excepcional mercado importador no puede desatenderse,
tampoco se puede ignorar que China no es un socio político
natural y que es un competidor directo en los mercados de capitales
(desvía inversión que originalmente se orientaba a
la región), laborales (compite con el Perú en el empleo
de un factor de producción abundante: mano de obra barata)
y de comercio exterior (puede sacar del mercado a productores nacionales
especializados de acuerdo a ventajas comparativas con el resto del
mundo).
Bajo estas condiciones cabe preguntar ¿cómo es entonces
que el interés nacional podría ser mejor satisfecho
estableciendo una “asociación de cooperación
integral” con esa potencia que evoluciona hacia el reconocimiento
de la misma como “socio estratégico” y de “economía
de mercado”?
En el primer caso, la integralidad cooperativa ciertamente no puede
establecerse con una potencia totalitaria y menos en condiciones
de asimetría manifiesta. Y si de asociaciones estratégicas
se trata, sería necesario establecer cuánta complementariedad
asociativa existe entre una pequeña potencia que busca un
arraigo en Occidente y otra que está empeñada en una
contienda sistémica que emplea intensamente el poder para
la generación de un orden multipolar que sería bastante
distinto al que se aspira en la región.
Pero si esas tipologías pudieran ser diplomáticamente
administradas para modular los efectos de algún acuerdo vinculante,
no ocurriría lo mismo con la concesión del status
de economía de mercado a una que, como la china, califica
oficialmente sólo como economía en transición.
El reconocimiento crudo de aquella condición supone para
el Perú la neutralización de los mecanismos de defensa
previstos en la OMC para el caso de que las exportaciones chinas
generen distorsiones y competencia desleal como consecuencia de
sus condiciones productivas.
Hasta hoy esas condiciones se caracterizan por su escasa transparencia,
fuerte interferencia del Estado en la economía, control selectivo
en la formación de precios, intenso dirigismo empresarial,
falta de apertura del mercado de capitales y mantenimiento de un
mercado laboral que fija salarios extremadamente bajos para estándares
de países en desarrollo.
Si ello contrasta con el esfuerzo de apertura unilateral y de reforma
estructural realizado por pequeños países en desarrollo
que, como el Perú, han sufragado un alto costo por incorporarse
al sistema multilateral de comercio, la desventaja debe ser compensada.
En consecuencia el proceso de negociación del status anunciado
por el Presidente Toledo sólo sería legítimo
si se condiciona al otorgamiento de garantías explícitas
por China de que el productor nacional no va a ser afectado interna
o externamente, que las distorsiones de precios serán corregidas,
que el desvío de recursos (especialmente de inversión
directa) se revertirá y que la demanda china será
suficientemente intensa y diversificada como para no incrementar
el carácter primario-exportador de nuestra economía.
Estos requerimientos son necesarios aún en un contexto suramericano
en que la aproximación a China ha devenido en una competencia
por mejor acceso (Chile) o poder (Venezuela). Es más, por
razones estratégicas y de eficiencia, quizás esta
competencia debiera ser moderada por mayores dosis de cooperación
regional en la materia.
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