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EDITORIAL
La crisis boliviana y la responsabilidad colectiva
Alejandro Deustua
3 de junio de 2005
El desorden que se apoderó de Bolivia desde octubre del
2003 ha evolucionado hacia a la anarquía, la violencia de
masas, la confrontación regionalista interna y el vacío
de poder.
En consecuencia, los países americanos que integran los diversos
regímenes de cooperación política de la región
están obligados a expresar su preocupación y a brindar
su colaboración a ese país hermano. Y, sin embargo,
no lo han hecho sea por falta de consenso sobre sus competencias
y responsabilidades (a pesar de que todos ellos han suscrito la
“cláusula democrática”) sea por explícita
oposición boliviana.
En efecto, en vísperas de la realización de la Asamblea
General de la OEA cuyo tema central será la realización
de los beneficios de la democracia en el Hemisferio, los miembros
del sistema interamericano parecen inhibidos mientras los responsables
de la política exterior boliviana consideran que “no
se ha producido ninguna alteración del orden constitucional
que justifique una mediación o buenos oficios externos”
para contribuir a solucionar la crisis de su país.
Si el Ejecutivo boliviano no tiene capacidad de restablecer el orden,
ha depuesto el monopolio del ejercio de la fuerza, ha transferido
al Congreso la responsabilidad sobre una ley crucial (la ley de
hidrocarburos) y, a instancias de la Alcaldía de La Paz,
decide, sólo in extremis y con escaso sustento jurídico,
la convocatoria de los referendos regionales que están en
el centro de la crisis nacional y de la Asamblea Constituyente comprometida
por otro referéndum, es evidente que el Estado de Derecho
ha saltado por los aires en nuestro vecino.
Y si el Congreso boliviano, a quien corresponde establecer los consensos
mínimos para salvar la crisis de fragmentación nacional,
no sólo no los acuerda sino que se muestra renuente a concovar
las consultas vitales que son de su competencia luego de producir
una ley de hidrocarburos que sólo ha agregado combustible
a la crisis, es claro que la función legislativa se ha perdido
en nuestro vecino.
Y, en el proceso, ha terminado llevándose de encuentro su
función intermediadora cuestionada por la democracia de la
calle (la “participativa” o la “directa”)
desde hace un año y 7 meses. A ello han contribuido los partidos
políticos los que o no pueden o no desean restablecer su
legitimidad procurando el básico consenso nacional o, como
el MAS, usan el Parlamento como campo de maniobra de la contienda
callejera que él mismo estimula. El rol de los partidos como
instrumento democrático parece superado por las masas en
Bolivia.
Y si, a mayor abundamiento, el Ministerio Público se ha negado
a denunciar la violación de la ley colocando a la fuerzas
del orden en situación de impotencia, entonces la democracia
ha perdido su esencial y legítima capacidad coercitiva para
ordenar el comportamiento social.
Finalmente, si los representantes gremiales de todos los orígenes
o auto convocan consultas sobre la redefinición del orden
interno que compete al Estado o impiden que éste decida sobre
la oportunidad y manera con que se debe proceder en esta materia,
entonces, la población se representa a sí misma y
establece su propia ley.
Cada una de estas acciones u omisiones constituyen una seria alteración
del orden democrático. En consecuencia, el conjunto de ellas
evidencia la violación masiva de ese régimen a la
que sólo falta el drama del golpe de Estado o de la confrontación
sangrienta para conformar la “crisis perfecta”.
La realidad de que el sistema interamericano confronta hoy un lamentable
caso en que las obligaciones hemisféricas de la Carta Democrática
americana no pueden ser eludidas es inescapable. Su aplicación
no constituye un acto de intervención en asuntos internos
–situación jurídica ya resuelta por las premisas
jurídicas de la propia Carta- sino un hecho de responsabilidad
colectiva frente a la situación de grave necesidad en que
se encuentra un Estado miembro con muy serias proyecciones de inviabilidad.
Si el orden no puede ser establecido por las autoridades bolivianas,
una marco externo propicio para revertir la situación parece
imprescindible.
Que ello no se haya intentado hasta ahora –salvo por la vacilante
intención de incluir el tema como un punto en la agenda de
la OEA, por la declaración de la autoridad administrativa
de la CAN o por la concurrencia de representantes especiales de
un par de países- no sólo resulta sorprendente sino
que marca un punto de inflexión regresiva en el Hemisferio
y en la conducta de los regímenes de cooperación política
de la región.
Por lo demás, los miembros singulares de esos regímenes
no sólo tienen autoridad moral para tomar la iniciativa en
procura de una solución sino interés nacional manifiesto
en esa acción. Éste se deriva del extraordinario desequilibrio
que produciría en el continente la agudización del
vacío de poder en un país que ocupa –y que tiene-
el corazón suramericano. La posibilidad de que ese vacío
puede ser llenado ya no por Estados vecinos sino por agentes generadores
de amenazas transnacionales es real.
A ello debe agregarse el muy posible rebalse de las fuerzas de la
anarquía hacia países vecinos de escasa consistencia
institucional (situación que abarca al conjunto del área
andina y al Paraguay y, quizás, a Argentina), la perversión
de un clima favorable para la estabilidad económica y la
inversión en estos países (el traslado de la inversión
de la Repsol boliviana al Perú no es necesariamente un camino
que seguirán las grandes empresas) y el efecto multiplicador
del recurso a la violencia política estimulada por la impunidad
con que ésta actúa en Bolivia.
Ciudadanos y autoridades suramericanos hemos expresado esta preocupación
desde octubre de 2003. Hoy ese riesgo es una peligro real y presente.
Los Estados responsables del Hemisferio están, en consecuencia,
en la obligación de patrocinar una solución. Y ésta
ciertamente pasa por los buenos oficios del conjunto americano expresado
a través de la autoridad hemisférica encargada (si
la nacionalidad del Secretario General de la OEA es un inconveniente,
existe un Subsecretario que pueda actuar y siempre está allí
el Presidente del Consejo Permanente) o de la Asamblea General.
Y si se trata de trabajar en el terreno, América Latina tiene
variada experiencia en la materia: desde enviados especiales de
gobiernos cercanos o la constitución de grupos de países
amigos que patrocinen el advenimiento nacional hasta la representación
de regímenes formales –como el Grupo de Río-
han probado su eficiencia en la región.
Quizás estos países deseen actuar primero en prevención
de que un eventual derramamiento de sangre lleve el caso boliviano
al Consejo de Seguridad de la ONU.
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