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EDITORIAL
Europa y la “Constitución” negada
Alejandro Deustua
30 de mayo de 2005
Aunque no haya llegado de sorpresa y no haya puesto en cuestión
el status comunitario preexistente, el rechazo de los ciudadanos
franceses a la Constitución europea ha desatado una crisis
mayor en Francia y en el Viejo Continente. Ésta, sin embargo,
tiene menor dimensión “histórica” que
lo que se piensa.
En efecto, si estamos frente a un rechazo ciudadano a una propuesta
del mayor esquema de integración del mundo, no es éste
el primer fracaso europeo en la materia. Allí están,
los referendums danés e irlandés que denegaron, momentáneamente,
vigencia a los tratados de Maastricht. Y también el rechazo
al original sistema de defensa regional propuesto por Francia a
principio de los 50 y el bloqueo gaulista a la ampliación
europea que incluía al Reino Unido. Sin embargo, la “idea
de Europa” siguió calando.
De otro lado, a pesar de que la crisis implicará el cambio
del gobierno francés –el del Primer Ministro- y que
tendrá efectos multiplicadores en otras consultas ciudadanas,
ninguno de los acuerdos fundamentales que organizan la Unión
Europea está, aún, en peligro. Por lo demás,
los europeos estaban sobre aviso desde que una escasa mayoría
española en referendum de poca concurrencia (42%) aprobó
la Constitución hace un par de meses. Era bastante previsible
entonces que las divisiones evidenciadas se incrementarían
al amparo de serios problemas económicos (escaso crecimiento
-1.5%- y mucho desempleo –más de 10% en países
grandes-) y sociales (las complejidades de la inmigración
y de mayor reforma estructural).
A pesar de ello la crisis ha generado incertidudumbre general
(los mercados interpretan que el rechazo revela falta de voluntad
política que se reflejaría luego en indisposición
a tomar serias decisiones económicas), una nueva división
entre europeos continentalistas (Francia, Alemania, España)
y atlanticistas (la “Nueva Europa” que no le teme a
Estados Unidos) y hasta reinterpretaciones de la historia (el “fin
de la postguerra fría” y la “caducidad de Europa
como potencia”, nada menos).
Ello se debe, en proporción que no puede ser ocultada,
a la imprudencia de los burócratas de Bruselas y del liderazgo
político que, sin atender el desencanto ciudadano, decidieron
suplantar con denominación extravagante (la de “Constitución”europea)
el requerimiento de organizar, en un solo texto, el conjunto de
la normativa comunitaria a la luz del proceso de expansión.
Lo que no era otra cosa que un tratado internacional de reorganización
institucional se debatió como una carta fundadora de un nuevo
orden político interno. De allí a la argumentación
errada –pero expandida- de que se estaba procediendo a suplantar
los Estados y las constituciones nacionales por una burocracia transnacional
con capacidades de decisión mayores a las conocidas, hubo
poco trecho.
Esa desconfianza expresada electoralmente ha entorpecido la vigencia
de exigencias tan razonables como la de doble mayoría (de
países y de poblaciones) para la toma de decisiones, el ordenamiento
normativo comunitario por jerarquía y competencias jurídicas,
el desarrollo cohesivo de las política exterior y de seguridad
común o el recorte del mecanismo Ejecutivo (la Comisión).
Y de paso, Bruselas ha perdido legitimidad.
La complicación, siendo grave, no implica frustración
sin embargo: Europa como centro occidental seguirá siendo
un núcleo liberal organizado sobre un mercado común,
una unión monetaria, una dimensión social y una coordinación
política que progresa aún con saludable conciencia
nacional. El riesgo: ésta será explotada por fuerzas
fragmentadoras.
Dentro de estas circunstancias esperamos que el incremento de
las relaciones con América Latina no se frustren.
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