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EDITORIAL

Perú en el Medio Oriente: una vista estratégica

Alejandro Deustua
27 de mayo de 2005

Cuando en 1947 el Perú apoyó la Resolución 181 de la Asamblea General de la ONU que respaldó la creación de dos Estados en Palestina, el país quedó comprometido con el gestación del Estado de Israel y con la entidad política que hoy la Autoridad Palestina está en capacidad de contribuir a crear.

Luego de ese compromiso, sin embargo, la complejidad de los interlocutores (uno de los cuales no acaba de gestarse), la extrema limitación de las interacciones y la intensidad conflictiva del Medio Oriente condicionaron el trato bilateral y privilegiaron el multilateral (las múltiples resoluciones sobre el conflicto palestino-israelí en el ámbito de la ONU).

58 años después un presidente peruano realiza la primera vista de Estado a Jerusalén y Ramallah la que si bien pretende ubicarse en perspectiva de futuro, también salda una vieja cuenta nacional de desatención directa a la zona.

Pero, además de su carácter fundacional, la visita tiene por lo menos cuatro dimensiones de valor político. La primera consiste en la toma de contacto singular con una potencia mayor en el Medio Oriente y con un interlocutor estratégico de Occidente. Si la relación con Israel ha estado condicionada al mantenimiento del equilibrio diplomático en la zona, hoy cuando el renovado diálogo palestino-isrealí tiene mayores posibilidades de éxito, el contacto del Perú con Israel debe poder adquirir especificidad propia.

Lo mismo ocurre con la Autoridad Palestina que, constituida en interlocutor internacional universalmente reconocido, debe recibir el mayor respaldo posible para su fortalcimiento político, el incremento de su capacidad de diálogo con el vecino y la lucha contra las fuerzas terroristas que está en capacidad de vigorizar. La emergencia futura de un Estado Palestino en un contexto de paz con Israel generará una extraordinaria dinámica estabilizadora en esa zona y en el mundo en tanto será equivalente a la solución del conflicto regional de mayor proyección global y a la proyección en el área de valores liberales tan básicos como la democracia.

La argumentación de que el respaldo del Perú es, a estos efectos, irrelevante es tan absurda como lo sería el reconocimiento de que nuestra condición de pequeña potencia –o de potencia intermedia en el ámbito suramericano- en términos de capacidades, nos vuelve intrascendentes en términos diplomáticos en un escenario que se ha contribuido a crear (al respecto cabe recordar la contribución peruana a labores de mantenimiento de la paz en el Golán y el Sinaí en los años 70). La superación de ese argumento otorga a la visita presidencial una segunda dimensión de importancia.

La tercera se deriva de un esfuerzo elemental de consistencia diplomática. Si los países suramericanos han realizado un cumbre con los países árabes, resulta indispensabe que esa innovación diplomática sea adecuadamente compensada por el contacto suramericano con Israel. En tanto ese país no tiene socios en el área que acepten participar multilateralmente en la relación con Suramérica, entonces el contacto debe ser bilateralmente incrementado. Aunque ello no aparezca en la agenda, la visita del Jefe de Estado debiera poder destacar este punto y cumplir con el rol consecuente.

El cuarto fundamento de la visita radica en el valor que se debe otorgar al cumplimiento de una simple responsabilidad estatal. La visita del presidente del Perú a Israel, habiendo sido comprometida mucho antes, ha debido ser suspendida varias veces sea por problemas internos en nuestro país sea por la crítica coyuntura del Medio Oriente. En tanto esta última es hoy algo más propicia, la circunstancia no puede desperdiciarse si se desea aprovechar una oportunidad que rendirá beneficios estratégicos de largo plazo al país.

De otro lado, la visita confirma en los hechos una tesis central: el serio resquebrajamiento de la hipótesis de que la lejanía suramericana de los escenarios de conflicto constituye una ventaja geopolítica que debiera ser aprovechada para fines de desarrollo y de generación de seguridad propia.

En efecto, ese alejamiento no sólo no ha generado ni desarrollo ni seguridad en Suramérica sino que, más bien, ha contribuido fuertemente a la pérdida de influencia relativa de sus miembros. Además, el alejamiento geográfico es menos trascendente en un escenario en el que el carácter terrirtorial, siendo importante, condiciona menos la interacción entre los agentes generadores de amenazas transnacionales –el terrorismo entre ellas-. Esa condición contemporánea expone a Suramérica a la realidad de esas amenazas y reclama, por tanto, una respuesta de seguridad colectiva (ésta podría materializarse en una renovada cooperación del Perú con la ONU en el área).

Sin embargo, como los significados dependen siempre de las percepciones, este conjunto de razones tendrán una extensión práctica en la medida en que el Jefe de Estado esté al tanto de ellas. ¿Lo estará? No estamos seguros si la justificación presidencial se restringe a comprometer inversión israelí para la agroexportación y a la suscripción de acuerdos de cooperación restringida. Ciertamente Israel tiene bastante más que aportar a nuestro país en materia tecnológica y de inversiones. Su cooperación puede abarcar desde la transferencia de conocimiento para el desarollo del desierto y de escasos recursos hídricos en la costa hasta tecnología informática y de inteligencia que son vitales para el Estado. Y desde el punto de vista estratégico, es importante para el Perú lograr equiparar la ventaja de los vecinos en aprovisionamiento de material militar convencional y en el desarrollo del vínculo, de alguna manera privilegiado, que ello supone con las potencias occidentales.

Las ventajas de la visita presidencial a Israel y Ramallah están a la vista. El Presidente debe estar en capacidad de materializarlas en su máximo potencial.

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El Editor (ADC)

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