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EDITORIAL
China y el status de economía de mercado
Alejandro Deustua
25 de mayo de 2005
Perú, como casi todos los países en desarrollo,
ha pagado un alto precio por la apertura de sus mercados y su inserción
en un sistema económico signado por el extraordinario incremento
de la interdependencia pero también por inmensas asimetrías.
Los costos de la reforma se elevaron en tanto la apertura fue unilateral,
no compensada en el momento y luego incrementada por mayor acceso
de países desarrollados específicos (p.e. el TLC con
Estados Unidos) que dará frutos superiores al acceso preferencial
actual sólo en el futuro.
En consecuencia el Estado tiene perfecto derecho a reclamar por
el indebido disfrute de los beneficios del sistema de comercio global
por aquellos países que no han sufragado adecuadamente el
precio de entrada y que mantienen economías que aún
no tienen el status de mercado a pesar de haber ingresado a la OMC.
Este es el caso chino entre una quincena de Estados. Y sin embargo,
es posible que en el viaje del presidente Toledo a la China el Perú
se concrete el reconocimiento de ese status que, aunque ya otorgado
por Argentina y Brasil entre otros, ha sido denegado por la Unión
Europea y Estados Unidos.
Cuando China ingresó a la OMC en el 2001, los países
que integran el sistema internacional de comercio condicionaron
el perfeccionamiento de su membresía a la efectiva liberación
del mercado interno chino. Por ello se consideró a la economía
de esa potencia como una en transición estimándose
un plazo de 15 años para perfeccionar el cambio. Los miembros
de la OMC convinieron en ello en tanto el Estado que organiza una
economía inmensa como la de la potencia asiática se
comprometía con las reglas del sistema multilateral. En la
decisión seguramente influyeron también razones estratégicas:
una potencia totalitaria que flexibiliza su mercado podría
ser estimulada también a flexibilizar su régimen político.
Estas consideraciones no implicaron, sin embargo, la condonación
de la escasa transparencia del mercado chino, la preocupación
por la fuerte interferencia del Estado en la economía, el
control en la formación de precios, el fuerte dirigismo empresarial,
la falta de apertura del mercado de capitales o las condiciones
de un mercado laboral tutelado que fija salarios extremadamente
bajos para estándares de países en desarrollo.
De allí que los miembros regulares de la OMC establecieran
que el no reconocimiento de China como economía de mercado
fuera esencialmente una medida defensiva contra formas de producción
y exportación que pudieran producir distorsiones del mercado
a través de la competencia desleal. Si esa distorsión
se produce, la responsabilidad de probar que ello no ocurre corresponde
a China. Para ello se toman en cuenta los “precios normales”
o en su defecto, los precios en economías de referencia o
la estructuración del precio interno evaluando cada uno de
sus componentes. Si la distorsión no se corrige, los países
afectados pueden adoptar medidas compensatorias del daño
(anti-dumping) y preventivas del perjuicio futuro.
Sin embargo, por razones políticas y para favorecer el
comercio con una economía que importa extraordinariamente
en volumen y valor desde varios países –especialmente
de socios asiáticos y de Oceanía- un grupo de Estados
han reconocido a China el status de economía de mercado.
Y luego del viaje a Suramérica del Presidente chino Hu Jintao
hace pocos meses, de la vaga promesa de inversiones en Brasil y
Argentina en montos gruesamente establecidos en US$ 20 ó
US$ 30 mil millones de dólares y de ofertas de incremento
de importaciones de esos países, éstos y Chile comprometieron
el otorgamiento a la potencia asiática el status de economía
de mercado.
En relación a los dos primeros presumimos la existencia
de negociaciones propias de potencias emergentes. Con Chile, la
expectativa de negociaciones comerciales que ampliaran el acceso
de sus exportaciones al Asia fue parte de la decisión. Perú
comprometió el status –aunque todavía no lo
concedió- a cambio de lo que los medios reportan: que el
Perú fuera considerado como destino turístico oficial
del Estado totalitario, quizás algunas facilidades de acceso
y la prospección de inversiones mediadas también por
razones políticas.
Si el gobierno va a formalizar el reconocimiento del status en
cuestión, estas consideraciones no bastan. Las razones están
a la vista: China compite con el Perú en lo que el Perú
posee con más abundancia –mano de obra barata-, tiene
la capacidad de sacar a ciertas industrias nacionales del mercado
(especialmente, confecciones y textiles), distrae hacia el Asia
inversión extranjera de manera abundante y sistemática
estimulando aquí el modelo primario-exportador y es un generador
potencial de competencia desleal en terceros mercados como lo afirman
los productores nacionales.
Bajo estas condiciones sería un absurdo otorgar a China
el status de economía de mercado o establecer un vínculo
económico especial que pudiera inhibir nuestra relación
con Estado Unidos y la Unión Europea (la Unión Europea
ya ha sido desplazada como segundo mercado de destino). Si vamos
a hacerlo, el gobierno debe negociar ese compromiso con el objeto
de eliminar todas las desventajas señaladas, de fortalecer
al productor local y de asegurar una reorientación de los
flujos de inversión directa hacia nuestro país (preferentemente
mixtas y no exclusivamente chinas).
Si el Perú ha pagado un alto costo por su apertura e inserción
externa ahora debe cobrar un precio razonable a quienes no lo han
sufragado y, sin embargo, se benefician del sistema.
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