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EDITORIAL
Política Exterior: necesidad de su replanteamiento
Alejandro Deustua
16 de mayo de 2005
Como es evidente, bajo regímenes democráticos, la
opinión sobre política exterior no puede aspirar al
consenso automático o inmediato. Sin embargo, en países
con tradición estatista e instancias de relaciones exteriores
fuertemente sustentadas en la tradición y el respeto públicos,
como ocurre en el Perú, la organización rápida
y consistente de ese consenso sigue siendo una caraterística
de la cultura política local.
Pero para convocarlo la autoridad encargada debe satisfacer un
requisito elemental: generar en la percepción colectiva claridad
sobre la definición del interés nacional en juego
y la certeza de que éste es, en efecto, uno que tiene impecable
manejo estatal. Lamentablemente ese requisito no ha sido solventado
adecuadamente hoy por nuestras autoridades en el replanteamiento
del caso de la venta de armas por Chile al Ecuador durante el conflicto
bélico de 1995.
En efecto, la fundamentación del reclamo oficial peruano
persiste en la referencia a declaraciones de un oficial ecuatoriano
prófugo de la justicia, a fuentes periodísticas extranjeras
y, ahora, en otro factor expuesto también a la opinión
pública: el aparente fracaso de unas eventuales conversaciones
reservadas que se habrían llevado a cabo recientemente entre
instancias competentes del Perú y Chile.
Hasta donde se recuerde, el dicho ajeno nunca ha sido tomado por
nuestra Cancillería como un fundamento central de la argumentación
política o jurídica cuando ese “testimonio”
enturbia una relación fundamental (la peruano-ecuatoriana.-chilena).
Y menos cuando ésta ha alcanzado esforzadamente niveles de
solvente normalidad. El simple hecho de que la autoridad competente
otogue credibilidad pública desprovista de suficiente argumentación
propia a ese “testimonio” y lo complemente con información
periodística distorsiona nuestra normal conducta en procesos
de solución de la controversias y muestra extrema vulnerabilidad
a las intenciones de terceros que producen “espontáneamente”
el dicho disociador.
Si ello obliga a los observadores responsables a levantar la guardia,
el hecho de que se recurra a la ciudadanía para enjugar la
posterior frustración de un intento reservado de esclarecimiento
de los hechos implica, para no pocos de ellos, el fracaso de la
diplomacia. Ese fracaso adquiere una dimensión mayor en tanto
revela la inoperatividad de las instancias formales establecidas
por las partes para tratar estos casos.
Y como sabe todo diplomático, trasladar el fracaso de política
exterior a la opinión publica no constituye un acto de información
democrática sino un intento movilización popular cuyo
control es siempre limitado, fácilmente desbordable, propenso
a la manipulación de todo tipo y muy distinto a la formación
del consenso requerido para causas nacionales de gran envergadura.
Bajo estas condiciones, el interés nacional no sólo
no parece bien resguardado sino que incrementa la necesidad de insistir
en el trato reservado de un hecho que ya había merecido esa
instancia en un escenario de conflicto armado (1995) empleando a
la misma institución diplomática cuyos líderes,
una década y una guerra después, desean adquirir otra
percepción de los hechos. La convicción pública
de que ese es el canal donde deben investigarse y explicarse los
hechos hace que el consenso en torno a la iniciativa oficial no
sólo sea complicada sino hasta disfuncional para el interés
nacional.
Y lo es más aún cuando es evidente la sospecha de
que la crisis consecuente está siendo tratada bajo consideraciones
que parecen ligadas al justificado ambiente emocional de rechazo
a los actos agraviantes de ciertos agentes chilenos (Lan), como
consecuencia de lo que se considera un mal resultado hemisférico
para la política exterior peruana (la elección del
señor Insulza a la Secretaría General de la OEA) o
como resultado de un involucramiento sobredimenionado e impropio
de las fuerzas armadas de los dos países en el trato del
problema (especialmente en el caso chileno). La falta de especificidad
del problema agrega crítica antes que cohesión en
este caso.
De otro lado, el consenso será todavía más
difícil de lograr cuando nuestras autoridades expresan oficialmente
que entienden a la política exterior como una función
de la política interna y cuando, confiados en los mecanismos
de seguridad colectiva y las medidas de confianza, decidieron despreocuparse
de los problemas que plantea el desequilibrio estratégico
con un vecino fuerte. Si ambas nociones (de raigambre ultraliberal)
se aplican a la conducción externa es evidente que la propensión
a que ésta a ser interferida por factores irracionales será
alta y que, frente a la ausencia de poder convencional de soporte
a la proyección internacional del Estado, la tentación
de sustituir esa capacidad con la apelación al apoyo popular
también será alta.
Es claro que en un contexto global de interdependencia creciente
la relación entre política externa e interna se incrementa.
En este escenario las instituciones responsables de la proyección
externa del interés nacional consultan más con otras
instituciones y con la sociedad, pero también están
más alertas a evitar que los intereses privados propios de
la relaciones exteriores subviertan los fundamentos básicos
de la política exterior. Esa disposición implica que
para estas instituciones existe una necesaria línea –quizás
más tenue- que separa a la política exterior de la
interna.
Pero cuando se establece oficialmentre que ésta es una
función de aquélla, esa línea desaparece y
la política exterior, como los intereses nacionales, corren
el riesgo de tornarse indistinguibles de los intereses privados
o de otros factores internos que la determinan. En ese escenario
los agentes públicos responsables acuden al campo de la política
interna para hacer política externa. Consecuentemente, la
sustancia del interés nacional tiende a ser esencialmente
redefinida, las formas convencionales de la diplomacia se vulneran
y las aspiraciones y percepciones de la autoridad se confunden con
las de otros actores.
Como resultado, la irracionalidad emergente diluye la precisión
del interés nacional y complica su realización mientras
el rol del servidor público disminuye o se vuelve irrlevante.
Y una vez perdida la noción del ámbito que es propio
el diplomático, éste es más fácilmente
cooptable por los requerimientos de un Ejecutivo poderoso –eventualmente
autoritario- o más propenso a ser utilizado de acuerdo a
las urgencias cotidianas de un gobierno débil.
Y si, en este caso, el servicio al gobierno tiende a sustituir
al que se debe al Estado, la capacidad de objetar el curso errado
de quien esté a cargo es más difícil mientras
que la búsqueda de resultados según las necesidades
de la coyuntura adquiere una dinámica predominante.
Esta situación se complica extraordinariamente cuando la
decisión de política exterior reclama apoyo interno
en momentos en que el poder convencional para sustentarlo ha desaparecido.
El recurso a la opinión pública como soporte alternativo
en estas condiciones tiende a incrementarse aún más.
Si ello no es bueno para el cumplimiento de cualquier agenda, es
peor cuando el tema en discusión corresponde al ámbito
de la seguridad y la defensa como sucede hoy.
En efecto, cuando la confianza en el apoyo externo (sea en la
seguridad colectiva, una superpotencia amiga o una potencia regional)
reemplaza a la propia capacidad, la proyección del interés
nacional en el ámbito de la seguridad evidentemente disminuye.
Para tratar de compensar el desequilibrio económico y militar
se incrementa entonces la carga de responsabilidad sobre el servicio
diplomático. Pero en tanto éste es considerado como
parte del ejercicio de la política interna, esa carga adicional
induce al error y a la pérdida de credibilidad, hecho que
el interlocutor sabrá evaluar. Éste podrá entonces
negarse a cualquier requerimiento –aunque fuere adecuadamente
fundamentado- en el entendido que la capacidad corcitiva del reclamante
no pasará a mayores. La política exterior es entonces
sustituida por las interacciones propias de la interdependencia
o de las relaciones exteriores dominadas por los agentes privados.
Especialmente cuando el principal vínculo de seguridad escogido
–las medidas de confianza entre las partes- es oficialmente
suspendido.
Las consecuencias de esta situación son la generación
de una tendencia basada en la irrelevancia de la política
exterior, el desprestigio y la pérdida de status del Estado,
el incremento de la sensación de poder del interlocutor y
–si hay vacío de poder en el vecindario, como en nuestro
caso- el incremento de la inestabilidad subregional.
Si todo ello ha quedado en evidencia en la crisis con un vecino,
es imprescindible decantar las lecciones del caso, restablecer con
éste la buena relación preexistente a la brevedad,
replantear la política exterior dentro de parámetros
convencionales y potenciar el esfuerzo interno para incrementar
nuestras capacidades en función de un mejor equilibrio externo
y de mejores términos de interdependencia. Para ello requerimos
prudencia y seriedad antes que una diplomacia basada en comunicados,
declaraciones periodísticas y convocatorias del respaldo
popular.
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