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EDITORIAL
PERÚ-CHILE: DESMANEJO DE UNA CRISIS DE CRECIMIENTO
Alejandro Deustua
2 de mayo de 2005
La evolución de una relación de competencia interestatal
hacia una de cooperación, como la peruano-chilena, tiende
a ser compleja y con tendencia a la volatilidad. En ella, la madurez
de una política exterior se mide también por la consistencia
en la gestión de crisis en el curso del progreso bilateral.
Lamentablemente nuestra gestión en el recrudecido caso de
la venta de armas por Chile al Ecuador durante el conflicto de 1995
no ha sido la mejor. Un problema de seguridad nacional ocurrido
hace una década y en otra etapa histórica (la de tensión
y guerra con Ecuador) ha sido manejado como si hubiera ocurrido
hoy a propósito de noticias periodísticas y dichos
de oficiales extranjeros, desmereciendo el trato diplomático
peruano-chileno ad hoc del momento y presentando eventualidades
(la transferencia adicional de armas chilenas) como hechos.
Para empeorar las cosas, un tema de defensa nacional se ha tratado
al margen de la reserva que merece el caso, postergando a las instituciones
interestatales creadas para estos efectos (el “2 más
2” peruano-chileno) y divulgándolo a través
de un comunicado oficial de Relaciones Exteriores cosuscrito con
el Ministerio de Defensa en preocupante alteración del proceso
de toma de deciones en la materia.
Por lo demás, pocas veces un reclamo de tal sensibilidad
se ha presentado en un contexto tan inadecuado: un conjunto hemisférico
que se alínea con el candidato chileno a la Secretaría
General de la OEA y un ambiente interno irritado por el perjuicio
a la imagen nacional causado por una empresa chilena (Lan). Como
resultado estamos frente a un daño autoinflingido:el Perú,
que fue el primero en propiciar un candidato de consenso para el
organismo interamericano, se ve obligado a no participar de él
cuando el escenario es propicio al tiempo que registra el deterioro
de una importante relación bilateral sin proporcionar salida
a la crisis.
Si el Perú tiene algo que reclamar a Chile por la venta
de armas a Ecuador que no haya sido aclarado en 1995, está
en la ineludible obligación de plantearlo y exigir explicaciones
al respecto. Pero para ello la nueva fundamentación debe
ser impecable, de fuente propia y empleando la reserva que reclama
la diplomacia a través de los canales establecidos. Lo que
nuestras autoridades no pueden hacer, además de vulnerar
estas formas tradicionales, es pretender que en el escenario del
conflicto con el Ecuador el comportamiento de los garantes –excepto
Chile- fue impecable, separar punitivamente a uno de ellos de esa
condición cuando la función de todos ha caducado en
los hechos (art. 5 del Protocolo) y obviar la forma cómo
se produjo la solución del conflicto.
Chile, a su vez, debe coadyuvar a esclarecer el escenario interesándose
nuevamente en llevar su “malestar” a la reserva del
“2 más 2”, revisar la investigación de
sus propios hechos y estar dispuesto a plantear las excusas a que
hubiere lugar.
El interés de ambas partes radica en incrementar y equilibrar
su interdependencia, no en complicarla y el del Perú en incrementar
sus capacidades en ese proceso, no en entorpecerlas.
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