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EDITORIAL
LA INVERSIÓN EXTRANJERA, LA CULTURA Y LA
NECESIDAD NACIONALES
Alejandro Deustua
27 de abril de 2005
Como en todas partes, las relaciones entre agentes privados de
diferentes países pueden, eventualmente, generar fricciones
de preocupación pública. Si la afectación de
políticas exteriores de los Estados por las relaciones exteriores
entre sus agentes privados es corriente en las relaciones internacionales,
la involucración de la sensibilidad nacional –que sí
existe- tiende a elevar el nivel de impacto del hecho irritante.
Este es el caso del video distorsionante de la imagen del país
que propaló Lan Perú en sus vuelos de itinerario.
Al margen de cómo se soluciona política y empresarialmente
el problema –cuestión que se ha dilatado más
de la cuenta- el punto preocupante es la aparente subsistencia en
la cultura empresarial de algunos inversionistas chilenos de factores
que inhiben una adecuada sintonía con la cultura local. Si
el Perú es huésped interesado de esa inversión
ciertamente sus autoridades no desean que su origen desate inconvenientes
bilaterales que, por su contenido emocional, pueden ser eventualmente
más difíciles de manejar que la relación racional
entre Estados. Como es evidente en este caso, algunos empresarios
no están suficientemente alertas de las consecuencias de
su actos o de sus inadvertencias.
La especial condición de su origen –que desmiente
el hecho de que el capital extranjero no tenga bandera- debiera
obligar a ese grupo empresarial a ser especialmente meticuloso en
el respeto de la legislación y organizaciones locales, de
los símbolos vernaculares y de la tradición del país
anfitrión. Especialmente cuando se sabe que, cuando ello
no ocurre, la reacción local –como en otras partes-
tiende a ser elástica. Lamentablemente para el conjunto de
empresarios sureños, algunos de sus exponentes más
visibles no atienden con suficiente seriedad esos preceptos básicos
de los que depende el buen curso de su empresa. Y al no hacerlo,
el malestar generado tiende a complicar al conjunto empresarial
que sí respeta las normas locales y que contribuyen a generan
una interdependecia constructiva que los respectivos Estados amparan.
Así ocurrió en el caso de las AFP cuando, en el
proceso de su inserción en el mercado, sus representantes
promocionaron debates públicos con los sindicatos locales
demostrando incomprensión de la relación capital-trabajo
en el Perú. Y también cuando una empresa de pastas
insistió, vulnerando normas administrartivas y tomando contacto
con autoridades siniestras, en radicarse en un distrito –Chorrillos-
cuya especial condición ecológica no estaba desprovista
de fuerte carga histórica. Y ahora, quizás en circunstancias
menos apremiantes, otra empresa chilena que tiene participación
mayoritaria en un estratégico mercado local, incurre en negligencia
que violenta la sensibilidad de los clientes a los que sirve. Insistimos,
la secuencia de estos hechos indica que algunos exponentes del empresariado
sureño no han incorporado suficientemente a su gestión
parámetros elementales de conducta que eviten fricción
con la cultura local.
No podemos reportar los mismos niveles de desadaptación
en los inversionistas peruanos en Chile porque, salvo algunos contados
casos (el de Aerocontinente fue una excepción además
de un mal ejemplo) sencillamente éstos no tienen la capacidad
financiera para incorporarse a él o las barreras de entrada
son innecesariamente altas (p.e. en el sector bancario). Por ello,
nuestro problema de presencia privada en el exteior no proviene
del sector empresarial sino del sector laboral: de nuestros migrantes.
Éstos, empujados por la falta de oportunidades en el Perú,
concurren a mercados saturados como el chileno,el boliviano o el
argentino. Lamentablemente, escondidos en el cúmulo de ciudadanos
decentes que buscan empleo decente en el exterior, no son pocos
los compatriotas que incurren en actividades delictivas o que muestran
incapacidad de adaptación a los usos locales generando innecesario
malestar. La sensitividad a la fricción es en estos casos
también alta habiéndose escalado alguna vez al nivel
político. En estos casos la buena disposición de las
respectivas cancillerías ha generado regímenes que
permite el buen manejo de los problemas sociales y laborales en
este acápite. La interdependencia, aunque a un costo, también
ha crecido en este sector.
Bajo estos marcos de progreso, sin embargo, existen rigideces
en el mercado que seguirán causando fricciones que es necesario
prevenir para beneficio de ambos Estados. Una de ellas está
referida a la extraordinaria flexibilidad del régimen de
inversión extranjera en el Perú o a interpretaciones
fundamentalistas en su aplicación. Esta consiste en no reconocer
la existencia de sectores estratégicos que debieran estar
reservados para el capital nacional o para el inversionista que
resulte más conveniente o menos propenso a la afectación
de intereses nacionales aceptando un concurso minoritario en asociación
con el capital nacional
En efecto, bajo parámetros económicos de irracional
aplicación, el gobierno anterior no sólo se llevó
de encuentro a la empresa pública –considerarda como
un mal per se- sino que se procedió a una política
de apertura a la inversión extranjera en términos
que consideraban la seguridad nacional y la sensistividad de ciertos
sectores para el desarrollo como un inexistente bien público.
El trato paritario se estableció, sin excepciones, en la
Constitución con las consecuencias conocidas: un país
central para el transporte aéreo en América del Sur
no tiene línea de bandera y un Estado costero con una economía
que crece por exportaciones no tiene líneas ni de cabotaje
ni de carga relevantes que transporten sus productos. Y hasta hoy
–mientras el Congreso no se pronuncie- la inversión
extranjera de cualquier origen puede concurrir al sector portuario
sin importar la condición del puerto (la centralidad y el
volumen de movimiento de carga del Callao, por ejemplo) ni niveles
de participación (Chile admite inversión vecinal en
un porcentaje minoritario).
Mientras estos problemas no se corrijan, la fricción con
el inversionista extranjero estará latente. Si entre vecinos
en la región deseamos generar una intensa interdepedencia,
evitar la sensitividad negativa derivada de esa relación
es una responsabilidad de los gobiernos. Y ésta pasa por
establecer de manera explícita lo que el inversionista no
puede hacer (para evitar casos como el de Lan) y por definir los
ámbitos donde el concurso de la inversión extranjera
debe tener limitaciones derivadas de los requerimientos de seguridad
o de cuidado de ciertos sectores necesarios para el desarrollo nacional.
Es más, teniendo en cuenta el bajo flujo de inversión
extranjera derivado en parte de la concentración de ésta
en los países mayores de la región (especialmente
en Brasil y México), las instituciones de promoción
de la inversión no pueden limitarse a ser reguladores de
concesiones de bienes públicos. Su deber también debiera
ser el de salir a los mercados a promover el flujo de capitales
hacia nuestro país, estimular el concurso de inversionistas
nacionales en empresas mixtas y orientar la inversión extranjera
a sectores efectivamente estratégicos para el desarrollo
y la competitividad nacionales en el ámbito industrial y
de servicios, por ejemplo.
En este campo la cooperación entre el sector público
y privado nacional y extranjero es indispensable para evitar problemas
como el que acaba de ocurrir con Lan, para optimizar el rol de la
inversión extranjera en el país y para evitar la indebida
manipulación de los sentimientos nacionalistas que existen
aún en todos los Estado contemporáneos.
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