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EDITORIAL
TENSIÓN SINO-JAPONESA (y la incidencia de Fujimori)
Alejandro Deustua
25 de abril de 2005
Mientras en abril Occidente redefinía el liderazgo de una
de sus instituciones fundamentales (la Iglesia Católica),
en Oriente –si se permite la expresión- la rivalidad
entre China y Japón desataba una nueva confrontación
indicativa de la alteración del escenario geopolítico
en Asia.
Un desacuerdo menor –el malestar chino por un libro de texto
japonés que, en apariencia, no da cuenta adecuada de la magnitud
del daño causado por las fuerzas imperiales niponas antes
y durante la Segunda Guerra Mundial-, produjo una movilización
popular china contra el Japón de magnitudes imprevistas.
El malestar chino transformado en militante nacionalismo antijaponés
no pareció, sin embargo, una expresión espontánea
sino un acto promovido por un Estado totalitario cuya militancia
marxista está siendo redefinida según la voluntad
excluyente del Partido Comunista.
Si estas manifestaciones, que no son las primeras ni serán
la últimas, ya aparecían tiznadas por la acción
estatal, también mostraron uno de los peligrosos instrumentos
con que China pretende dar a conocer su política exterior:
la movilización de masas. En este caso concreto el interés
nacional en juego fue la oposición de esa potencia emergente
a que Japón se incorpore, como miembro permanente, al Consejo
de Seguridad de la ONU. La tensión entre Japón y China
–que implica competencia por influencia en el sistema internacional,
por posicionamiento en la estructura del poder mundial y por el
predominio regional- apareció con claridad en la organización
de acontecimientos tan “populares” como aparentemente
menores.
La dinámica geopolítica de esta tensión se
organiza en torno a una potencia continental emergente (China) y
una potencia marítima establecida (Japón) que trata
de incrementar su rol global sin perder status regional. En un escenario
en donde la distribución de poder trascendente ya no radica
en el Sur Este asiático –como ocurría en las
décadas de los 60 y 70- sino en el Nor Este continental,
la pugna sino-japonesa es percibida globalmente como una de las
que marcarán la configuración de poder en el Asia
durante el siglo XXI.
En esta perspectiva, el acceso del Japón como miembro permanente
del Consejo de Seguridad parece ser percibido por China no sólo
como la aceptación de un competidor histórico y sistémico
que, de manera reconocida y formal, accedería al núcleo
del poder global sino como un demérito de su propio status
en tanto éste debería ser compartido.
Y en el ámbito regional, la creciente influencia china en
sus vecinos, que se pretende de exclusivo origen oriental, aparece
confrontada por la influencia de una alianza transpacífica
que Japón mantiene con Estados Unidos, que compite por acceso
a los recursos energéticos rusos y que considera “temas
chinos”, como Taiwan -y la propia China-, como problema de
seguridad.japonés.
Es en este marco de competencia –que admite también
diversos grados de cooperación como en el caso de Corea del
Norte- en el que deben observarse los singulares acontecimientos
sociales, económico y políticos en este parte del
mundo aun cuando éstos reclamen una necesaria especificidad.
Así, si en la reciente cumbre afroasiática celebrada
en Indonesia el Primer Ministro Koizumi presentó nuevas excusas
a sus vecinos (aunque no individualizó a ninguno) por el
comportamiento del Japón durante su última etapa imperial,
lo hizo quizás para desescalar la animosidad popular de la
confrontación con China y su posible impacto diplomático
entre los 45 Jefes de Esatado participantes en una reunión
celebratoria del origen institucional del viejo tercer mundismo
(la Conferencia de Bandung de 1955).
Esa demostración de contrición quizás tuvo
menos del ánimo germano de reconicliación en el ámbito
de un escenario intensamente cohesivo y de integración profunda
(la Unión Europea) que de predisposición interesada
en atenuar el posible encadenamiento de la protesta china con el
resto de interlocutores regionales. Para Japón, evitar la
proliferación del malestar chino pareciera ser fundamental
para atajar la desconfianza que genera su aspiración a encaramarse
en el Consejo de Seguridad de la ONU como potencia global , para
aliviar la preocupación de algunos por su disposición
a recuperar un influyente rol militar de gran potencia (hoy sometido
a los condicionamientos estrictamente defensivos establecidos por
su Consitución) y para liberarse de suspicacia en el intento
de incrementar su capacidad de contener a China y de servir, simultánemaente,
como fuerza de esatabilización regional en un escenario de
alineamientos cuya complejidad y dinamismo se incrementarán
en el futuro
China, de otro lado, aspira a un satus de superpotencia integral,
a mejorar su posición como potencia regional y a consolidar
la unidad nacional complicada internacionalmente. En el primer caso,
la membresía permanente al Consejo de Seguridad de la ONU
no satisface su inserción influyente en el sistema. Su especial
condición interna le impide perfeccionar su status dentro
de la OMC y en otros regímenes internacionales complicando
su presencia multilateral. Si la reforma interna no avanza suficientemente,
entonces su política exterior adquiere la principal responsabilidad
de legitimación externa al tiempo que mantiene una contienda
sistémica con la única superpotencia y otras, emergentes
(India) o no (Rusia y Japón).
A la luz de estas complicaciones, del requerimiento de incrementar
su proyección poder y de asegurar (como en el caso de Japón)
esenciales fuentes de aprovisionamiento (especialmente energéticas),
la adquisición de una capacidad militar de alcance global
es un objetivo nacional. Especialmente, si a diferencia de Japón,
no cuenta a Estados Unidos como aliado. Por ello, pretende ya no
proclamar la multipolaridad como objetivo de política exterior
(aspiración compartida con varias categorías de países)
sino a llevarla a cabo con una intensidad que ciertamente no es
correspondida por Japón.
En el ámbito regional esa capacidad, su extraordinaria perfomance
económica y su dimensión terriorial ayudan a constituir
un centro de gravedad de inmenso poder que, inevitablemente, genera
afinidades y fricciones. Entre las primeras se incluye la influencia
sobre Estados antisistémicos –como Corea del Norte-
del que es interlocutor privilegiado (mientras que para Japón
es una amenaza). Entre las segundas, aunque con un compensatorio
elemento de cooperación, se encuentra la relación
económica con India y también con Japón.
A su vez, estas vinculaciones se complementan extraregionalmente
a través del extraordinario valor que el mercado norteamericano
ha adquirido para las exportaciones chinas (retoalimentadas por
necesidades financieras de Estados Unidos) y la importancia europea
(la UE, en el futuro previsible, volverá a ser para China
un fuente de aprovisionamiento de material bélico).
Sin embargo, la sensitividad china a la fricción se mantiene
en altos niveles. Uno de los factores que contribuyen a ello es
la disputa territorial y marítima con el Japón (incrementada
por la aparente riqueza de los controvertidos fondos marinos). El
otro es el reclamo nacional de China sobre Taiwán, Estado
que mantiene relaciones especiales de seguridad con Estados Unidos
de la que Japón, en la percepción china, no está
alejado.
Si este conjunto de elementos muestra, de manera sumaria, la relación
geoestratégicamente contenciosa entre Japón y China
y si ésta tiene impacto sistémico, pues no puede dejar
de afectar a Suramérica. En lo últimos meses nuestra
región han sido escenario de una ofensiva diplomática
china que debiera poder ser compensada con algún vínculo
con adicional con el Japón siempre que esa potencia anuncie
su disposición a proceder en ese sentido. Lamentablemente,
en tanto esas señales no son claras, el progreso en la materia
será lento.
Especialmente para el Perú cuya relación con el Japón
se ha complicado esencialmente por un caso delincuencial: el de
Alberto Fujimori. Este personaje, además de haber delinquido
contra el país del que se dijo Presidente sigue atentando
contra el interés nacional al inhibir una relación
peruano-japonesa más fluida. Japón debiera tomar nota
urgente al respecto y dar solución al reclamo peruano.
Especialmente si la importancia del caso se ha incrementado: aunque
se trate de un caso de preocupación bilateral, su marco es
sistémico en tanto éste se incorpora, aunque marginalmente
–como el caso del libro de texto de historia japonesa-, en
el tipo de relación que impone al mundo la contienda sino-japonesa.
En el Perú sabemo distinguir entre los diferentes niveles
de relación entre los Estados, pero también sabemos
establecer la vinculación entre esos niveles. A pesar de
la notorio influencia china, Japón parece no darse por enterado.
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