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EDITORIAL
El golpe ecuatoriano y sus consecuencias
Alejandro Deustua
21 de abril de 2005
La quiebra del orden interno en Ecuador ha confirmado tres cosas:
la extrema vulnerabilidad del Estado de ese país, la regresión
del régimen colectivo de defensa de la democracia representativa
en la región y la percepción de que, efectivamente,
la subregión andina es el centro de la inestabilidad hemisférica.
En efecto, el golpe de Estado que ha afectado al vecino ha echado
por tierra, por segunda vez en menos de siete años, la carta
fundamental de 1998 que intentó dar vida al Estado ecuatoriano
luego de la debacle generada por el ex presidente Abdalá
Bucaram. Luego del golpe contra el señor Mahuad el 2000 hoy
el Congreso de ese país temina de confirmar la quiebra institucional
del Ecuador intentando legalizar otro ilegal cambio de régimen
que la tolerancia del Poder Judicial y la instigación del
Ejecutivo contribuyeron a provocar.
Al respecto es interesante constatar que las autoridades ecuatorianas
presentan el derrocamiento del señor Gutiérrez como
una inverosímil destitución por abandono del cargo
que reconoce que no hubo ni juicio político contra el señor
Gutiérrez ni declaración de incapacidad mental o física
como causal para su remoción. Resulta inconcebible que, a
pesar de que la TV llevó en directo los lamentables sucesos
de Quito, esas autoridades no puedan esgrimir siquiera la razón
de Estado para justificar la quiebra de un orden interno inviabilizado
por sus propios líderes.
Si es verdad que el señor Gutiérrez vulneró
la consitución de su país al cooptar la Corte Suprema,
que se alió con los más notorios representantes de
la corrupción oficial –como el señor Bucaram-
, que la irracional alteración de sus entendimientos políticos
ilegitimaron su autoridad, que el incumplimiento de sus promesas
electorales estimularon la ingobernabilidad y la insurgencia, también
es verdad que el Estado ecuatoriano dispone de leyes y procedimientos
para tomarle cuentas. En lugar de ello, el Estado y los líderes
políticos dejaron que fuera la ciudadanía la que hiciera
justicia para justificar luego la insurrección como una expresión
de democracia directa.
Mientras eso ocurrría, los defensores de la democracia
representativa –el único sistema de gobierno reconocido
por el sistema interamericano- ni escuchaban, ni veían ni
actuaban en la OEA. El Secretario General Adjunto, hoy ausente de
las sesiones del Consejo Permanente en Washinton, pudo haberse preocupado
preventivamente desde diciembre por la situación ecuatoriana
y no lo hizo. Y hoy, congregados frente a los hechos consumados,
los representantes diplomáticos ante el organismo hemisférico,
salvo por las excepciones de Perú y Panamá, siguen
guardando silencio a pesar de haber sido convocados en el ámbito
de la Carta Democrática.
Si esa indolencia prevalece, los países americanos estarán
notificados de que el régimen de protección colectiva
de la democracia representativa, tan intensamente aplicado en el
caso peruano, es ya letra muerta. La violentación consecuente
de la “claúsula democrática” contribuirá
entonces a nuestra desinserción de Occidente, a la generción
de mayor inestabilidad en la región especialmente la proveniente
de movimientos emergentes cuya disposición fragmentadora
ya se ha arraigado en Venezuela, Colombia y Bolivia y pretende hoy
extenderse al Perú.
En ese caso, el área más frágil –la
andina- quedará expuesta a la anarquía, a la invitación
a la dictadura y al embate de las “nuevas amenazas”
confirmando, en la percepción de las potencias mayores, su
condición de área de inseguridad.
Si se desea minimizar el daño ya causado en este escenario,
la aplicación estricta de la Carta Democrática es
hoy imprescindible. Y para hacerlo debe invocarse la vigencia de
la democracia representativa tal como lo sostiene la carta de la
OEA y no la democracia a secas como emerge hoy de los comunicados
de la CAN y de la Comunidad Suramericana de Naciones. Si vamos a
cambiar de régimen en la región no es admisible que
esa alteración se lleve a cabo por razones circunstanciales,
sin discusión y por una cuestionable vía indirecta.
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